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La colección de reproducciones de la Casa del Sol

Tres foramontanos en Valladolid 19 Jul 2013 - 07:24 CET
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Por José María Arévalo

(La sala en el interior de San Benito el Viejo. Foto de J. M. Lostau en elmundo.es) (*)

El pasado martes, en el capítulo 13 de “Rincones con fantasma”, recogíamos la historia de la Casa del Sol y de la iglesia de san Benito el Viejo, de la mano de Juan Carlos Urueña y de la web Vallisoletvm, y allí mencionábamos cómo este conjunto se ha convertido en la nueva sede de la colección de reproducciones artísticas de la Casa del Sol, ampliación del Museo Nacional de Escultura Policromada, tan próximo, aunque propiamente esta nueva instalación está ubicada en la nave de la iglesia de san Benito el Viejo, que como decíamos el martes fue durante muchos años almacén de las obras de madera policromada del museo, de lo que incluíamos una foto. La iglesia ahora es un espacio diáfano, pintada en blanco, como exigían los puristas del Renacimiento Italiano, y dispone de una amplia nave abovedada, que tras las intervenciones del siglo XVIII, conserva la esencia de la iglesia clásica, acorde con las obras antiguas expuestas. El diseño museográfico –nos dicen-, pretende resaltar el contraste entre el blanco absoluto de la nave, ese color de la Antigüedad; y el color de la antracita del suelo y de los soportes de las obras.

Había ido yo demorando la visita – fue inaugurado hace año y medio pero se abrió al público meses después- por aquello de que se trata solo de reproducciones, eso sí, buenas, pero me resultaba menos atractiva. Aprovechando un domingo de verano me he acercado ahora, y la primera impresión que me llevo es que hay menos, en cantidad, de lo que esperaba, y más en calidad. Impresiona mucho, por ejemplo, el conjunto escultórico de Laocoonte, vaciado en yeso de 1887 de la pieza original del s. I a. C. que se expone en los Museos Vaticanos. Como me impresionó cuando hace ya años la ví en éstos, o un poco menos, también por estar colocada aquí más baja y rodeada de cerca por otras obras.

Sin embargo la prensa, cuando se inauguró, hablaba de 3.000 obras de arte incluidas, lo que supone duplicar los bienes culturales del Museo, que tiene otras tantas. A mí me han parecido muchas menos, o es que están muy juntitas. Y es que –leo en otra fuente- se abre con un centenar de piezas. Eso es más creíble, y espero se vayan incorporando algunas más, que sitio debe haber en la contigua Casa del Sol. Se trata de copias de esculturas procedentes de diversas civilizaciones que fueron realizadas en los siglos XIX y XX. También dicen que se añade a la colección una biblioteca especializada en historia del arte, fundamentalmente en escultura, y un archivo histórico con importantes fondos documentales; a mí no me ofrecieron ver ni aquella no éste. Tampoco te enseñan la cripta, dicen un lugar emblemático por su decoración, encargo de Gondomar a los pintores Pedro Díez Minaya y su hijo Diego Valentín Díaz.

Así que no me parece una transformación de tanto calado como se decía en la inauguración –al menos de momento-, que “permitirá al Museo Nacional de Escultura reflexionar sobre el papel de la copia en la historia del arte, enriquecer sus investigaciones y sus programas y convertirse en un referente internacional de los museos de escultura”.

“La colección del Museo Nacional de Reproducciones Artísticas, formada a partir de 1877, está integrada por reproducciones de alta calidad en yeso de esculturas fundamentales de la historia del arte conservadas en el Museo del Louvre, el British Museum y los museos berlineses, entre otros. Esta colección tiene, por lo tanto, un gran valor documental, educativo y patrimonial, y pone de manifiesto la importancia histórica de las copias en la difusión del conocimiento de la Antigüedad y en la constitución de las colecciones principescas y de los museos públicos”.

