Por José María Arévalo
( Iglesia y convento de Santa Clara. Foto antigua) (*)
Concluimos hoy el capítulo “Zona del Prado de la Magdalena”, del libro “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, de Juan Carlos Urueña, que estamos reseñando, de cuyo último apartado, que Urueña titula “Al otro lado del Prado: las Descalzas, Chancillería, san Pedro y santa Clara”, recogimos la semana pasada los dos primeros monumentos, y hoy hacemos lo propio con el último, Santa Clara, uno de los conventos más antiguos de Valladolid. Pero antes escribe Urueña también sobre la antigua sede de la Inquisición, institución a la que ya se refirió en el capítulo dedicado al Rótulo del Doctor Cazalla, como recogimos en su momento, y con el que incluimos un amplio texto de Vallisoletvm sobre los autos de fe que se celebraron en Valladolid, uno de los cuales, el del Doctor Cazalla, narra Miguel Delibes en su novela “El Hereje”, de la que nuestra ciudad ha hecho resumen colocando unas placas explicativas en diversas calles y rincones.
( La casa de la Inquisición -nº94- según el plano de Bentura Seco de 1738, donde hoy se levanta el Colegio Macías Picavea) (*)
Es costumbre en nuestros días poner a la Inquisición a caer de un burro, sin tener en cuenta que en los países protestantes también ajusticiaban a “sus” herejes, como le ocurrió a nuestro compatriota Miguel Servet, famoso por sus trabajos sobre la circulación de la sangre. Delibes escribe también en su novela de la persecución a los católicos en Alemania, en sus primeros capítulos, cuando el Doctor Cazalla viaja allí para contactar con los luteranos y traerse libros. Pero el guía municipal que explica esta historia solo condena la intransigencia católica de la época. Urueña, aunque sarcástico, es más ecuánime al respecto. “Hacia la esquina izquierda de san Pedro –explica-, entre parte de lo que hoy ocupa la calle Madre de Dios y buena parte del colegio Macías Picavea, estuvo la sede de la Santa Inquisición. La Inquisición se mantuvo operativa desde los tiempos de los Reyes Católicos hasta principios del siglo XIX. Entre los “huéspedes” más famosos de este piadoso “hotel”, encontramos al pobre fraile Bartolomé Carranza y a fray Luis de León. El primero fue un humilde sabio dominico cuya fama de virtuoso hizo que el rey le colocase como arzobispo de Toledo; y a pesar de que el hombre no quería, ciertos envidiosos le denunciaron a la Inquisición”.
“Siete años estuvo el pobre así – continúa Urueña- hasta que fue reclamado por el Papa. Fray Luis de León, se pasó cinco años encerrado hasta que se resolvió su inocencia. Lo curioso de estos procesos es que sus actas originales fueron halladas en el siglo XIX «…en el cofre de un presidiario que falleció en el Canal de Castilla» según el diario de Juan Ortega y Rubio. La calle del Portillo del Prado se llamó antiguamente de la Penitencia, por la cercanía de la Inquisición. Detrás de san Pedro se levantaba el convento de la Madre de Dios, de monjas dominicas. También desaparecido, sólo queda de él el nombre de la calle. No existe testimonio gráfico suficiente para intentar su reconstrucción.”
Algo más nos cuenta Vallisoletvm , en el artículo de Luis Fernández Martín S.J., académico de la R. A. de la Historia, que publicara en Mayo del 2011 bajo el título “La antigua Casa de la Inquisición de Valladolid”, que reproducimos: “Es sabido que el Tribunal y las cárceles del Santo Oficio de la Inquisición recorrieron diversos lugares en esta población a lo largo de más de tres siglos.
( Palacio de los Zúñiga, sede de la Inquisición en 1488) (*)
En 1488 se estableció la Inquisición en el nº 22 de la calle de Francos (actual Juan Mambrilla), en la casa que fue en el siglo XV de los Zúñiga y que fue después posesión de la condesa de Osorno. De ella salió para el suplicio Don Alvaro de Luna en viernes 19 de Junio de 1489.
Mas tarde, no se sabe el año, se instaló la Inquisición en la calle de Pedro Barrueco según afirma Matías Sangrador, quien reconoció en sus sótanos diversas inscripciones hechas por los presos en latín y castellano en los años 1534 y 1551. De esta casa salieron los penitenciados en los autos de fe del año 1559. Sin embargo ni el arzobispo Carranza ni Fray Luis de León ocuparon celdas en esta casa sino en el lugar del tercer emplazamiento que tuvo la Inquisición en Valladolid, emplazamiento que sobrevivió desde 1559 hasta 1809 por espacio de dos siglos y medio.
