Por Javier Pardo de Santayana

(Eugene ONeill desk. Acuarela de Irina Sztukowski en Facebook)(*)
Oído por la radio a un personaje clave situado en la cumbre de la oposición política: «pondremos blanco sobre negro…. bla bla bla». Y me digo que ahí querría yo ver a Antonio Burgos glosando la ridiculez del latiguillo, hoy extendido entre los españoles a falta de mayor cultura.
Supongo que ustedes habrán tenido ocasión de contemplar cómo políticos y tertulianos utilizan hoy el latiguillo como soporte políticamente correcto de las opiniones que sostienen. Y ya saben ustedes que expresarse así es buscar frases manidas que al ser utilizadas profusamente por la gente – en este caso en medios supuestamente cultos – permiten evitar entrar en el jardín de los matices transmitiendo las ideas como sintetizadas en pastillas.
¿Con que «blanco sobre negro»? Pues les diré que, francamente, esto me resulta un tanto difícil de «visualizar». Fíjense ustedes: hasta me parece que expresa exactamente lo contrario de lo que el político podría pretender. Porque echar blanco sobre el negro debe ser algo así como borrar, o sea, lo que solía hacerse con el tippex de siempre: la marca negra de la palabra impresa era cubierta por un líquido blanco que la ocultaría. Otra cosa sería, claro está, «poner negro sobre blanco», esa cursilería que ahora suele aplicarse para decir «escrito». Lo que uno pone en duda es si el conocido luchador político, que, en un gesto de suficiente superioridad arquea las cejas al hablar, deseaba expresar una cosa o su contraria.
Así que, severamente impactado por lo oído, he imaginado otras situaciones parecidas. Por ejemplo, no estaría mal que alguien dijese lo del túnel, pero al revés. Lo del túnel es una frase hecha que nunca falta en los discursos y declaraciones de nuestros prebostes, y menos ahora que nos aflige una dolorosa recesión. ¿No sonaría a extraño oír decir que «ya se ve la luz al comienzo del túnel» para dar noticia de que hay asomos de esperanza? Porque, puestos a reincidir en frases hechas como la de los famosos «brotes verdes», la cosa debiera ponernos «los pelos como escarpias», toda vez que si la luz se ve al principio del túnel aún nos quedará por recorrer el tramo más oscuro de la crisis. ¿Y quien no teme que, queriendo transmitirnos un soplo de esperanza, algún político recurra al conocido verso de Machado y en vez de aquello de «se hace camino al andar» diga «se hace cansino el andar» o cosa parecida?
Yo imagino igualmente a los parlamentarios exigiendo «luz y taxímetros», cosa que no estaría mal para quienes diariamente esperan en la acera la luz verde del taxi libre. O que, pasándose de listos y al querer sentenciar que algo es lo último pero no lo menos importante, utilizaran el socorrido «Last but not least», tantas veces repetido en los foros ilustrados, pero enunciándolo al revés – «Least but not last» – entre las risas de los versados en inglés.
Y, ya puestos, por qué no oír a alguna señoría tirar de latiguillo e insistir en que ella «apesta por la transferencia» en vez de «apuesta por la transparencia», dejándonos así dudas razonables respecto a la parte de su cuerpo a que se refiere la citada frase; o a otros dignísimos representantes del pueblo sumiéndonos en la perplejidad al referirse a la «interceptación del espinazo» en vez de al ya de por sí engañoso eufemismo de «interrupción del embarazo». O anunciando que ellos «no descartan ninguna hipófisis»…
¿Se acuerdan ustedes de cómo zurraron a aquella desgraciada miss España que confundió el «candelero» con el «candelabro»? Pues no la dejaron vivir, y aún la siguen recordando su inocente pifia. Y, sin embargo, apuesto que lo del «blanco sobre negro», pronunciado el día 29 de mayo con tanta suficiencia y aparente dominio de la situación, ha colado entre la para otros exigente y mordaz ciudadanía sin que. al parecer, nadie se diera cuenta excepto un servidor de ustedes. Así que probablemente nadie lo utilice para ridiculizar a quien lo proclamó desde su importante situación de preboste dispensador de juicios contundentes.
Verdaderamente, ¡qué injusta es nuestra sociedad! Porque la muchacha del candelabro quedó marcada para siempre por su ingenuo desliz, mientras que el personaje que confunde lo negro con lo blanco se escapa de rositas. ¿O es que la gente está tan acostumbrada a oír sandeces en los hemiciclos que perdona cualquier metedura de pata siempre que venga de sus señorías? Ay Castelar, Castelar, ¡quién te ha visto y quién te ve!
Como diría el feliz ideólogo de «pondremos blanco sobre negro», «se puede decir más claro, pero no más alto». Entiéndanlo, por tanto, justamente al revés.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm6.staticflickr.com/5534/9044164342_ba74d44e16_o.jpg
Home