No le niego ese valor didáctico, quizá más patente en visitas guiadas, ni que sea “la colección de piezas escultóricas del siglo XV al XVIII más relevante del país”, como se ha calificado, salvo que se refiera al conjunto del Museo de Escultura policromada, pero éste ya lo era mucho antes. Por mi parte le doy la bienvenida, como también al nombre definitivo del complejo museístico, “Museo Nacional de Escultura”, como se le conocía de siempre, desde 1933, hasta que en 2008, con la ministra de Cultura González-Sinde, de ingrata memoria, se decidió cambiar el nombre denominándolo Museo Nacional Colegio de San Gregorio, nombre que no asimilamos los vallisoletanos. El patronato de la institución ha decidido ahora recuperar la denominación Museo Nacional de Escultura, al tiempo que le incorpora los fondos del Museo Nacional de Reproducciones Artísticas al complejo de San Benito el Viejo. Esta colección, reunida desde 1877, estaba dispersa en edificios oficiales de Madrid y sin sede oficial desde hace dos décadas.

El Museo Nacional de Reproducciones tenía sus tres mil piezas almacenadas en el Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico, en la Ciudad Universitaria, y pasaba por ser uno de los más desconocidos del panorama museográfico nacional. Anteriormente se situaba en el Casón del Buen Retiro de Madrid, pero en 1961 se vio obligado a abandonar esta sede, lo que fue el inicio de una trayectoria marcada por los proyectos fallidos, el deterioro de sus obras y el peregrinar de un edificio a otro, siempre precariamente. Su refugio final fue el almacén del Museo del Traje, donde ha pasado oculta la colección los últimos 10 años.

“A falta de edificios disponibles, salió a relucir la posibilidad de dar uso a la iglesia de San Benito el Viejo, una idea recurrente en los últimos años cada vez que los responsables de San Gregorio pensaban en ampliar el museo para exponer más fondos de la colección”. Pues, si hay muchas más obras de escultura policromada no expuestas, no tengo tan claro que ocupar la ampliación con estas reproducciones haya sido buena idea. En estas páginas nos hemos quejado más de una vez de que los muchos pasos de Semana Santa que guarda el museo no pudieran verse, y nos felicitamos cuando hace dos o tres años se habilitó espacio para exponer cinco de ellos. Pero todavía quedan muchos más, que yo recuerde, de una vez que me colé en el sótano donde estaban aparcados y le pregunté al conserje por qué no se exponían; “porque no tenemos más conserjes que los custodien”, me contestó. Desde entonces pienso que más que de falta de espacio el problema es de falta de personal.

( Copia del conjunto escultórico de Laocoonte, vaciado en yeso de 1887, en la colección de reproducciones de la Casa del Sol)(*)

Entre el centenar de piezas que ahora podemos ver en San Benito el Viejo figuran copias de obras como ‘La máscara de Agamenón’, ‘El discóbolo de Mirón’, el ya comentado ‘Laoconte’ o ‘El fauno durmiendo’, entre otras. «Se ha hecho una selección de esculturas y relieves en la que aparecen desde obras de casi tres metros hasta otras de pocos centímetros talladas en piedra (camafeos)», avanzaba en su inauguración la directora, María Bolaños, para quien la incorporación de esta colección amplía el campo de acción de San Gregorio «a otras épocas, materiales y planteamientos que entrañan muchísimas posibilidades desde el punto de vista educativo, con grandes posibilidades de desarrollo e interpretación».

En practicarte.wordpress.com hemos encontrado una relación bastante detallada del contenido actual, en la que se reconoce el propósito educativo que ha presidido la selección realizada. Señala como composición expositiva permanente una estructura en cinco secciones.

“I.- La “invención” de la Antigüedad. En la que observaremos el fervor por lo antiguo iniciado en la época renacentista, y culminado en el siglo XVIII con los descubrimientos de Pompeya, Olimpia y Micenas. Veremos como las obras serán conocidas en todos los lugares, gracias a las copias que de ellas se hicieron. Dentro de esta sección destacarán esculturas como El Discóbolo, Obras del Partenón, Retratos del Fayum, Pinturas de Pompeya, y la Máscara de Agamenón.

Nos pararemos en una de ellas, la máscara de Agamenón, copia de 1914 en metal repujado de la obra original del s. XVI a. C. que se puede ver en el museo Arqueológico Nacional de Atenas. La Máscara de Agamenón es un objeto arqueológico descubierto en la acrópolis de Micenas en 1876 por el arqueológo prusiano Heinrich Schliemann. Se trata de una máscara funeraria de oro que se encontró colocada encima de la cara de un cuerpo ubicado en la tumba V. Schliemann pensó que había descubierto el cuerpo del legendario rey griego Agamenón, y por ese motivo la máscara recibió su nombre. Sin embargo, estudios arqueológicos modernos sugieren que la máscara podría datar de entre 1550 y 1500 a.C., lo que la situaría en un tiempo anterior (unos 300 años) al que tradicionalmente se atribuye a la vida de Agamenón. A pesar de ello, ha conservado su nombre.

