Por Carlos de Bustamante

(Canal en Valladolid. Acuarela de J. M. Arévalo. 36x 46)(*)
Antes de nada he de decir que con el desmesurado activismo, tuve que delegar en el pastor Valeriano. Referencia ésta, que pudieron leer en mi artículo anterior. A punto estuve ¡otra vez! de olvidarme de poner a Dios en la cumbre de todas las actividades en la Dehesa ganadera. Y por ello, que, sobrenaturalmente, todos mis trabajos y obras fueran estériles. Como reza la sabiduría popular, “el hombre es el único animal que tropieza dos veces (o más, digo) en la misma piedra”. Sin “coscorrón-despertador” en las grandes puertas de los nuevos apriscos, una vez más tuve que comenzar y recomenzar en hacer “Operatio Dei” del trabajo, por demás intenso. Recomenzar una y mil veces en la “unidad de vida”. A propósito de la citada unidad, dice don Francisco Fernández Carvajal en una de sus meditaciones de esta Cuaresma:
“Durante siglos, muchos hombres separaron su vida (trabajo, estudio, negocios, investigaciones, aficiones…) de la fe; y, como consecuencia de esa separación, las realidades temporales quedaron desvirtuadas, como al margen de la luz de la Revelación. Al faltar esta luz, muchos han llegado a considerar el mundo como fin de sí mismo, sin ninguna referencia a Dios, para lo cual han tergiversado incluso las verdades más elementales y básicas. De modo particular, en los países occidentales es preciso corregir esa separación”-y continúa el Venerable don Álvaro del Portillo, primer sucesor de san Josemaría en una Carta Pastoral en diciembre de 1985-, «porque son muchas las generaciones que se están perdiendo para Cristo y para la Iglesia en estos años, y porque desgraciadamente desde estos lugares se envía al mundo entero la cizaña de un nuevo paganismo.
Este paganismo contemporáneo se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier coste, y por el correspondiente olvido –mejor sería decir miedo, auténtico pavor– de todo lo que pueda causar sufrimiento. Con esta perspectiva, palabras como Dios, pecado, cruz, mortificación, vida eterna…, resultan incomprensibles para gran cantidad de personas, que desconocen su significado y su contenido. Habéis contemplado esa pasmosa realidad de que muchos quizá comenzaron por poner a Dios entre paréntesis (y éste, digo, es mi caso tan frecuente) en algunos detalles de su vida personal, familiar y profesional; pero, como Dios exige, ama, pide, terminan por arrojarle –como a un intruso– de las leyes civiles y de la vida de los pueblos. Con una soberbia ridícula y presuntuosa, quieren alzar en su puesto a la pobre criatura, perdida su dignidad sobrenatural y su dignidad humana, y reducida –no es exageración: está a la vista en todas partes– al vientre, al sexo, al dinero».
El mundo se queda-continúa don Francisco- en tinieblas si los cristianos, por falta de unidad de vida, no iluminan y dan sentido a las realidades concretas de la vida. Sabemos que la actitud ante el mundo de los verdaderos discípulos de Cristo, y de modo específico de los seglares, no es de separación, sino la de estar metidos en sus entrañas, como la levadura dentro de la masa, para transformarlo”. El cristiano coherente con su fe es sal que da sabor y preserva de corrupción. Y para esto cuenta, sobre todo, con su testimonio en medio de las tareas ordinarias, realizadas ejemplarmente”. “Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos…” (san Josemaría dixit).
Decíamos… Revolución agrícola… Dentro una vez más de los “cauces agrícolas-ganaderos”, fue realmente una verdadera revolución: Como dijera Valeriano el pastor, hoy mayoral de pastores, no había en la Dehesa “nian pastos para enllenar la barriguilla de tantísmo ganau”. Motivo éste por el que el relator tuvo que encargar al cachicán que se sembraran con semillas de prado las tierras menos feraces de entre las de cultivo en regadío. Además de los prados naturales existentes, aprovechamiento de rastrojeras, desechos de hojas y coronas de remolachas, hojas de las cepas después de la vendimia, de patatas, rastrojos de alfalfa tras la siega, monte, riberas…., no menos de seis hectáreas de prado en tres parcelas, hicieron aún más verde a la Dehesa que llevaba el apelativo de “La Verde” desde tiempo inmemorial.
