Por José María Arévalo

(La Anunciación. Fra Angélico) (*)
Mañana concluye una de las exposiciones más exquisitas que hemos disfrutado este año, “La belleza encerrada. De Fra Angelico a Fortuny”, en el Edificio Jerónimos del Museo del Prado, que si no han podido visitar –aunque mucho tiempo han tenido, desde el 21 de Mayo- les recomiendo no se la pierdan. Este verano, cuando tuve la oportunidad de acercarme a Madrid, era la única sobresaliente que se ofrecía, como les comenté en artículo anterior sobre la de Caixa Forum, un complemento menor. La del Prado incluye 281 obras de su propiedad que tienen como denominador común – dice con toda la razón Hoyesarte- su pequeña dimensión y unas características especiales de riqueza técnica, preciosismo, refinamiento del color y detalles escondidos que invitan a la observación cercana de estos cuadros de gabinete, bocetos preparatorios, pequeños retratos, esculturas y relieves. La mitad de las obras expuestas no se han visto con regularidad en el Prado en los últimos años. Conservadas en los almacenes o depositadas en otras instituciones, han cedido el paso con humildad a otras más famosas y populares, aunque no por ello son menos interesantes ni menos bellas.
En algunas de ellas se han aplicado montajes que dicen facilita su contemplación más íntima e invita al espectador a adentrarse en la belleza que encierran, su originalidad y su rareza. El más llamativo de ellos es el que esconde el cuadro tras un murete de madera con ventanuco, que obliga a concentrar la mirada en una parte del cuadro. Será sin duda muy original, pero a mí me pareció bastante molesto. Impide contemplar el conjunto del cuadro desde atrás, como habitualmente es preceptivo antes o después de ver los detalles de una obra. Así hay que ver encerrados en una como gran caja de madera “El rapto de las Sabinas” y “La continencia de Escisión” de Américo y Guido Aspertini, de 1496, que aunque no llegan a la calidad del algo posterior Boticelli, participan del neoplatonismo de la época, con la típica fusión de temas cristianos y paganos, en aquel primer Renacimiento italiano. Aunque ciertamente, si no hubiera sido por este montaje, quizá hubieran pasado desapercibidos.
La muestra se abre con “La Anunciación” de Fra Angélico, que aunque de formato considerablemente mayor que todas las demás expuestas, no deja de ser un anticipo, ejemplo de la delicadeza e intimidad que vamos a ver después. Para que se hagan una idea, resumo el recorrido que hace la citada web por la muestra. “Del siglo XIV incluye ejemplos centrados en los oratorios portátiles y las predelas de los cuadros de altar, que también serán las obras representativas del siglo XV, junto a los cuadros de devoción, intensos y cercanos de los maestros flamencos, italianos y españoles, o los de asunto mitológico de los frontales de arcas de matrimonio de Italia”. Además del Fra Angélico y de los dos “encerrados” comentados, llama la atención el famoso retrato de Isabel la Católica que pintara Antonio Inglés hacia 1489.

( El Greco. Caballero anciano, 1587 – 1600) (*)
“Del siglo XVI se incluyen las obras que son testigo de la aparición del paisaje, de la utilización de materiales nuevos, como los soportes de pizarra o de cobre, y de las copias preciosistas de grandes cuadros importantes destinados a una clientela exquisita”. Aunque conocido, me impresionó “La Virgen con el Niño”, de Luis de Morales, clásico de la escuela española de ese siglo, pero sobre todo el “Caballero anciano”, uno de esos maravillosos retratos de El Greco que recuerdo haber visto en una sala –creo que ya no existese- dedicada solo a ellos, todos en pequeño formato, la mayoría, como éste, con unos ojos acuosos muy típicos de la mano del gran manierista.
Al pasar al siglo XVII, la exposición incorpora además del retrato –con el extraordinario en el que pintara Velazquez a Pacheco en 1622-, la naturaleza muerta, o las obras seriadas, con ejemplos de Teniers o de Murillo, junto a los bocetos preparatorios, que tienen su estallido genial en Rubens. De éste me maravilló en “Los siete sabios de Grecia”, cómo sintetiza la pincelada y desdibuja ya, en lo que nuestro Velázquez preanunciara el impresionismo precisamente en las dos vistas del Jardín de la Villa Médici que también se incluyen en la sala siguiente. Y, cómo no, el extraordinario “Agnus Dei” de Zurbarán, que vimos hace un año en el vallisoletano monasterio de Prado.

