Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Montoro en La Razón del pasado día 18)(*)
Lamentable espectáculo éste al que estamos asistiendo. El enfermo saliendo por fin, según dicen lo expertos, de la extrema gravedad, y la familia – como si tal cosa la tuviera sin cuidado – intentando cargarse en plena operación y tratamiento al médico que se esforzó por conseguirlo y asumió la responsabilidad exponiendo su propio prestigio más allá de la conveniencia personal. Los unos, para quedarse con la herencia, que es lo que realmente les importa; los otros, para llamar la atención y ganar unos sextercios saliendo en los periódicos, y los terceros – que como el Tercer Hombre de Orson Wells contribuyeron a la extensión de la enfermedad – para lucrarse de la situación. Vergonzoso espectáculo, también.
Vergonzoso e hipócrita, por cuanto quienes así actúan retuercen la realidad aprovechando las posibilidades de explotación que la situación ofrece, a sabiendas de que sus argumentos bien podrían ser esgrimidos con mayor razón contra ellos mismos. Y son conscientes de ello; pero lo primero es lo primero, y además están acostumbrados a endurecer su rostro siempre que haga falta. Para hacerlo ya se entrenaron sobradamente con la «agitprop»; que para algo han de servir los usos y maneras aprendidos de sus maestros. Y una de las reglas de oro – recuerdan – consistía en echarle cara abiertamente al asunto; que siempre habrá gente malpensada cuyo oído se podrá halagar sembrando la cizaña a troche y moche: ahí está la gran masa de los que creen que todo el mundo tiene un precio porque ellos mismos saben que lo tienen. Así que convierten las dudas o sospechas en verdades irrefutables, o al menos suficientes para lo que interesa. Ya saben, se filtran cosas, se maniobra en los medios afines y ya está. Después de todo, un pueblo que acuñó la máxima de «piensa mal y acertarás» no será tan difícil de llevar al huerto.
Hundámonos todos, piensa esta gente, y hagamos que todo se vaya – como decía aquel – a hacer puñetas, que ya sabremos sacar partida de ello puesto que en eso somos imbatibles. Nadie como nosotros supo llevar a todos al desastre y pescar en el lodo y la desolación. Como es sabido, a nadie como a nosotros se le dio tan bien lo de fabricar pobres para luego sacar partido de ellos. Recordemos que la paloma de Picasso fue un gran invento para desorientar a los ingenuos; que lo que verdaderamente nos molaba era la revolución: el caos en las calles y el tremolar en el aire de las banderas rojas. ¿Y qué mejor momento para hacerlo que cuando ya surgen motivos de esperanza? ¡Mas dura será entonces la caída!
A bote pronto, a mí todo esto me hace dudar de la buena salud mental de quienes me rodean. Porque, ¿será posible tanta demencia colectiva?
Buena es esta limpieza general en la que estamos empeñados y que puede ser uno de los frutos de aquella frase acuñada por el buenísimo oficial de que en toda crisis cabe encontrar una nueva ocasión de mejorar. Quizá – Dios así lo quiera – salga de aquí una España más sana, más perfecta y equiparable en salud ciudadana a los países más puritanos de Europa. Ojalá así sea. Pero esto deberá ser con la Ley en la mano y el respeto a las personas, no con gritos en la calle, filtraciones y campañas mediáticas con intenciones espurias de «quítate tú que me pongo yo»; no con la siembra del odio y del desprestigio; no con la hipocresía y el regodeo babeante de quienes se lucran con los problemas del adversario político, ya decididamente convertido en el enemigo que hay que aniquilar.
No queremos acabar como aquellos filisteos que sucumbieron sepultados por los escombros del templo, sacudido aquí por un cerril Sansón movido por el odio y la irresponsabilidad.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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