“La Iglesia acogedora del Papa Francisco”, de Ignacio Aréchaga, y “Como quien espera el alba”, de Fernando García de Cortázar

( Viñeta de Montoro en La Razón el pasado 28 de Septiembre) (*)
LA IGLESIA ACOGEDORA DEL PAPA FRANCISCO
Artículo de Ignacio Aréchaga publicado en Aceprensa el pasado día 24 de Septiembre
La larga entrevista con el Papa publicada por La Civiltà Cattolica es muy significativa, pues permite conocer mejor cómo concibe la acción de la Iglesia en este momento histórico y cómo quiere gobernarla. Algunos están intentando presentarla como si marcara un cambio de rumbo en la Iglesia, que implicaría una ruptura con los pontificados de Benedicto XVI y Juan Pablo II. Pero cuando se desciende a los contenidos, no se advierte un cambio doctrinal sino más bien un cambio de énfasis.
Desde el primer momento se ha visto que el Papa Francisco subraya la necesidad de que la Iglesia muestre una actitud acogedora, que refleje la misericordia de Dios, para buscar y atraer a los que se han alejado de ella. Y a partir de ahí, tratar de reconstruir su vida cristiana.
Así se aprecia cuando el Papa dice: “Veo con claridad que lo que hoy la Iglesia necesita más es la capacidad de curar heridas y dar calor al corazón de los fieles, cercanía, proximidad. Veo la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla”.
Y para realizar esta curación hay que ir a lo más esencial, que está en el núcleo del mensaje cristiano: “La Iglesia se ha dejado envolver a veces en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más importante es el anuncio primero: ¡Jesucristo te ha salvado!”. “El anuncio misionero se concentra en lo esencial, en lo necesario, que, por otra parte, es lo que más apasiona y atrae, es lo que hace arder el corazón, como a los discípulos de Emaús”.
El anuncio primero
El Papa recuerda así que el cristianismo siempre ha sido el seguimiento y la relación con una persona, Jesucristo, que ofrece la salvación. No es solo una doctrina más que entra en competencia con otras en el supermercado religioso, ni tampoco se reduce a unas reglas morales. Por eso, dice, una buena homilía debe comenzar por el anuncio de la salvación. Después se podrá extraer alguna consecuencia moral. Pero “el anuncio del amor salvífico de Dios es anterior a las obligaciones morales y religiosas. Hoy a veces parece que prevalece el orden inverso”.
En este contexto se entienden las palabras en las que muchos titulares periodísticos han resumido la entrevista: “No podemos insistir solo en las cuestiones ligadas al aborto, al matrimonio homosexual y al uso de métodos anticonceptivos. (…) Pero cuando se habla de ellas hay que hacerlo en un contexto”. No está diciendo que hay que aceptar tales prácticas para ganarse a la opinión ni que hay que rendirse ante lo inevitable. Lo que afirma es que la moral es consecuencia del encuentro con Cristo, y que solo cuando se ha experimentado la misericordia de Dios, se entiende la necesidad de cambiar de vida.
Por eso advierte a los pastores que no pueden limitarse a dar la doctrina o, por el contrario, a mostrarse laxos, sino que han de acompañar con misericordia al que necesita curación. “Los ministros del Evangelio deben ser personas capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche sin perderse”.
Curar heridas
Entre los que necesitan curación y acompañamiento están las personas homosexuales, que también son queridas por Dios y a las que “hay que acompañar con misericordia”. Al hablar de ellas, el Papa Francisco se sitúa también en el contexto de la curación espiritual: “Debemos anunciar el Evangelio por todos los caminos, predicando la buena noticia del reino y curando, también con nuestra predicación, todo tipo de enfermedad y de herida”. En este contexto dice que “en Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales, que son ‘heridos sociales’ porque me dicen que sienten como si la Iglesia les ha condenado siempre. Pero la Iglesia no quiere hacer esto”.
El Papa afirma que suscribe lo que dice el Catecismo de la Iglesia. Allí se lee –recordemos– que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”, pero también que las personas homosexuales “deben ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza” y que “están llamadas a la castidad”, “mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior”. Ciertamente, un homosexual que haga suyo este planteamiento es una persona de “buena voluntad y que busca a Dios”, a los que se refiere el Papa.