II.- La belleza desnuda. Que destacará la importancia y el prestigio de la escultura antigua, en la armonía de los cuerpos griegos, así como la creación de un cánon estético convertido en dogma académico. Éstas características se podrán ver en piezas como El Doríforo, la Venus de Médicis, o el Mercurio sentado.

Así el Doríforo, vaciado en yeso de 1888 de la copia romana de la obra de Policleto (s. V a.C.), procedente de Pompeya, y que se custodia en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Aunque muchas han sido las copias que han llegado hasta nuestros días, ni la estatua original griega ni el texto sobre la formalización del cuerpo masculino de Policleto (el Canon) han llegado hasta nuestros días. Resulta imposible conocer las proporciones que usó, ya que los marmolistas romanos engrosaban las piernas en sus copias, para darle mayor estabilidad. Sólo se conserva una frase. “La perfección se alcanza poco a poco mediante cálculos”. La estatua colocada en la Palestra de Pompeya, pudo servir para recordar a los jóvenes romanos el ideal de belleza helenístico y es posible que se realizaran ritos heroicos en su honor.

III.- Imágenes del furor. Dionisos es un Dios marginal, errante, protector de la vendimia y la fertilidad, de la demencia y el exceso humano. Representa el lado oscuro de la civilización griega, pues recupera la naturaleza animal del hombre y subvierte el orden natural de la polis.

Este impulso irracional será explorado por Nietzsche como símbolo de una moral y estética inconformista. Frente a la serenidad apolínea, Dionisos encarna una nueva relación con la vida, basada en el placer del instante, la inmersión en la experiencia del caos y la libertad frente a las convicciones. Dentro de este espacio destacarán piezas como Fauno durmiente, el Centauro, Menade danzante, Pan y sátiro…

IV.- Sabios y Héroes. Muchos restos antiguos fueron interpretados en clave política y moral, porque ofrecían modelos de vida y lecciones históricas. Recreaban un universo viril de guerreros y atletas, que estaba también teñido de ideales filosóficos, pues el ejercicio de la política implicaba una reflexión sobre el poder, la verdad o el cumplimiento del deber. Este mundo influyó en la educación de las élites y en sus socios eruditos; los sabios decoraban sus bibliotecas con bustos de filósofos y los reyes vivían rodeados de retratos de emperadores romanos, convertidos en antepasados que legitimaban su autoridad y sus conquistas. Las obras que reflejarán esas condiciones en la exposición serán Laocoonte, Galo moribundo, bustos de Séneca, Marco Aurelio, Epicuro, Homero…

Dentro de este apartado podremos detallar el conjunto escultórico de Laocoonte, vaciado en yeso de 1887 de la pieza original del s. I a.C. (?) que se expone en los Museos Vaticanos. La obra describe la venganza de los dioses contra el sacerdote troyano por intentar disuadir a sus compatriotas de aceptar el caballo de Troya. El grupo, congelado en el momento supremo de violencia y agonía, cuando la espiral de las serpientes se enroscan en sus cuerpos, se convertirá en “exemplum dolores”. Admirada por noticias indirectas, antes de ser descubierta, su hallazgo en 1506 entusiasmó a toda Roma, que desfiló día y noche ante ella. Fue comprada por el Papa Julio II, que la expuso en el Cortile del Belvedere por su valía artística y su deseo de asociar la Gloria del Papado a la Roma Antigua. Enseguida se hizo famosa a través de copias, parodias y citas, además de lecturas eruditas y filosóficas. Supuso, por así decir, la invención de la idea de “obra maestra”. En el siglo XX se halló el brazo derecho original, reconstruido imaginariamente en 1532 en la posición extendida que aquí se conserva.

También destaca la escultura de Galo moribundo, vaciado en yeso de 1885 de la escultura de la Escuela de Pérgamo (230 – 220 a.C.) que se puede ver en los Museos Capitolinos de Roma. Esta pieza refleja la visión del artista sobre una soldado que desfallece; desarrolla notas de nobleza y dá una imagen que exalta al vencedor por medio de la dignificación del vencido.

