Por José María Arévalo

(Enfermos. Sanguina de Francisco de Goya y Lucientes, en el Museo del Prado; pintura.aut.org. 16.6 x 21.8)(*)
Enfermos. Sanguina de Francisco de Goya y Lucientes, en el Museo del Prado; pintura.aut.org. 16.6 x 21.8)(*)
Muñoz Molina, académico de la Lengua, acaba de ser galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, con lo que la prensa se ha volcado sobre su obra. Leí su “Sefarad”, que escribiera en 2001, porque me lo recomendó entonces mi mujer, andaluza, y porque me encantan las narraciones medievales, y comprobé su enorme talla como escritor. Así que me ha parecido increíble que haga ya 13 años que el galardón no se entregaba a un autor en lengua española, y 15 desde que no lo recibía un escritor español. Por mucho que se quiera justificar en el carácter internacional del premio.
Ahora me he detenido en sus ensayos sobre arte, gracias a la entrevista que, junto a la noticia del premio, publica Hoyesarte, y que le hace Javier López Iglesias, bajo el título: “El arte adquiere toda su dimensión cuando te enseña a mirar la vida”. Se centra en su libro “El atrevimiento de mirar” (Galaxia Gutenberg), que se presentó en el Tyssen en Noviembre pasado, y que reúne nueve textos sobre siete pintores y un fotógrafo, escritos a lo largo de dos décadas, recogidos en catálogos o dictados en conferencias. Las reseñas de entonces en la prensa llaman la atención: “Que mirar es un acto político se ve en el retrato de Jovellanos que pintó Goya en 1798”, afirma en el primero de los dos ensayos sobre el genio aragonés; o “el académico de la Lengua rechazó la idea de que el arte es solo para profesionales. «Probablemente Goya fue el primer pintor, quizá después de Caravaggio, que se atreve a mirar las cosas como son, y el primero que mira el mundo en su propio espanto», afirmó Muñoz Molina”. Abogó porque cada uno «reconozca las propias sensaciones y diga sin miedo si le gusta o no».
Todo muy atractivo. Así que me esperaba el criterio de Muñoz Molina sobre el antiarte que se lleva ahora, justo estos días en que se ha reactivado la polémica sobre arte actual que inició Avelina Lesper en un artículo, «Reflexiones sobre arte contemporáneo» que publicó en revistareplicante.com, y sobre el que escribí en este blog en octubre del 2011, con el título “Hartismo y relativismo”. Dice estos días uno de los cientos de comentaristas que se han pronunciado al respecto: “Al hablar de que no considero “arte” al arte contemporáneo, no me refiero a tooodo lo que se presenta como tal, sino a las barbaridades que dan impotencia. Que se le haya entregado 50.000 pesos a un “artista” en ArteBa 2010 por lo que presentó como obra, es indignante. Copio texto de la pagina de ArteBA: “…El galardonado recibió el Premio Estímulo de $50.000 por su obra Autorretrato sobre mi muerte, una escultura / objeto instalado en el piso que resume el sentimiento del artista acerca de la muerte, de su muerte. El proyecto consta de una bolsa de nylon blanca translúcida que contiene en su interior los objetos preferidos del artista con dos calamares en proceso de descomposición. El proyecto resulta un clip en vivo sobre la descomposición y muerte”.
En fin, que la polémica sobre el arte contemporáneo está que arde, así que me fui a la entrevista de Muñoz Molina con enorme curiosidad por conocer la opinión del académico, sobre todo por su afirmación de que cada uno «reconozca las propias sensaciones y diga sin miedo si le gusta o no», y porque el acta del jurado que le concede el Príncipe de Asturias de las Letras resalta la «hondura y la brillantez con que ha narrado fragmentos relevantes de la historia de su país, episodios cruciales del mundo contemporáneo y aspectos significativos de su experiencia personal. Una obra que asume admirablemente la condición del intelectual comprometido con su tiempo». Pues no se pronuncia. Sus explicaciones sobre arte y cómo mirar la obra de arte, asunto supertrillado, son ciertamente originales, pero yo diría “políticamente correctas”, sin mojarse absolutamente nada en el tema crucial del momento. Vamos a recoger las que me parecen más significativas.