Pero me parece que hay un malentendido en el modo de presentar las palabras del Papa por parte de quienes esperan un cambio en la doctrina de la Iglesia. Donde el Papa habla de acompañar con misericordia, se lee aceptación. Donde él habla de curar toda enfermedad y herida, se entiende aprobar como algo normal. Y donde habla de “heridos sociales” se atribuye el daño solo al rechazo de otros, como si la propia conducta homosexual no lesionara a la persona. En suma, parece que el homosexual no necesitaría esa conversión que la Iglesia pide a todos los demás. Lo cual no deja de ser una curiosa discriminación.
Dios en la vida de cada persona
En la apertura del Papa Francisco a todo tipo de personas alejadas, en su estímulo para que la Iglesia encuentre nuevos caminos, subyace lo que califica de “certeza dogmática”: “Dios está en la vida de cada persona. (…) Aunque la vida de una persona sea un terreno lleno de espinas y hierbajos, alberga siempre un espacio en que puede crecer la buena semilla. Hay que fiarse de Dios”.
Como ha comentado Riccardo Cascioli, “esta ansia de llevar a Dios a cada hombre, de acompañar a cada hombre en su camino para llevarlo a Cristo, es lo que mejor define a este Papa, es la clave de lectura de todos los temas que aborda”.
Por eso me parece que acabarán decepcionados los que como clave de lectura presentan la ruptura con la doctrina anterior. Entonces dirán que la Curia ha frenado las intenciones del Papa o que Francisco no se ha atrevido a llevar a término el cambio que ellos imaginaban.
Pero si uno escucha las palabras de Francisco sin fijaciones previas –y para esto conviene leer completa la entrevista–, puede encontrar pistas muy útiles para esos nuevos caminos por los que el Papa quiere llevar hoy a la Iglesia.
COMO QUIEN ESPERA EL ALBA
Artículo de Fernando García de Cortázar, Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad, publicado en ABC el pasado día 3
El exilio puede deformar la imagen de una patria. El depósito de los recuerdos, el cementerio de los proyectos cancelados asombran la mirada de quienes demasiadas veces tuvieron que contemplar España desde lejos. Al otro lado de la frontera, aprendieron que el exilio no es un lugar, sino una inmensa sensación de pérdida. Vencido en una guerra entre españoles, derrotado en una lucha funesta en la que nadie combatió contra España, Luis Cernuda tituló un puñado de poemas amargos con una conmovedora alusión a un mañana posible: Como quien espera el alba. Adversario de quienes propiciaron la tragedia, el resentimiento habría de acompañarle hasta su muerte. Y hasta ella llegó también la nostalgia viva, el amor implacable por un a España que nada, ni la catástrofe de aquel enfrentamiento, podía poner en duda. Para este hombre a solas, España continuaba ahí, como referencia emotiva: “Tierra nativa, más mía cuanto más lejana”. Para este hombre despojado de todo, menos del idioma, de la tradición cultural que nadie podía arrebatarle, España adquiría su tensión más honda, su veracidad sin fisuras, al reconocerla en esa perspectiva dolorosa, en pie sobre la historia.
Un país evocado de este modo no puede ser una mentira. Una nación que se sueña con tal intensidad no puede ser un error. Una patria escrita así no puede ser una concesión a la oportunidad política, ni un acomodo de coyuntura, ni el producto bastardo de una negociación. En los vanos esfuerzos por atender los requerimientos de quienes nunca han creído en España, hemos llegado a deponer nuestras emociones y a pensar que al nacionalismo separatista se le podía regalar el monopolio de la pasión por vivir en comunidad, el sentimiento de pertenencia, la fe en un destino colectivo, la confianza en una tradición de siglos. Asustados por los fantasmas retóricos de nuestro pasado, hemos creído que a los españoles debía bastarnos con levantar un muro de argumentos constitucionales, una masa de preceptos, un túmulo de normativas. Ahí están, desde luego. Ahí se encuentran las razones que certifican la existencia de una nación constituida en Estado, garantizando a todos sus habitantes los derechos inalienables de la ciudadanía moderna. Ahí está el compromiso intransigente para preservarlos.
