Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Nieto en La Razón el pasado día 7) (*)
Ha poco presenté aquí mismo tres ejemplos vivos de la instalación de nuestra sociedad en la mentira; situación realmente lamentable a la que nos acomodamos con demasiada facilidad. Se diría que no sólo nos acomodamos sino que la asumimos en nuestras propias mentes y acabamos por incorporar sus equívocos argumentos y principios a nuestra propia lógica, a la manera de lo que ocurrió con los términos arteramente usados por los terroristas, que consiguieron pasar a nuestro lenguaje cotidiano.
Así tenemos ahora frente a nosotros un panorama de mentiras convertidas en falsas verdades de uso corriente que todo lo desorientan: desde los argumentos de debate, hasta la idea que nos hacemos sobre lo que nos pasa cotidianamente. Y personajes merecedores de estar a la sombra el resto de sus vidas andan pisando moqueta y orientándonos hacia un futuro que mejor será no imaginar siquiera, mientras asistimos impávidos a una permanente exhibición de hipocresía. En términos de bien y mal, éste va ganando terreno rápidamente a aquél hasta configurar un ambiente de irrespirable confusión.
A veces tan deleznable panorama roza lo grotesco. Esto ocurre con una facción de la Cofradía de la Mala Baba que se identifica por sus camisetas. Les ha dado por ahí, y ya no pueden vivir sin ellas. Ya escribí en estas páginas un artículo sobre el actual auge de esta prenda de la que todo el mundo abusa, o sea que en tal sentido el tema no es nuevo para ustedes. Pero entonces yo me refería al agotamiento de esta expresión cromática por pura imposibilidad de añadir aún más variantes. También me referí a la manía de escribir sobre la tela mensajes que van desde lo filosófico hasta lo procaz pasando por las declaraciones de principios.
Ahora me refiero a la pesadez de esas «olas» – que llaman los periodistas – de protestantes de cuota o de costumbre, que ora se visten de blanco para tumbar una iniciativa que contribuiría a la supervivencia de nuestro carísimo sistema sanitario, ora multiplican sus camisetas verdes para exigir una ley de educación que respete la enseñanza pública, ora salen de rojo pasión o de cualquier otra tonalidad para reclamar que no se cambie alguna otra cosa parecida. Yo me pregunto: ¿De dónde sacan para tanto como destacan con sus llamativos coloridos? Porque alguien las pagará, es de suponer. ¡Pues no es negocio ni nada éste de las camisetas reivindicativas!
Lo peor de ellas es que llevan serigrafiados unos letreros casi siempre peleones cuando no insultantes; una especie de «¡aquí estoy yo!» que quieren compartir con el resto de sus conciudadanos. Yo, que las leo y digo «¡pues qué bien!», he llegado a la conclusión de que lo que les pasa es que quieren que nada cambie. Sí, en efecto: la consecuencia resultante de la permanente murga de las camisetas es que lo que pretenden quienes otrora se embelesaban con la sola mención del «cambio», es… ¡que todo siga igual! Lo cual tiene puñetera gracia – perdón por la expresión, oportuna sin embargo – si tenemos en cuenta que fueron ellos y sus socios ideológicos los que dejaron a España hecha un trapo por no decir algo peor.
Imagino que los que van de blanco saben que el sistema no se sostiene sin – como dicen los políticos – algunas «ideas imaginativas»; saben también que la sanidad pública no corre peligro de desintegración salvo si no se hace nada, y que lo mismo va a ocurrir con sus pensiones y la mía cualquiera que sea el color de nuestras camisetas. Y naturalmente, los de la verde están al tanto de que su sistema educativo nos ha llevado a la vergüenza de ver a España en el pelotón de los más torpes de Europa. Yo creo que, en el fondo, y aunque no digan eso sino todo lo contrario, son conscientes de que la educación pública seguirá vivita y coleando; eso sí, con algunas mejoras que reduzcan el número de borricos en las aulas; pero eso no les importa en absoluto a quienes se manejan mejor en la mentira que en el reconocimiento de la verdad.
Pertenecen a la misma Cofradía de quienes ven con ojos benevolentes el expolio de los fondos públicos destinados a los parados, cuestión que no parece merecer camiseta alguna reivindicativa ni – Dios nos valga – redactar pareado alguno que haga referencia a ello. A veces uno se pregunta si, para algunos, el grado de repulsa a la corrupción, tan matizada por razones ideológicas, no dependerá de si les beneficia o no a ellos mismos.
Una variante de las camisetas es la que se exhibe de forma solitaria o compartida en el Congreso de los Diputados – caramba con el nombre – que por cierto no sé como no les da vergüenza hacerlo. La imagen de un señor de aspecto bastante impresentable mostrando su cabreo y sacudiendo su camiseta con un entusiasmo digno de mejor causa, resulta tan patético como grotesco. Tanto como para que le saquen a gorrazos de un hemiciclo merecedor de respeto y que él ha convertido en circo.
A veces el de la camiseta cambia ésta por la pancartilla de rigor, como aquel socio de los terroristas de eta que ustedes recordarán todo exaltado y con la espantosa pancarta del borrón…puesta al revés. Esto fue tan sólo hace unos días. O se manifiesta despojándose precisamente de la camiseta, como esas jóvenes que se mostraron de cintura para arriba tal como sus madres las parieron, gritando como zorras acosadas en favor de cargarse a los hijos para quitárselos de encima, o sea, del aborto.
Como dicen que dijo el tan citado Romanones… ¡jo…. que tropa!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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