A la casa de la calle de Pedro Barrueco se la llamó “la Inquisición Vieja” gracias al siguiente documento notarial del año 1580. “Luis de Carrión, escribano de Su Majestad, y público del Número de esta villa, en nombre del Licenciado Juan Francisco Geraldo, Oidor de la Real Audiencia de Galicia, arrienda a Alonso Enríquez, vecino de Valladolid, unas casas en la calle que va de la calle de Pedro Barrueco a la iglesia de San Salvador que ha por linderos las traseras de la Inquisición Vieja y la dicha callejuela de San Salvador por un año por veintiun ducados”. Como se ve, la Inquisición ocupaba una casa de la calle de Pedro Barrueco que salía por sus puertas accesorias a la hoy llamada “calle de la Galera”.
La tercera y más importante ubicación de la Inquisición en Valladolid tuvo lugar en las casas principales que fueron de Pedro González de León. Se sabe por Ambrosio de Morales que estas casas comenzaron a albergar al Tribunal del Santo Oficio y a las cárceles secretas de la Inquisición desde el año 1559.
Pero tratemos de precisar la situación exacta de estas casas de Pedro González de León. Los historiadores que han escrito sobre este asunto sitúan las mencionadas casas, unos “en la calle Real de Burgos”; otros, “en un palacio muy antiguo, próximo a la iglesia parroquial de San Pedro”, “en San Pedro”, cerca de la parroquia de San Pedro. Los autores citados se aproximan pero no aportan documentación contemporánea que fije de manera definitiva la ubicación de la casa de la Inquisición. Un documento notarial señala explícitamente la localización de la casa de la Inquisición: “Está en la calle de la Peña de Francia” que solía llamarse también “calle de los Moros”. En esta casa subsistió la Inquisición por espacio de 250 años.
Sabemos que desde Agosto de 1559 era utilizada la casa de Pedro González de León como lugar de reclusión de presos del Tribunal del Santo Oficio. Pero la propiedad del inmueble no pasó a manos de la Inquisición sino trece años más tarde, en 1572. Ese año el Santo Oficio se decidió a comprar esta casa para instalarse en ella definitivamente. Probablemente para ese año ya había fallecido su dueño Pedro González de León por cuanto la venta la realiza su hija y heredera Doña Mencía de León casada con Don Alvaro de Luna.
Tras dos siglos y medio de pervivencia, las casas de la Inquisición perecieron el año 1809 a causa de un incendio. “Durante tres días en la etapa francesa sin que se llegasen a descubrir los verdaderos responsables del incendio. Este incendio ocurrió al amanecer del 7 de diciembre de 1809 cuando servía de cuartel de soldados alemanes y franceses, y como estaba dada la orden de no tocar las campanas de noche se omitió tocar a fuego hasta el día siguiente a las nueve, tiempo en que ya estaba apoderado. Duró el fuego cuatro días y sólo la fachada y habitación de ésta se pudo conservar”. El Colegio Macías Picavea ocupa en la actualidad el solar en el que estuvo situada la antigua casa de la Inquisición
La última etapa de este Tribunal de la Inquisición discurrió por pocos años en la calle de Alonso Pesquera, nº 14, llamada entonces de Herradores, en la casa de la Marquesa del Arco. El solar a que quedó reducido el edificio de la Inquisición después del incendio fue sacado a subasta por la Administración de Bienes Nacionales en 1843 siendo adjudicado ese mismo año a Don Francisco de Paula Benito en la cantidad de 3155 reales.
En tiempos modernos sobre este solar se edificó un Grupo Escolar que un tiempo se denominó “Infante Don Jaime” y en la actualidad se llama “Macías Picavea”.
( Capilla de don Alonso de Castilla, en Santa Clara) (*)
Tras la referencia al edificio de la Inquisición, continúa Urueña con la iglesia y convento de santa Clara. “No muy lejos de san Pedro se encuentra el convento de santa Clara, de los más antiguos de la ciudad. En el coro de su iglesia mandó hacer don Alonso de Castilla una capilla para su enterramiento. Dentro se haya el sepulcro de este noble, aunque falta su busto funerario. Dado lo tétrico del asunto, si Tirso de Molina hubiera escrito sobre don Alonso, probablemente aseguraría que la estatua se había ido andando.
Este caballero, que al parecer era hijo bastardo de don Pedro de Castilla, falleció y pasó a ocupar su tumba. No tendría nada de especial esta historia si no fuera por los acontecimientos que más tarde sucedieron, dignos de una tétrica novela romántica, pues si alguna persona o familiar suyo que pasara cerca del sepulcro fuese a morir, don Alonso se revolvía en su ataúd y con horripilantes sonidos le avisaba de su inminente final”.
