Por Carlos de Bustamante

( La Visitación. Tabla pasada a lienzo, de Rafael Sanzio de Urbino, Museo del Prado; en pintura.aut.org. 200 x 145) (*)
Me dijeron al salir de viaje que la distancia al lugar de destino no sería inferior a 6-7 jornadas. Lo que hoy dirían ustedes de 130 a 140 kilómetros. Un disparate. No para el Amor de Myram. No para el fidelísimo José. En absoluto para Virutas, cómodamente instalado en las alforjas entre alimentos… Ni para mí, Tarsicio, descendiente de etíopes. Andarines.
Myriam, sentada “a cajones” sobre la recién estrenada albarda. Iba como lo que era: una Reina sobre un trono. Yo, Tarsicio, llevaba del ramal a Pequeña por los mejores senderos de una zona rocosa y con no pocos peligros para el caminante. José – aunque preocupado por el estado de su esposa-, caminaba alegre siempre y a su lado. Me sentí importante. Virutas, apenas si salía de las alforjas. Llegó a preocuparme tanto silencio.
-¿Se estará comiendo las viandas? Mal pensado… En un alto para el almuerzo de mediodía, José sacó la ración correspondiente, ¡intacta!
-Ji, ji, ji…, rió Virutas al tiempo que de un salto acrobático, con pirueta incluida, encontró nuevo y mejor alojamiento en el saquito de cebada que Pequeña llevaba colgado del cuello. Comió, royó, algún grano. Muy cerquita de las grandes orejas de la borriquilla, entabló luego conversación con ella.
-¡Hombre, Virutas, o sea, ratón, algo sí me pesa, contestó a la pregunta del pequeño roedor-; pero-añadió- llevar sobre mis lomos a Myriam es mucho más honor que peso. Trabajo-continuó parlanchina- el de dar vueltas y más vueltas a la noria, en casa de mis otros amos.
-Pues yo, porque soy ratón y no puedo, ¡que si no…!, faroleó Virutas.
Ora de parla con Pequeña, ora con Tarsicio, transcurrieron sin novedad los días previstos de viaje. Aunque cansada, Myriam nunca se quejó.
Enredaban las sombras entre las peñas, cuando José, nuestro padre y señor, exclamó con gozo: ¡¡Ain Karem!!
Zacarías, mudo, les salió, casualmente al encuentro. Le dejé el ramal y nos adentramos por las calles empinadas del pueblo. Llegamos a su casa.
Escena de verdadera alegría. Saludos que no entendí del todo: …“ ¿que la Madre de mi Señor venga a visitarme…?”.
-“Magnificat”. Precioso. Besos y abrazos. También a mí, Tarsicio, ciudadano romano (de Tarso), libre y esclavito. Seis meses inolvidables.
Salió Virutas de su escondite y sin que nadie lo viera, estableció “sus reales” en la cuadra junto a Pequeña.
-¿Está tonto…?, me preguntó en referencia a Zacarías siempre callado.
-¡No hombre-o sea, ratón-, no; sólo está mudo!, le respondí. No se enteró.
-¡¡Aaaaah!! me contestó aun sin enterarse absolutamente de nada.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm4.staticflickr.com/3761/9547135094_92e544ebd1_o.jpg
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