(Boxeador de sombras. Óleo de Miguel Macaya, al que Muñoz Molina dedica el último de sus estudios en “El atrevimiento de mirar”)
El entrevistador aborda de entrada el problema de si hay que tener unos ojos especialmente dotados para mirar el arte. “Como he escrito alguna vez –contesta Muñoz Molina-, hay un momento en el que los ojos se abren al arte, lo que también ocurre con los oídos y la música o con un idioma con el que hasta entonces se venía peleando con la sensación de no avanzar hasta que de pronto nos damos cuenta de que lo entendemos. Es un proceso”. Y después de referirse a los autores “que me enseñaron a mirar con los ojos bien abiertos, que me enseñaron a ver las obras de arte y buscar su conexiones con el mundo real”, retoma la cuestión al contestar sobre la gestación de su libro: “…en estos ensayos confluyen muchas cosas, como la literatura, la pintura y algo que tiene que ver con `El atrevimiento de mirar´ que se refiere a que Goya es, después de Caravaggio, el primer pintor que se atreve a mirar las cosas como son. El primer pintor que mira el mundo en su propio espanto. Ese atrevimiento de mirar tiene que ver con la estética y con la ética. Porque Goya no sólo mira las canalladas que los invasores franceses les hacen a los españoles indefensos, sino que también mira las barbaridades que los españoles les hacen a los franceses. Mirar es un acto físico, pero también es un acto moral. Al tiempo también es una invitación a que el aficionado tenga el atrevimiento de mirar la pintura, porque generalmente se considera que la pintura es el territorio de los especialistas y nosotros, que somos meros aficionados, obedecemos lo que el crítico o lo que el experto dice. Yo incito al espectador a que se atreva a mirar francamente, abiertamente la obra de arte. A mirarla tal como es. Desde mi punto de vista, la función que tiene una crítica de arte o de literatura es ayudar a que se vea, o a que se lea, lo que tenemos delante de los ojos”.
El entrevistador le pregunta entonces: “Defiende el derecho a que una obra de arte no nos guste…”. “Cada cuadro es una experiencia física y en ese sentido reivindico el colocarse ante el cuadro original. Hay que ir a la sala o al museo en el que está. Hay que ponerse enfrente del cuadro porque esa experiencia es incomparable. Es la diferencia que hay entre ver una foto de un plato de comida o comerse el plato. En el arte hay esa cosa terrible de que algo nos guste porque nos tiene que gustar. Eso es lo contrario de la experiencia estética honrada y placentera. Uno tiene que tener la honradez de decir lo que le gusta y lo que no. A veces me pregunto por qué en todos los ámbitos tiene cabida la libertad de expresión y en el arte eso está mucho menos claro”.
Quizá sí pueda haber un pronunciamiento sobre la destrucción del arte en esa defensa de una “experiencia estética honrada y placentera”; o cuando, a continuación, dice: “Me gusta tener información de los cuadros que veo porque al tenerla enriqueces tu mirada y, en realidad, estás viendo otro cuadro distinto y mejor. Esa capacidad que tiene la obra de arte de emocionarte, de ilusionarte, es una de las mejores cosas que hay en la vida y eso está al alcance de cualquiera.”
Pero a continuación veo un cierto eclecticismo cuando el entrevistador le dice que también en su libro “recalca la necesidad de entender lo que se ve”. “Hay un problema cognitivo –contesta- y es que las cosas son difíciles de entender. Es difícil saber lo que estás viendo. Tu crees que está pasando algo y lo que está pasando es otra cosa. Nuestros sentidos son limitados, son falibles. Vemos aquello que estamos preparados para ver, predispuestos para ver. Y hay muchos intereses para que determinadas cosas no se vean. Vemos lo que favorece nuestros intereses y no vemos lo que los contradice. Para mi el ejemplo sagrado es Goya, que refleja los abusos de los franceses y, al tiempo, muestra escenas terribles de los españoles. Si uno se fija, en uno de sus cuadros hay una persona apuñalando un cadáver… Es decir, esa visión global nos permite entender mejor algunas cosas. Si el arte sólo sirve para mirar el arte, está bien pero no deja de ser un entretenimiento. El arte cuando de verdad importa es cuando te enseña a mirar y a entender la vida”.
Lo había dicho, parecido, en la presentación de su libro en el Thyssen, como hemos recogido: “El arte adquiere toda su dimensión cuando te enseña a mirar la vida”. Pero como la vida es tan dura muchas veces, a lo mejor tiene sentido aquel premio a la bolsa translúcida con los calamares en descomposición. Vamos, que cabe todo.
El último capítulo de “El atrevimiento de mirar” lo dedica Muñoz Molina al pintor cántabro Miguel Macaya, el más próximo a la abstracción de todos los comentados. Pero Macaya es abiertamente figurativo, aunque a veces sus retratos me recuerdan a las deconstrucciones de Francis Bacon, que tanto me gustaron en la exposición que nos ofreció el Museo del Prado, en menos atrevido el primero. De aquella muestra escribí, en febrero de 2009, “Delimitar el arte conceptual: Bacon en El Prado”, y allí analizaba toda esta cuestión de lo figurativo y lo abstracto. Muñoz Molina, sin entrar en la cuestión, realiza un buenísimo ejercicio literario –que es lo suyo, está claro- a propósito de Miguel Macaya. “Dicen que mira las cosas como si inexplicablemente acabasen de aparecer. Entra en el estudio, enciende la luz y las examina como el egiptólogo que pasea la linterna por una cripta egipcia”.
No es el único. Así buscamos muchos ahora lo de la creatividad. Bueno, es solo una imagen, pero dicen vale más que mil palabras.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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