Por Carlos de Bustamante

(Sombras en el campo. Acuarela de José María Arévalo)(*)
Es curioso como a veces tergiversamos los acontecimientos que llamamos malos o adversos para, no sin buena dosis de orgullo vanidoso, darlos la vuelta. Tal es lo que sucedió con el hurto entre pastores –el de la Dehesa y el de mi amigo de Traspinedo-, que disminuyó la cabaña ganadera en no menos de treinta ovejas selectas. Unidas a las empanzadas con mis pastores-sobrinos, sumaban una cantidad considerable: sesenta y tantas ovejas “de vellón”. Cuando vienen mal dadas, casi nunca estas cosas son hechos aislados. Porque “el palo” de las que, además, reposaban en el pinar a causa de la epidemia de mastitis, hizo que desaparecieran de los apriscos de la Dehesa el hatajo completo de cuando menos un pastor: el del ganado que tomó el “camino del pinar”, para ser pasto, al fin, de animales carroñeros. Una vez más he de decir, que el latrocinio y epidemia en vez de de llevarme a aceptar la “catastro”-(fe), fue el colmo de la presunción por haber reconocido de entre todas las de un rebaño numeroso (vanidad de vanidades) en la causa primera (el robo) a “las niñas de mis ojos”; las mejores entre otras muchas; las que para el profano eran simples ovejas. Todas iguales.
Dolido mi buen amigo-que lo es hoy tan entrado en años como el relator o más-, denunció al que no era buen pastor de sus ovejas. “Ladrón y salteador”. Fue a juicio. Y por primera vez en la vida, el relator acudió a los tribunales como principal damnificado. El promotor del “cambeo”, desembuchó toda la verdad. Para satisfacer el importe de sus correrías, reconoció, además, haber vendido un número “que no recordaba de uvejas”, a pastores del valle de la Esgueva. Sin “cambeo” alguno. En dinero cantante y sonante y muy por debajo del verdadero valor. El que le permitía visitar las mejores plazas de toros de ciudades con solera. Sin que le importase un bledo las necesidades de su familia numerosa.
Aún sin tiempo material para recorrer uno a uno los hatajos en los pueblos del valle, también me empujó la vanidad. Goteo de “churrillas, descubiertas por diferentes lugares, reconocidas de inmediato como peñalberas” y contrastadas por el número al reverso de las orejas. Consternación en los “amos” y en los pastores sorprendidos de tal reconocimiento. Otra vez vanidad de vanidades. Orgulloso de los reconocimientos.
Ante la deriva hacia la presunción vanidosa, nuevamente hube de recurrir a las “industrias humanas” con los habituales despertadores. Si no en hurtos, tampoco era quién para “tirar la primera piedra”.
Conmovido por la situación de una familia inocente (la mujer e hijos del pastor infiel y asalariado), renuncié a más líos, ni represalias carceleras sobre el culpable causante. Terminó el juicio sin castigos para nadie, pero con la Dehesa ganadera, sensiblemente mermada. Tranquilo por fuera y la “procesión por dentro”. Desilusión como de ídolo caído. Recordé lo leído “quisió ande”. Lo que, en parte, copio y pego:
El rey Nabucodonosor de Babilonia, soñó con una colosal estatua hecha de diferentes metales: la cabeza de oro; el pecho de bronce; las piernas de hierro y los pies de hierro y arcilla. Nabucodonosor llamó a sus magos y adivinos para que le revelasen el significado del sueño. Ninguno supo descifrarlo. Decepcionado, los mandó matar. Junto a estos magos y videntes estaban Daniel y otros tres jóvenes israelitas: Sidrac, Misac y Abdénago (nombres caldeos para Ananías, Misael, y Azarías; los que merecieron el precioso himno de alabanza a toda la Creación; el denominado “trium puerorum”. Éstos, fueron enviados luego a un horno de fuego, por negarse a adorar una figura de oro, mandada hacer por el rey. Un ángel enviado por Dios los libró del horno sin padecer mal alguno. El profeta Daniel, al darse cuenta de que su vida corría peligro, interpretó el sueño por mediación divina y le dijo:
“Tú, oh rey, eres rey de reyes porque el Dios de los cielos te ha dado la realeza, el poder, la fuerza y la majestad. Todo lugar donde habitan los hijos del hombre, los animales del campo y las aves del cielo, él los ha entregado en tus manos y te ha dado dominio sobre todos ellos. Tú eres aquella cabeza de oro. Después de ti se levantará otro reino inferior al tuyo, y otro tercer reino de bronce, el cual dominará en toda la tierra. El cuarto reino será fuerte como el hierro; y como el hierro todo lo desmenuza y pulveriza. Como el hierro despedaza, así desmenuzará y despedazará a todos éstos.
