“Las cloacas del 11-M”, de Joaquín Albaicín, y “Mimi o el fin de una época”, de Antonio Burgos

(Viñeta de Caín en La Razón del pasado 20 de Agosto) (*)
LAS CLOACAS DEL 11-M
Artículo de Joaquín Albaicín publicado en La Gaceta el pasado 18 de Agosto
Al 11-M se le dio carpetazo con un chivo expiatorio cargando con el marrón de una condena varias veces milenaria, un escarmiento de menor calado a unos delincuentes de escasa monta y ocho yihadistas suicidándose (o siendo “suicidados”) en un piso de Leganés, en un episodio con tantas probabilidades de haber ocurrido tal que se nos cuenta como el de la muerte de Bin Laden en Abbottabad. Tras los libros de Fernando Múgica, García Abadillo, Luis del Pino o José María de Pablo sobre el infame atentado de Atocha, importantes todos, rompe plaza ahora el de Ignacio López Brú: Las cloacas del 11-M. Extraños traslados de competencias, declaraciones con olor a chamusquina, destrucción de evidencias, concesión de medallas y ascensos a los policías sustentadores de la versión oficial o la retórica leguleya con que fueron desestimados muchos testimonios contrarios a la misma son sólo algunos de los llamativos “flecos” que invitan al autor a contemplar la masacre como una operación encubierta orquestada por un servicio secreto (Luis del Pino, en el prólogo, apunta hacia “nuestros propios servicios de información”).
Lo cierto es que ya sólo el tratamiento dispensado a la furgoneta Kangoo sugiere que por ahí puede cantar la gallina. Si se suma a ello la condición de confidente policial o topo del CNI de los condenados, los “suicidados” y gran parte de los interrogados y sospechosos, no puede reprocharse a López Brú la focalización de sus pensamientos en esa dirección.
¿No está siendo juzgada en Alemania la única superviviente de un comando neonazi que cometió durante once años actos terroristas en su país bajo el amparo del BfV (el servicio secreto interior)? Curiosamente, sus camaradas también se suicidaron. Con el testimonio de Andreas Kramer, ¿no ha salido recientemente a la luz que fueron operativos del BND alemán, en colaboración con agentes de la Red Gladio de la OTAN, los artífices de la explosión causante de un elevado número de muertes en 1980, en Munich? ¿No ha revelado el policía germano Henning Hensch, observador de la OSCE en Kosovo, que fueron colegas suyos quienes, por orden de Berlín, y a fin de convencer a la Unión Europea de la “necesidad” de intervenir militarmente en Yugoslavia, pusieron ropas de paisano a varios narcoguerrilleros kosovares caídos en combate, fotografiaron los cadáveres y remitieron las imágenes a la prensa de todo el mundo, presentándolas como prueba de una matanza de civiles? ¿No se recuerdan ya los vínculos que unían a los supuestos pilotos del 11-S con servicios secretos? ¿O el primer atentado contra el World Trade Center, inspirado e instigado por un confidente del FBI? ¿Se ha olvidado la bomba de Bolonia, colocada por unos extremistas que, como los tribunales probaron, resultaron no ser sino policías, espías y políticos en el poder? ¿Se han borrado de nuestra memoria los GAL, esos ultras con sueldo oficial y carné del PSOE? Y, sin ánimo de amargar la vida a un hombre que ya ha cumplido su pena, ¿no ha sido destapado hace poco cómo la Policía española recicló, contratándole como docente, al perpetrador de uno de los más siniestros crímenes de la Transición?
Al no haberme dedicado a investigar a fondo el 11-M, nada puedo aseverar. Desde luego, no comparto planteamientos de fondo en la línea del que señalaría a Aznar como una suerte de mesías al que tales o cuales poderes ocultos ansiaban defenestrar a toda costa. Tampoco me parece que supuestos funcionarios policiales y políticos de “izquierdas” pudieran tramar e implicarse en una acción terrorista como el 11-M sin el conocimiento y aquiescencia de sus compañeros de derechas, ocupantes de puestos clave. Me parece, pues, muy digno de subrayar el dedo puesto por López Brú sobre la llaga de que el PP ha hecho tanto o más que el PSOE por entorpecer la investigación. También es de sentido común –pero, en los tiempos que corren, muy valiente– su percepción de la web yihadista noruega, desde la que habría sido activada la célula durmiente, como una fabricación policial.
Mucho me temo que, como en tantos otros casos, nunca se permita a la opinión pública el acceso a las trastiendas del 11-M. Y ello, por tan sencilla razón como que tal apertura forzaría a periodistas, jueces y demás servidores de la ley a la admisión –y no con la boca pequeña– de que, cuando así lo creen conveniente, los gobiernos, policías y espías de las naciones democráticas recurren a idénticas herramientas criminales y de terror y hacen gala de la misma ausencia de escrúpulos que se pretende etiquetar como exclusivas de los regímenes totalitarios. Y eso, ni se quiere ni se va a reconocer.