Nos quedamos intrigados con esta historia, y de nuevo buscamos en Vallisoletvm alguna noticia más, que encontramos en su edición anterior, de Abril de 2011, “Los sonidos de ultratumba del Convento de las Claras”, que nos dice: “En el Convento de Santa Clara está enterrado el legendario Alonso de Castilla, hijo natural de Pedro de Castilla y de una dama inglesa, obispo aquel de Osma y después de Palencia, el cual mantuvo esta relación “en su mocedad”. Fue legitimado don Alonso por el Papa y por el propio monarca castellano, Juan II, padre de Isabel la Católica.
El cronista franciscano Francisco Javier Calderón afirma en su crónica que este caballero –Don Alonso- “vivió muy virtuosamente” y que dispuso en esta capilla su enterramiento junto al coro de las monjas. Nunca consintió su voluntad, incluso después de muerto, que fuese enterrada otra persona de su linaje dentro de su misma tumba: “no hay que escrudiñar los ocultos juicios de Dios, y así no discurro en el punto”. Sin embargo, por lo que era más famosa su voluntad post-mortem dentro del convento era por los avisos que realizaba cuando alguien de su linaje se encontraba próximo a morir, oyéndose ruidos de su ataúd. Una tradición y leyenda de la que también se hacía eco el viajero Juan Álvarez de Colmenar –pseudónimo del editor y geógrafo holandés de los siglos XVII y XVIII Pieter van del Aa- en su obra de l’ Espagne et du Portugal” [Leiden, 1707].
El monasterio de religiosas de Santa Clara es importante por la singularidad de la tumba de un caballero castellano, enterrado en el coro de su iglesia. Se pretende que de tiempo en tiempo salen gritos llorosos, que son el presagio de la muerte de alguien de la familia [del linaje de los Castilla]. Se hacía eco de lo que cantaba el Romancero: “Non vos fagáis mortecina, / surgir vuesa faz serena, / non digan que en Santa Clara / dan golpes las tumbas vuesas, / que como Castilla sois, / no será mucho que sienta / en ver vuesa catadura / que cual finada estáis yerta”.
( Sepulcro de don Alonso de Castilla, Foto de Javier Baladrón Alonso en Vallisoletvm) (*)
El cronista franciscano, fray Francisco Calderón, relacionaba este fenómeno con la posibilidad que tenían las monjas de avisar a los miembros de este linaje para que se convirtiesen y preparasen adecuadamente ante su final: “oiéndose en su tumba un ruido de grandes golpes; con que luego las religiosas auisan a los deste linaje para su preparación, pues no saben al que a de tocar la suerte y la experiencia es tan común que le oien las religiosas sin susto, conociendo el fin en la experiencia de tantos años”. Un relato que las monjas Clarisas se lo han ido comunicando de unas a otras, de las más ancianas hasta las más jóvenes, según nos lo comunicó la actual abadesa del convento, que recuerda como las mayores de la comunidad se lo relataban con cierto misterio e inquietud”.
Pero vayamos ya a “La iglesia y convento de Santa Clara”, siguiendo un artículo de Vallisoletvm con este título, de Marzo de 2011. “Es uno de los más antiguos de Valladolid, localizado en zona de extramuros de la primitiva villa. Antolinez de Burgos, Canesi, Sangrador y González García-Valladolid trataron de los orígenes y patronos del convento; la etapa de su fundación ha sido especialmente estudiada por Fray Modesto Sarasola.
Primeramente se instalaron los frailes de San Francisco, pero sin tardar las Clarisas lo hacen asimismo en la ciudad. El Papa Inocencio IV otorga bula, en 1246, permitiendo a la comunidad femenina de Valladolid que construyesen iglesia y monasterio. Siguieron diversas bulas dirigidas al obispo de Palencia y Abad de Valladolid rogando dieran todo género de facilidades a las madres para instalarse definitivamente. El pueblo de Valladolid las acogió con benevolencia. Igual recomendación hizo el Papa al Príncipe don Alfonso, primogénito del Rey de Castilla y que luego reinaría como Alfonso X el Savio. Alejandro IV, que sucedió al Papa anterior, prosiguió su tarea a favor de las monjas, que primeramente se llamaron de San Francisco. Se establecieron en casa de una ilustre dama vallisoletana, llamada doña Sol. En esta morada nació pues, el primitivo monasterio. Al fallecer el hijo de ésta, Martín Fernández, recibió sepultura en el convento, hecho que motivó la excomunión por el abad de la colegiata de Valladolid. Acudieron las madres al Pontífice Alejandro IV, quien autorizó el obispo de Zamora para que levantara la pena. Los Papas concedieron a la familia de doña Sol diversas mercedes, para corresponder a la generosidad que éstos mostraban con la comunidad franciscana.
