Por Javier Pardo de Santayana

( Homenaje. Acuarela de Jose Sánchez en Amigos Acuarelistas de Facebook) (*)
Pues la Justicia se he puesto estupenda y ahora reprocha una posible negligencia en el caso del descarrilamiento de Santiago. Pero no se limita a exigir un nuevo análisis de los expertos; según nos dicen ha imputado a la organización que se ocupa de la construcción y explotación de la infraestructura ferroviaria, y ahora está por ver a quién le toca la china de la representación. O sea, ver qué persona concreta puede ser el chivo expiatorio. Según parece, el juez sugiere que podría haberse añadido algún sistema adicional que impidiese el gran error del conductor, y que no hacerlo podría ser constitutivo de delito.
Y yo digo que eso estaría bien, que sería fenomenal que toda la red ferroviaria funcionara blindada a cualquier error humano; claro que entonces habría que recordar que la tecnología no es infalible. Para muestra ahí está la llegada del hombre a la luna, cuando la solución al fallo del ordenador de a bordo vino de la intervención manual del comandante de la misión. Y creo que ahora quizás estemos llevando las cosas demasiado lejos; que todo es perfectible, claro está, pero que la seguridad nunca es definitiva, y que eliminar del todo la intervención humana sería probablemente aún peor.
Pienso en la seguridad en nuestras carreteras: al fin y al cabo es el hombre quien ha de interpretar las señalización, obedecerla, no pasar de las velocidades límite, no desviar mucho tiempo su atención al GPS, ir bien dormido, no beber y todas esas cosas que sabemos. Porque si debiéramos confiar totalmente la seguridad al bálsamo de Fierabrás de la tecnología, mal estaríamos ahora, en pleno siglo veintiuno. De entrada tendríamos que suprimir toda circulación rodada, ya que aún no exige obligatoriamente el uso de un sistema que detecte nuestro nivel de alcohol y bloquee el volante si aquél fuera excesivo. Y no podríamos salir a la calle sin un sistema que evitase rozamientos y golpes en los aparcamientos, mientras se nos prohibiría conducir cuando las preocupaciones familiares o profesionales influyesen hasta tal punto en nuestro ánimo que pusieran en riesgo nuestra seguridad. Por otra parte, ¿porqué no exigir la supresión de curvas en las carreteras y autopistas de forma que su trazado se hiciera totalmente por derecho aunque resultara más costoso? ¿Es admisible que el factor económico determine el trazado de las rutas? En el extremo, ¿es correcto asumir un solo riesgo?
Pues no nos falta poco para esa perfección teórica… ¿No estaremos cayendo en una nueva modalidad del «buenismo» circundante? ¿Llevaremos también a estos terrenos la inevitable «corrección política»?
Desde luego, donde este tipo de cuestiones mejor nos hace comprender hasta qué punto nos deslizamos hacia un terreno de peligrosa incoherencia es cuando comparamos estas exquisiteces – siempre deseables por cierto – con la normativa actual sobre el empleo de la motocicleta, por no descender al de la bici. Porque si ya en el automóvil basamos la seguridad más en la prudencia del conductor que en los milagros de la tecnología, no digamos en el caso de la moto, donde el conductor va sentado al aire sin protección alguna y está autorizado nada menos que a transportar otra persona sin otra protección que un casco, y sin otro agarre que sus propios brazos con los que, por añadidura, irá abrazada a aquél durante la totalidad del trayecto, con el peligro, incluso, de unas cosquillas perturbadoras o de un estornudo inoportuno. ¿No tendría que exigirse ya la utilización de esos equipos empleados con indudable éxito por nuestros aguerridos deportistas, a quienes vemos salir despedidos por los aires o proyectados en las curvas en sus ansias por superar al adversario sin que la mayor parte de las veces lleguen a sufrir un daño irreparable?
Verdaderamente parece que la seguridad ahora exigida en los juzgados está más en quedar bien y en evitar las críticas que en aplicar ese sentido común que, en nuestro caso es también, como recuerda el tópico, el menos común de los sentidos.
Observación final: Parece que el descarrilamiento no será utilizado por los dirigentes de la oposición como en el hundimiento del «Prestige» o el atentado del 11M. Motivo: que el trazado de la vía y el diseño de la seguridad fueron su responsabilidad cuando ellos mismos gobernaban. Así que mejor calladitos. Menos mal, porque si no fuera por eso…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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