En cuidada rotación de los tres hatajos en los prados, al “encerrar, daba la bendición contemplar el rumio” sosegado, satisfecho, de todas las churrillas en los viejos y nuevos apriscos. Silencio rumoroso que transmitía admiración y paz a los propios y extraños que lo contemplaban.
¿Revolución…? Sí; más, mucho más. Casi esquilmadas las tierras por los abusos en repetición de siembras lucrativas por anteriores renteros, hubo que introducir cultivos –alfalfa y leguminosas, maíces forrajeros- que además de abastecer la primera una cooperativa deshidratadora de alfalfa, propia y de labranzas colindantes, los otros, producían forrajes y piensos suficientes para tan numeroso e insaciable ganadillo. Revolución. Carente de mano de obra, tan exigente en los labrantíos dichos, más y nueva maquinaria forzosamente adquirida, puso de nuevo en aprietos la economía siempre maltrecha.
Sin que deba aconsejar tamaña actividad realizada con el robo de tiempo al necesario descanso, no tardando, dos imponentes silos-torre sobrepasaban la altura de los tejados. Allí se fermentaban los “máices forrajeros” previamente segados con nueva máquina; y troceados luego con otra costosa picadora-elevadora. Y enorme silo zanja de hormigón donde almacenar subproductos remolacheros (pulpa fresca) de la fábrica azucarera que, además de sumamente apetitosos para las ovejas, aumentaban ostensiblemente la producción lechera, de por sí extraordinaria y muy cerca ya del record israelita.
El campo estaba cada vez más silencioso y solitario, salvo del nuevo y continuo run-run de los motores en numerosos tractores y máquinas. Pero en el caserío, la actividad era inusitada. Cuando a las ovejas les daba el “fato” de la comida que transportaban camiones o tractores, los balidos eran como música sonora de estridentes decibelios en los nuevos locales de diversión (¿), donde la nueva juventud desfogaba los instintos más primitivos. Por el contrario la vecindad en la Dehesa, aumentó de tal forma en mayores y niños sobre todo, que fue preciso montar una escuela con maestra, para evitar desplazamientos peligrosos a Traspinedo y comidas de los escolares fuera de casa. Fue también por entonces cuando la hasta ahora simple capilla, hubo de convertirse en parroquia. Y en vez de los episodios-con evidente riesgo a veces- de cruzar todos en barca el Duero, para oír la Santa Misa en el pueblecito (hoy con un solo vecino) de Peñalba, era don Ramón el señor cura de Villabáñez el que con verdadero pavor -del que tuvieron, tiempo ha, noticias en este blog- hacía solo la “temerosa travesía”.
Un oficial albañil, procedente de Tudela de Duero, entró fijo en nómina, para las continuas obras y acondicionamiento de locales para albergar o abastecer las múltiples necesidades del espectacular incremento ganadero. Y a los desembolsos por la de por sí revolución en los modos y medios agrícolas, hubo que añadir el no pequeño de materiales de construcción en las inacabables obras. Revolución.
Aunque el relator multiplicase esfuerzos, imposible atender debidamente a tantos “frentes”. Sin desatender nunca la verdadera profesión (la milicia), le fue preciso delegar para el buen término de tan diversas actividades. Nuevo aumento de nómina que a duras penas podía satisfacer. Revolución. Maestra, veterinario, cachicán con mayores atribuciones, contable, mayoral, herrero, mecánico… Revolución igual a “empresa agrícola-ganadera”. Activismo tan peligroso, que comenzó a tomar forma la posibilidad de renuncia a tan desmesurado trabajo. En el que cabía la nueva recaída en “los compartimentos estancos”. Sin unidad de vida. Pero no; el relator echó a sus espaldas jóvenes ambos pesos y más, pensaba, con que le cargaran.. Lo verán en esta larga “serie”, si Dios es servido.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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