Entretanto, libros como este de Ignacio López Brú permiten, al menos, hacerse su propia composición de lugar al ciudadano que no se siente cómodo al cien por cien llevando todo el día las orejeras puestas. Que no es poco.
MIMI O EL FIN DE UNA ÉPOCA
Artículo de Antonio Burgos publicado en ABC el pasado 19 de Agosto
En aquel abril tricolor de España, tras la larga noche en un Hispano Suiza por las carreteras de los Firmes Especiales que había construido bajo la gobernación de Primo de Rivera, Don Alfonso XIII había llegado a Cartagena y embarcado en un buque de guerra camino del destierro. Y desde una Plaza de Oriente, ay, dolor, donde los manifestantes querían repetir la toma del Palacio de Invierno, por una puerta falsa, entre llantos de viejos alabarderos y lealtades de unos pocos íntimos, Doña Victoria Eugenia abandonaba Palacio. Camino de la estación de Galapagar, donde había de tomar el tren hacia Hendaya. De ese adiós a la Reina en Galapagar quedaron dos fotografías para la Historia de España que en parte terminaba allí. En el andén de la estación, sentado en un banco, solo, la imagen derrotada del Conde de Romanones. Y sobre las peñas del paisaje velazqueño, una niña rubia, que esperaba tomar con su padre el amargo tren de las lágrimas de la Corona, acompañando al destierro a su madrina. Esa niña se llamaba como la Reina, que la había sacado de pila en la Cámara Regia de Palacio: Victoria Eugenia. Esa niña rubia que está en las fotografías de la Historia sentada en una piedra de Galapagar y que se llamaba María Victoria murió ayer tarde en su Casa de Pilatos, en una Sevilla de abanicos de octava de la Virgen de los Reyes.
Se llamaba María Victoria Fernández de Córdoba, pero se pronunciaba Mimi: Mimi Medinaceli. Ni ella misma recordaba a veces que se llamaba Victoria Fernández, como ponía en su carné de identidad y en su tarjeta del Corte Ingles. Una tarde en que como clienta la llamaban insistentemente por megafonía en esos almacenes («Doña Victoria Fernández, acuda a caja principal», repetían los altavoces), le dijo a su fiel Bernardeta Vázquez Parladé, que la acompañaba: «Bernardeta, qué señora más pesada esta Victoria Fernández, cuidado que no acudir a esa caja, con lo que la están llamando.»
Tenía un humor como importado de Londres. Un refinamiento como traído de Suiza. Y un aguante ante la adversidad que tanto la probó en la vida que era Castilla pura. Una gran señora en una gran época de España, sabedora de la responsabilidad de su título y de su Casa. ¿No dicen que los toreros son de otra pasta? Pues Mimi también era de otra pasta. De una pasta de siglos, de época, de valores, de lealtades. Y todo, sin darse la menor importancia, cumpliendo en toda su vida el viejo lema de la hidalguía: «Haz lo que debas, aunque debas lo que hagas». Lo hizo. Ayudada por Rafael Medina, aquel guapo muchacho de Pilas al que conoció una tarde de martinis de hotel de aviadores italianos y alemanes en la Sevilla de la guerra, a la que había llegado para instalarse en su Casa de Pilatos, para ser dama enfermera en los hospitales de sangre. El destierro, la guerra, la postguerra, la Sevilla desde la que mantuvo y engrandeció los destinos de la Casa Ducal de Medinaceli, es toda una época de España y de la ciudad de su elección la que tiene su fin con la muerte de Mimi Medinaceli. A la que nada humano le era ajeno, siempre optimista, siempre interesada por todo, lectora empedernida, oyente de radio, enteradísima de toda la actualidad hasta sus últimos días. Y sobrándole tiempo para ganar campeonatos de bridge. Y comiéndose por dentro el dolor. Tras la muerte de Rafael, aquel Duque de Alcalá que fue alcalde de Sevilla, contemplar, una tras otra, la de tres de sus cuatro hijos. Tú pones la vida de Mimi en el Teatro Romano de Mérida y Pemán le tiene que hacer la versión española, porque es una tragedia griega. A la que no le dio la menor importancia. Hacía lo que tenía que hacer y no se lo decía a nadie. Sirvió a su Rey, a su familia, a su Casa, a su ciudad, a España como en tonos pastel, toda delicadeza. Y siempre con una sonrisa. Ayer, cuando arriaban a media asta el pendón de los Medinaceli en la Casa de Pilatos, terminaba una época. Lo que siento, Mimi, es que hoy ya no me llamarás para comentar cómo ha quedado nuestro Betis, tras decirme aquello tuyo con tanta gracia británica: «Te llamo porque en Pineda los lunes nada más que puedo hablar del Betis con el conserje…»
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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