Por Javier Pardo de Santayana

( Viejo. Acuarela de Jose Grimalt en Amigos Acuarelistas, de Facebook) (*)
¡Como gusta a los artistas escribir sobre la soledad, la tristeza, la duda, el desconcierto, el dolor e incluso el terror! En fin, sobre todo aquello que nos amenaza, nos descoloca, nos entristece o nos hace infelices.
Naturalmente, esta tendencia mueve a la reflexión. De entrada uno se pregunta si no es que la imperfección nos resulta más «fotogénica» que la perfección, es decir, más bella y agradable que aquello a lo que parecería lógico aspirar.
Como ya he escrito en alguna otra ocasión, lo de «la arruga es bella» no es una consideración banal, aunque en este caso no responda a un pensamiento moral sino simplemente estético. Pero vaya usted a saber por qué, el rostro apergaminado de un anciano menesteroso tiene mejor fotografía que la de un hombre joven y bien trajeado, quizá porque tras él puede haber algo más que una fachada: quizá una historia interesante. Y la desgracia parece suscitar más interés que la felicidad. De ahí la complacencia en ciertas sensaciones que sin embargo intentamos evitar para nosotros mismos.
¿Que a qué tanta insistencia en regodearnos con lo malo cuando podemos eligir lo bueno? Pues no sé… Pero a veces imagino lo que de nosotros pensaría un alienígena que un buen día aterrizara en el planeta y tuviera la ocasión de ver un programa de televisión o una película cualquiera. Lo más probable sería que, aterrorizado, regresara a su vehículo espacial para salir pitando. «¡Menuda tropa!» diría seguramente, «estos tíos no hacen más que insultarse, pelearse y matarse los unos a los otros». Como mínimo, se asombraría al ver que las maldades vistas, y el dolor y la infelicidad que éstas causan a los hombres, llegan a concitar el interés de éstos hasta tal punto que les incita a gastar lo que no tienen por – supuestamente – disfrutar con su contemplación. Si esto no es puro sadomasoquismo – algo difícil de admitir sin aplicar un severo juicio a quienes de él disfrutan – que venga Dios y lo vea.
Supongo que ustedes ya han pensado algo parecido en algún momento de su vida. Dirán seguramente que si llegamos a disfrutar viviendo situaciones tan desagradables como aquellas con que nos complacen o entretienen aunque sea de forma más o menos virtual, será porque nunca nos sucedió lo mismo a quienes vemos, leemos u oímos estas historias de infelicidad y desarreglo tan atractivas para los mortales. Y, naturalmente, el contraste provoca en nosotros una alegría como de sentirnos liberados. Pero, claro, que un alienígena llegara a comprender los intrincados recovecos y circuitos mentales del ser humano parece algo difícil.
Me he referido al gusto por contemplar lo malo de la vida como espectáculo generador de placer; como alimento del espíritu o como recurso para sentir la propia sensibilidad. Tema repetitivo en el cine, el teatro, la literatura y hasta la prensa diaria. Por cierto, ¿qué me dicen ustedes de los juegos de ordenador con los que nuestro supuesto visitante toparía más pronto o más tarde? Porque todos consisten en ir cargándose a la gente según se le pone a uno por delante… Y los ambientes en los que se desarrollan estos juegos – lugares inhóspitos por los que seres despiadados e incapaces de sonreír deberán moverse eliminando una legión de peligrosos adversarios – ¿no les parecen a ustedes sencillamente terroríficos?
Mas por si a estas alturas nuestro alienígena no hubiera visto suficientes desgracias y maldades humanas en la literatura y en los espectáculos, ahí tendría esos coches reventando o dando espantosas vueltas de campana, esas explosiones horrísonas, esos edificios derrumbándose, esos rascacielos en llamas y esa gente colgada de cornisas imposibles de los efectos especiales. Y si se sumergiera en la lectura, se pondría en la piel de gente realmente infeliz, engañada y sufriente, y se conmovería con las descripciones morbosas de desgracias personales con que los terrícolas disfrutan del pensamiento melancólico.
¿Pura imaginación calenturienta de seres acostumbrados a la tranquilidad y los buenos alimentos? pensaría nuestro visitante. Pero, ya puestos, supongamos también que entonces, por casualidad o sin ella, nuestro amigo fuera a dar con alguno de los lugares más conflictivos del planeta, llamárase éste Somalia, Siria o los suburbios de Caracas, por poner tres ejemplos significativos; que hay, no muchos, sino muchísimos otros disponibles. Porque algo terrible descubriría entonces: que mucho de lo triste, lamentable y hasta repelente de lo visto, oído o leído en este planeta, era algo vigente y repetido; algo realmente sufrido por los terrícolas en su insufrible día a día. Que las desgracias aireadas, desde las más sutiles a las más brutales, y las desapariciones, y los asesinatos, y las envidias y los odios y todo lo demás, lejos de ser un cuento chino, son noticia diaria cuando no omitida por rutinaria y consabida.
¿Que qué pensaría entonces de nosotros este observador externo? Pues nos tomaría, esto es seguro, por gente cruel y retorcida, habitantes de un planeta endemoniado. Y se preguntarían: ¿no creían éstos estar civilizados?
Alguien dirá que si hemos soportado tantas sensaciones negativas será porque en el fondo esperábamos aquel final feliz, pero recuerden que éste pasó de moda ya hace tiempo por resultar demasiado almibarado – ya saben, lo del antihéroe – y que ahora nos obsequian con lo de «basado en hechos reales». Y esto no disminuye el entusiasmo por ver como la gente sufre las mil versiones de la desgracia humana.
Yo tengo la impresión de que, por mucho que nos extrañe el hecho de que el hombre – y la mujer, perdón – disfrute con la desgracia ajena e incluso pague por vivir su sufrimiento, lo único que le hará cambiar su interés morboso por experimentar siquiera virtualmente el mal, será el haberlo sufrido ya en sus propias carnes. Así, por ejemplo, nadie que haya experimentado la extraña desaparición de un ser querido podrá disfrutar jamás con una historia parecida por muy bella que sea la protagonista, muy hábil que sea el director del filme y muy intrigante que resulte el argumento. Y donde pongo este ejemplo podría poner otros muchos de diversa índole. Estoy seguro de que si usted duda de la continuidad de su matrimonio o anda preocupado por un dolor en el riñón, evitará que alguien o algo se lo recuerde aunque sea revistiéndolo de literatura o de espectaculares imágenes de alta definición.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.staticflickr.com/2856/10007564966_cd7d7ab996_o.jpg
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