( Óleo de Francisco de Goya y Lucientes. La pradera de San Isidro,178841,9 cm x 90,8) (*)
Finalmente, el siglo XVIII muestra la importancia del cuadro de gabinete con ejemplos de Goya – sin duda el mejor representado, con “El albañil borracho”, “El prendimiento de Cristo”, una “Sagrada Familia”, “Tobías y el angel”, “La gallina ciega”, “La pradera de San Isidro” y “La ermita de San Isidro el día de la fiesta”; Watteau, y Paret.
Cierran la muestra los artistas españoles del siglo XIX, sobre todo Mariano Fortuny, con el genial “Marroquíes”, de 1874 , “Desnudo en la playa de Portici” del mismo año, y una obra de gran fuertza expresiva, “El jardín de la casa de Fortuny”. Además, obras de -entre otros- Vicente López, los Madrazo, Rosales, Pradilla, Carlos de Haes y también Martín Rico, del que nos ofrecieron una específica también en el Edificio Jerónimos hace poco, a la que dedicamos uno de estos artículos.

(Desnudo en la playa de Portici. 1874. Óleo de Mariano Fortuny. 13 x 19) (*)
Las obras se ordenan a lo largo de 17 salas en las que se da prioridad a la cronología –para mi gusto bastante relativa, al incluir por ejemplo en la misma sala, que recoge el paisaje como motivo autónomo, a Velázquez y a Brueghel el Joven -, a través de un intenso recorrido que – dice Hoyesarte- aviva en el espectador la conciencia del paso del tiempo, une el pasado con el presente y descubre, además, la singularidad y riqueza del Prado actual. Por otra parte, las relaciones entre las expresiones artísticas de unos y otros países revelan similitudes y divergencias técnicas y estilísticas de la mano de artistas del máximo relieve; los diálogos entre las obras hablan de las influencias ajenas o de la reafirmación del sentimiento de lo propio.
En determinados casos, los temas toman la iniciativa y se enfoca con mayor intensidad lo representado que a los artistas y sus estilos particulares, invitando al espectador a reflexionar sobre el modo en que los pintores del norte y los del sur entienden una misma iconografía, en una visión totalizadora del arte europeo y de su significado desde la Edad Media y el Renacimiento, a través del Barroco y del Rococó, hasta el naturalismo que dará paso al siglo XX.
Además de proporcionarnos a la entrada un magnífico folleto con todas las obras y su cronología, es de resaltar más aún que El Prado ha hecho un especial esfuerzo en limpiar y restaurar lo expuesto para presentar las obras en unas condiciones idóneas, que permitan al espectador apreciar la belleza específica que encierra la pintura y la escultura de este formato. “Sólo las perfectas relaciones tonales de la superficie pictórica, gracias a la transparencia de los barnices, dejan ver la precisión de las pinceladas y, con ello, el sentido y el significado de las figuras y de sus acciones o la poesía de los paisajes y la punzante llamada de atención de la naturaleza muerta, el bodegón. Se puede sacar el máximo partido de la apreciación de esta pintura íntima únicamente cuando su estado de conservación deja ver la intención original del autor, tanto en las obras que se decantan por el preciosismo de la técnica, como en aquéllas cuya abstracción lleva incluso a la violencia expresiva, como en algunos bocetos”.
Una exposición, en fin, memorable.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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