Otra de las partes desarrolladas en este espacio, y que pertenece a esta cuarta sección, será una colección de bustos de diversos personajes, reales o imaginarios. Realizados por varios autores, todos hechos con la técnica del vaciado en yeso, oscilando las piezas originales del siglo V a.C. al II d.C. Dentro de este conjunto de bustos se ve la evolución del arte clásico, en un amplio arco temporal. Los más arcaicos son fragmentos del frontón de un templo de Olimpia. Otros de la Atenas Clásica, son encarnaciones ideales de Dioses u hombres famosos. Un tercer grupo, de época helenística, interesada por sabios y poetas, descubre la interioridad del individuo. Finalmente, el retrato romano de patricios y emperadores, que consolidará un tópico aún vigente: que la identidad de un individuo radica en su rostro.

V.- Enigmas y fragmentos. Nada tan evidente en el redescubrimiento de las estatuas antiguas como que aparecían rotas o eran indescifrables. Cabezas, torsos y miembros anatómicos dispersos eran coleccionados con avidez como reliquias sagradas; y sucesivas generaciones de eruditos y artistas se dedicaron a completar los cuerpos, a integrarlos en un contexto narrativo, a atribuirlos a una personalidad o a buscar la causa de una postura o un gesto. Para esta tarea se sirvieron de la historia, de textos antiguos y de la imaginación, pero también influyeron modas, intereses políticos o circunstancias de cada momento.

La sensibilidad contemporánea renunció a ese comportamiento y prefirió entregarse a la misteriosa fascinación que emana una obra incompleta. El fragmento se convirtió en la quintaesencia del gusto romántico, y después en un principio constitutivo de la experimentación de las Vanguardias. Completarán esta sección piezas de la importancia de Ares Borghese, vaciado en yeso de 1884, de la copia romana de la obra de Alcamenes (s. V a.C.), y que se puede ver en el Museo Louvre de París. Suele afirmarse que esta estatua es un réplica romana de un bronce griego del s. IV a.C., hoy perdido, que estaba en un Santuario en el Ágora ateniense dedicado a Ares, como lo demostrarían el casco y el anillo que encadenan su pie para impedirle actuar como dios de la guerra. Pero es una de esas frágiles hipótesis de los historiadores que se ha impuesto sin haber sido razonada. Sea un dios o un mortal, este majestuoso y pensativo desnudo expresa el sentido civilizador que entre los griegos tuvo la belleza idealizada del cuerpo humano.

Torso Belvedere, vaciado en yeso de 1889, de la escultura de Apolio del s. I a.C. y que se puede ver en los Museos Vaticanos. Esta soberbia pieza heroica, tensa y muscular, es un símbolo del inmenso genio griego para la escultura. Y no a pesar de estar incompleta, sino a causa de ello. Su inicial condición de fragmento permaneció intocable gracias a la admiración que suscitaba en Miguel Ángel, quien declinó la invitación a reconstruirlo en defensa de su teoría del “non finito”.

Ariadna abandonada, vaciado en yeso de 1882 de la copia romana de obra helenística del II a.C. y cuya original estaría en los Museos Vaticanos. Desde su presentación en 1512, esta pieza ha conocido tres identidades diferentes. Primero fue Cleopatra por la serpiente que rodea su brazo; luego se relacionó con la tradición de la ninfa dormida; y a finales del s. XVIII se observan paralelismos con sarcófagos que representan a Ariadna abandonada en Naxos por Teseo, mientras dormía. Lo más instructivo de esta variación en el reconocimiento no es el logro de una gradual identificación, sino lo que cada generación ha querido ver en ella.

Niño de la Espina (Spinario), vaciado en yeso de 1884 de la escultura de los Museos Capitolinos de Roma s. I a.C. – s. I d.C. (?). La enigmática identidad de este joven dio lugar a varias suposiciones, desde el bello Absalon, el príncipe de la Biblia; como un mensajero detenido para extraerse una espina. Esta pieza es muy reconocida y copiada, por ello muy distribuida entre los palacios aristocráticos europeos, tanto como estatua independiente como pieza de una fuente”.

Con esta relación creo que les puede ser más fácil acercarse al nuevo museo de reproducciones artísticas de la Casa del Sol, hasta tanto proporcionen un folleto explicativo del que hasta ahora carecen. Que lo disfruten.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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