Por Javier Pardo de Santayana

( Gran Via. Óleo de Antonio López) (*)
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Espero que ningún extranjero llegue a leer lo que aquí digo, porque pienso tachar de sucios – por no decir marranos – a muchos de mis compatriotas.
Se trata de basura, sí. ¡Cuánta basura!… No sé si para cuando se publiquen estas líneas ya se habrá terminado la huelga de Madrid, en la que tan evidente fue que la presencia de detritus no era resultado de una acumulación en los contenedores de bolsas cargadas de residuos biológicos, latas, envases, papeles y cartones, sino, sobre todo, de esparcir la porquería intencionadamente con el fin de crear un paisaje apocalíptico. Vamos, que los mismos encargados de limpiar las calles de la capital se esforzaron a fondo por convertir a éstas en algo peor que una pocilga… Mas, incluso en el caso de que de nuevo brillen las aceras y la ciudad haya recuperado el esplendor de siempre, no será malo encontrar en la ocasión motivo para reflexionar sobre la suciedad reinante.
Ya señalé en un artículo anterior lo significativo que resulta constatar la nula identificación con su misión de unos trabajadores capaces de regodearse con la suciedad cuando para esto tienen que hacer lo que naturalmente odiaron, esto es, ver gente que no cae en la cuenta de que otros tendrán que recoger con su sudor y esfuerzo lo que ellos ensuciaron sin necesidad. Y esta situación casi contra natura se nos hace inadmisible.
Pero estos no son hechos aislados. Yo observo, por ejemplo, la aureola de suciedad que rodea los contenedores de mi propia urbanización. ¡Con lo fácil que es tirar cada cosa en el lugar previsto! Pues sin embargo da la impresión de que los hay que arrojan los desperdicios fuera con premeditación y alevosía.
Y miren que el quid de la limpieza no reside tanto en su mantenimiento como en la buena costumbre de no arrojar cosas al suelo: acto aparentemente innecesario salvo en casos contados y para el cual uno suele encontrar a mano el pertinente mobiliario urbano.
Cierto es que afortunadamente no es frecuente escupir en las aceras u orinar en los rincones: aquellas marranadas que en otro tiempo obligaron a los ayuntamientos a emitir bandos y fijar carteles en las paredes para indicar su prohibición expresa. Ya sólo faltaría eso. Mas no lancemos al vuelo las campanas, que estas y peores cosas se ven aún hasta en los jardines de la Complutense con el beneplácito de su magnífico rector, y se repiten cada fin de semana tras el paso de esa juventud tan prometedora que tenemos y que tan aficionada es a emborracharse con el botellón. Sin mencionar lo que de sí dan las manifestaciones de pancarta, bandera republicana y pareado, donde la participación del personal se mide en toneladas de basura.
Lo cual me hace apreciar una clara proclividad de mis conciudadanos a comportarse como cerdos, y créanme que lo siento de verdad. Ahí tenemos esa repetición de palabras malsonantes; esa abusiva basura verbal del día a día que a veces suena, incluso, hasta a blasfemia, y que los jóvenes aprenden de padres y amigos que no saben hablar si no es soltando tacos. Mas no queda ahí la cosa, que este tipo de comportamientos, aparte de ser muestra de una educación cívica como para echarse a llorar, lo es también de una creciente suciedad mental, pues una y otra suelen andar emparejadas.
Y ahí están los espacios televisivos donde se nos muestra el mal en su versión más lúdica, esto es, sirviendo de fuente de entretenimiento a la vez que de ganancias, y haciendo y deshaciendo famosos u famosillos con un muestrario de comportamientos escasamente recomendables: pura basura social expuesta al publico y jaleada por un público mediocre.
Hasta los lugares más excelsos y representativos llega esta ola de suciedad mental, por no decir moral, a la que, según parece, estamos tan condenados como las calles de nuestra capital. Ahí tenemos como ejemplo, adornando el gallinero de nuestro Parlamento, a esas mozas que tan poco se valoran a sí mismas que utilizan sus cuerpos para exhibirlos como camisetas reivindicativas. O ese representante del pueblo soberano con pendiente en la oreja que enarbola una sandalia maloliente para vomitar invectivas e insultos personales sin encontrar a nadie que le cierre la boca por su falta de respeto. O la basurilla del histrión de pañuelo palestino al cuello aun en pleno agosto que ocupa fincas y asalta supermercados con su cohorte de palmeros… O esas páginas virtuales en las que tuiteros y otras gentes de mal vivir regurgitan cada día su resentimiento universal contra cualquier cosa que se tercie. O esos rostros encendidos por el odio que vociferan y aprovechan el menor pretexto para cargarse el mobiliario urbano pagado con el dinero de los contribuyentes. O esos políticos desleales y perjuros que, en los momentos más difíciles y críticos de una crisis feroz encuentran la ocasión de medrar a costa de la unidad de la nación.
O esos asesinos en serie que, como las ratas, salen a la superficie envalentonados por una justicia a la que la irresponsabilidad de algunos políticos animó a ensuciar sus togas para convertirlas en basura.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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