( Interior de la Iglesia de Santa Clara. Foto antigua publicada en Vallisoletvm ) (*)
Gracias a la documentación del convento, leída por el Padre Sarasola, conocemos los beneficios, exenciones y mercedes que otorgan los reyes Alfonso X, Sancho IV, Fernando IV y otros monarcas”.
En relación con el convento, circula la tradición de la protección que dispensara al convento don Alonso de Castilla. Se decía que este caballero era hijo natural de don Pedro de Castilla y de una dama inglesa. Ordenó ser enterrado en el monasterio, en la capilla que había fundado en el coro. Cuando alguna persona estaba próxima a morir, dentro del ataud se oían ruidos que anunciaban el acontecimiento (tema que trataremos en un artículo aparte del blog –que hemos recogido por nuestra parte-). Aunque nebulosa la historia, parece cierta su relación con el convento.
Diversas personas han sido protectoras del convento. Así don Juan Arias del Villar, obispo de Sigüenza y Presidente de la Chancillería de Valladolid, quien edifica hacia 1485 la iglesia gótica. Sus armas consistían en cuatro veneras, flor de lis y orla con cinco estrellas, según Canesi. El cuerpo de la iglesia se conserva, aunque fuera reformado como se dirá en el siglo XVIII, se debe a su protección. También otorgó su ayuda doña Inés de Guzmán, Condesa de Trastámara. En primeras nupcias estuvo casada con don Pedro Álvarez Osorio. Casó después del fallecimiento de éste con don Alonso Pérez de Vivero. Después de enviudar, ingresó en el convento de Santa Clara, construyó una capilla, donde fue sepultada, conservándose la lápida en el coro.
También considera Canesi gran bienhechor al licenciado Rodrigo Juárez, abogado de la Real Chancillería, quien donó un retablo que estaba en el lado del Evangelio de la iglesia. Hecho decisivo fue la adquisición del patronato de la capilla mayor por don Galván de Boninseni. La escritura de compra se firmó el 19 de septiembre de 1525. En virtud de ella, él y su mujer (Catalina Perrota) adquieren dicha capilla para establecer el enterramiento familiar. Se le permitía poner sus armas y modificar lo que quisiere, lo que le sirvió para retirar los escudos de su antecesor en el patronato, el obispo Juan Arias de Villar. Asimismo, se pondría una reja para separar la Capilla del ámbito del templo. Dejaba para el culto una dotación de casullas, dalmáticas y frontales. Don Galván era señor de Villarmentero y llegó a ser regidor de Valladolid, cargo que ostentaron sus herederos. Poseía un magnífico palacio en la Plaza de la Trinidad (hoy de Santa Ana), que ensalza Pinheiro de Veiga, diciendo que poseía 390 aposentos.
Estas casas principales sufrieron un grave incendio en 1736, descrito por Canesi, quedando muy malparadas. Tuvieron un hijo, Antonio de Boninseni, quien casó con María de Nava. Era hija ésta de don Pedro de Nava y doña Juana de Ondegardo y hermana de don Juan de Nava. En la iglesia se hallan los sepulcros de doña Isabel de Nava y Boninseni y de su tío Pedro de Boninseni, y el de don Juan de Nava, pero don Galván, poseedor del patronato, no llegó a recibir sepultura en esta capilla.
En el siglo XVIII la iglesia experimentó una notable mejora. En 1730 se concertaba el retablo mayor, con el ensamblador y escultor de Valladolid Pedro de Correas. Tan grandiosa obra hizo necesaria una transformación del templo, que recibió sobre todo un espléndido abovedamiento. En rigor se hizo una reedificación, pues el edificio amenazaba ruina. Según Canesi, la iglesia fue demolida “desde los cimientos, y dando principio a su reedificación, toda la piedra conforme antes estaba, la concluyeron en el cuarenta y dos”. Quiere decir que se respetó la estructura del templo e incluso una gran parte de sus materiales. El retablo, que acababa de ser inaugurado, tuvo que ser desmontado mientras se hacían las obras. De éstas hay información en el libro de cuentas del convento. En 1740 comenzaron los trabajos. El importe de la obra ascendió a 60.000 reales, pero se hicieron mejoras. No sabemos quien dio la traza, pero el ejecutor fue el maestro de obras de Valladolid José Morante. Para reconocer el trabajo y tasar, intervino el arquitecto Manuel Serrano, que era vecino de Madrid pero residía en Valladolid, empeñado en realizar las iglesias de Rueda y Renedo. La obra concluyó en 1742. Ventura Pérez recoge el hecho y aclara su alcance: ”deshicieron el lienzo de pared que mira a la calle y las bóvedas”. Y en efecto, el examen del edificio acredita que se conserva en lo substancial el edificio del siglo XV.”
La semana próxima seguiremos a Urueña – completando con la magnífica información de Vallisoletvm- en el capítulo que titula “Zona de la Catedral”, interesantísimo también.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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