Pero, junto a las razones de legalidad y legitimidad que tantas veces han sido expuestas en esta misma página, no permitamos que pueda extenderse una imagen que ya ha llegado a dañar la causa que defendemos. No toleremos que el nacionalismo pueda oponer la emoción de una patria histórica a la frialdad de un Estado de diseño. No permitamos que el nacionalismo siga presentándose como la voz del corazón, la expresión de la cultura, mientras España pasa a ser envoltorio jurídico, capa superficial de un malentendido revocable. El nacionalismo pretende siempre tomar esa ventaja, moral y estética al tiempo: pregonar su humillada autenticidad social frente al oprobio de un poder artificioso. ¿Vamos a permitir que el secesionismo siga propagando la imagen de una Estado español que no es nación y de una nación catalana sin Estado?.
No concedamos a tales farsantes el beneficio de nuestras propias dudas, ni dejemos traslucir la falta de confianza en nosotros mismos. Repitámoslo una vez más, para que quienes exigen moderación y diálogo acaben por entenderlo. Lo que está en juego no es una reforma institucional, sino la quiebra de un sistema político, cuya destrucción debe empezarse por lo más elemental, por sus propios fundamentos: la idea misma de una nación española soberana. El objetivo del nacionalismo catalán es la disolución de España que implica la demolición de la pluralidad sobre la que se ha constituido nuestra democracia. Implica romper un acuerdo estable sobre valores esenciales, reglas de juego y mecanismos de gobierno, pero también sobre una idea de España. Implica la radical infidelidad a lo pactado, pero también la temeraria renuncia a un espacio sin alternativas realistas. Implica, desde luego, romper con un sueño compartido antes por una mayoría social y sólo puesto en duda en este invierno de crisis, en lo más hondo de esta quiebra moral, en lo más doloroso de la pérdida de bienestar y esperanza. Sólo en estos escenarios de desdicha ha podido alcanzar resonancia una propuesta que siempre había sido marginal, folclórica y reaccionaria en la opinión que los catalanes depositaron en las urnas durante treinta años.
No estamos ante un pueblo catalán que ha tomado conciencia de sí mismo ni, mucho menos, ante unos ciudadanos que han adquirido la madurez suficiente para advertir que durante siglos Cataluña ha sido un país en cautiverio. A lo que hemos asistido es al abandono de esa construcción de una conciencia nacional española; a lo que hemos asistido es a la insensatez de nuestra clase dirigente, obstinada en descuidar la realidad de nuestra historia común, la autenticidad de nuestra cultura y la solvencia de una integridad colectiva que, a diferencia de los nacionalistas, nunca hemos confundido con el integrismo.
No ha sido la sociedad civil catalana la que se ha puesto en pie frente a un Estado artificial, sino los sectores que han sido adoctrinados, sobornados y exaltados con los recursos clientelares que proporciona la posesión de un poder político decidido a construir una nacionalización alternativa. La tramposa escenificación de una sociedad viva que lucha contra un Estado desalmado es la más grosera manipulación de las muchas que enarbola el nacionalismo catalán en estos días de su incierta gloria. No estamos ante un pueblo que manifiesta su voluntad de ser a expensas de la unidad de España, sino ante un proyecto secesionista que ha utilizado sin escrúpulos su inmensa capacidad de premiar y amedrentar, de promocionar y de marginar, de atraer y de excluir. Nada ha ocurrido como resultado de la evolución natural de los acontecimientos, como esa insultante “mayoría de edad” con que algunos desaprensivos quieren calificar el actual momento que sufre la política catalana.
Cuando salíamos de una dictadura, los catalanes comprendieron que sus derechos ciudadanos solamente les serían reconocidos en el marco de una España en la que Cataluña siempre había encontrado el espacio idóneo de su propia realización. Tras haber disfrutado de gobierno y parlamento propios, tras haber participado de la construcción de la historia en libertad de todos los españoles, el nacionalismo proclama ahora la necesidad de abandonar una esclavitud que él mismo ha administrado. Tamaña paradoja, semejante absurdo, nunca se dio en la historia de España.
Un concepto de España parece dirigirse hacia el vacío. Una idea de España parece avanzar hacia el exilio. En la sobria y clara perspectiva de quienes, a lo largo de estos últimos doscientos años, proclamaron desde la intemperie y la expropiación su lealtad a una cultura que nos proporciona significado, señalemos aquí nuestro deseo de restauración de una patria libre, plural, integradora y consciente. Como quien medita en el rincón más triste de la historia. Como quien aguarda en el lugar más despiadado de la noche. Como quien espera el alba.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm4.staticflickr.com/3694/10083867045_f3b2a1efcc_o.jpg
Home