Lo que viste de los pies y de los dedos, que en parte eran de barro cocido de alfarero y en parte de hierro, significa que ese reino estará dividido; pero en él habrá algo de la firmeza del hierro, tal como viste que el hierro estaba mezclado con el barro cocido. Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro y en parte de barro cocido, así el reino será en parte fuerte y en parte frágil.
En cuanto a lo que viste, que el hierro estaba mezclado con el barro cocido, se mezclarán por medio de alianzas humanas. Pero no se pegarán el uno con el otro; así como el hierro no se mezcla con el barro. Y en los días de esos reyes, el Dios de los cielos levantará un reino que jamás será destruido, ni será dejado a otro pueblo. Éste desmenuzará y acabará con todos estos reinos; pero él permanecerá para siempre.
De la manera que viste que de la montaña se desprendió una piedra sin Intervención de manos, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro cocido, la plata y el oro, el gran Dios ha hecho saber al rey lo que ha de acontecer en el porvenir. El sueño es verdadero, y su interpretación es fiel”.
Nabucodonosor se postró sobre su rostro y rindió homenaje a Daniel. Mandó que le ofreciesen ofrendas e incienso. El rey habló luego a Daniel y le dijo: Ciertamente vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de reyes. El revela los misterios, pues tú pudiste revelar este misterio.
Entonces el rey engrandeció a Daniel y le dio muchos y grandes regalos. Le dio dominio sobre toda la provincia de Babilonia y le hizo intendente principal de todos los sabios del reino. Por solicitud de Daniel al rey, designó a Sidrac, a Misac y a Abdénago administradores de la provincia de Babilonia. Daniel Permaneció en la corte del rey.
¿Acaso no podía ser el mismísimo relator quien se había erigido en similar estatua a la soñada por Nabucodonosor? Las bajas acaecidas por diferentes motivos ¿no serían como la simple piedra que rodo desde el monte y derrumbó el orgullo de la estatua con sólo chocar contra los pies de barro? Se imponía recapacitar, para una de dos: cambiar el rumbo ganadero, o poner la “guinda sobrenatural” sobre el pastel del orgullo y la vanidad. ¿Comenzar otra vez y recomenzar…?
Como en la vida misma y tras la meditación con todas las cartas boca arriba, la conclusión fue atender más y mejor a la verdadera profesión y delegar lo demostrado como inabarcable. Como la Dehesa ganadera ovina seguía siendo rentable, un nuevo veterinario continuó la labor para la que, engreído, creí ser imprescindible. Craso error.
Como en la vida misma: si poco a poco se abandonan las cosas pequeñas referentes al alma, cubren el hueco otras preocupaciones, que son sólo del cuerpo. Y la efigie se derrumba con la simple piedra rodada del monte al chocar con la colosal estatua: o el edificio, soberbio, se derrumba por el goteo que parecía insignificante. Parecía, porque bien demostrado queda que, cuando surgen estos pequeños descuidos (goteo de abandonos que, insistente, abren grietas enormes), “primero se vive de las rentas y luego de la trampa”. Mas porque la Dehesa era ganadera…, hubo más piedras donde tropezar. Vendido por inservible el ganado vacuno de labor, “la cabra tiró al monte”. Recría de terneros. Nuevo apasionamiento y trabajo al detalle. “Despacito -pensé como el poeta- y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas”. Lo verán en el próximo, si Dios es servido, de esta “serie” que finaliza.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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