Por Carlos Bustamante

(Sueño de San José. Lienzo de Luca Giordano en el Museo del Prado; pintura.aut.org. 62 x 48) (*)
José, mi amo, estaba realmente desconcertado. No podía ni quería dar crédito a lo que veían sus ojos. Él mismo rumió su propia tristeza. Ni quería ni podía desahogarse con nadie. Ánima en pena. Así deambulaba por casa y taller sin comprender la belleza y alegría de su amadísima esposa. Nada importaba que vecinos y amigos la contemplaran en estado de buena esperanza. Era su legítima esposa. Normal, pues. Él no. Nadie podía comprenderlo. Tarsicio no podía ser su confidente. Por niño, tampoco entendería. Él tampoco. Sin embargo, la mirada dulcísima de su muy querida esposa le hacía imposible pensar en infidelidad alguna. Desconcertante. Angustioso. Desde mi camastro en el taller le oía rebullir. Inquieto. Desazonado. Perplejo. Myriam en cinta, Incomprensible. Tanto, que hasta le impedía decirle nada. Mucho menos el reproche por insignificante que fuera. Pesadillas. Horror ante la evidencia. Noche oscura. Decidió lo inimaginable. Repudiarla, abandonarla en secreto. Y morir luego de pena en el desierto. Era tanta su pena angustiosa que, aún siendo invierno, tenía el lecho empapado de sudor ¡y lágrimas! De pena.
Como un resorte salté de mi camastro. De pronto, noche oscura ¡luminosa! Como la de Gabriel que ustedes conocen. Los largos bigotes de Virutas rozaron mi pierna desnuda. Al cosquilleo, desperté del todo. Otra vez la luz intensa del cielo envolvía la casita de Nazareth. Sólo José –al que comencé a llamarle mi padre y señor- dormía “como un tronco”.
-¿Le despierto?.me dijo Virutas más que nada para sentirse arropado del miedo que le hacía tiritar como los “rileros” secos del monte con el viento.
-No, no, Virutas, le dije.- déjalo dormir que el pobre está agotado…
No había terminado de dar contestación a mi amigo Virutas, cuando apareció un Ángel que en algo se parecía a Gabriel. Pero no era él. También era sumamente hermoso. Celestial. Se puso junto a José -tronco- y le susurró con suma suavidad al oído lo que nosotros escuchamos casi todo. Y lo que no le entendimos, ya lo sabíamos por lo que Gabriel le dijo a mi Ama y Señora:
“No temas José…. Porque… es obra de Dios Espíritu Santo…”. Y se marchó. Con él se fue también la luz. Otra vez la casita envuelta en las sombras de la noche menos oscura… porque amanecía.
-¡Tarsicio, Tarsicio…!, Me llamó apremiante José.
-¡Voy señor!, le contesté de inmediato. Y fui. Virutas, o sea, su orejilla, apareció entre las rosquitas de madera muy atenta a las palabras del amo.
-Es que hoy, Tarsicio, he tenido un sueño precioso, me dijo exultante de alegría.
José estaba radiante. Con alegría incontenible me comunicó lo que yo tan bien sabía. A la llamada potente de su esposo, también entró Myriam en el taller. No sé lo que se dijeron. Lo que sí vi, fue cruzarse las miradas más tiernas que jamás viera. Tarsicio niño, aprendió de golpe lo que es el Amor. En el silencio sonoroso del taller, se oyó de pronto un sonido extraño.
-¡Ji, ji, ji, ji, ji… sueño…! Era la risita de Virutas entre ellas… (las virutas).
-¡¡Cállate hombre; o sea, ratón, que nos vas a delatar!!, le dije sin enfadarme. Calló y desapareció entre los restos de madera…, hasta la hora del almuerzo. Hoy extraordinario. Lleno de gozo… y viandas… extraordinarias. Amaneció un día radiante, en Nazareth y en el mundo. ¡Qué bueno es José! Y qué preciosidad su esposa.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.staticflickr.com/2826/9290691117_c961550ff8_o.jpg
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