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Las nuevas barbas

Tres foramontanos en Valladolid 06 Dic 2013 - 07:20 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Retrato de J. M. Arévalo. 1995. Acrílico de Carlos Armiñanzas) (*)

No sé si será por la cercanía del invierno, pero veo proliferar las barbas. En un reciente artículo yo mismo relataba mi reacción de sorpresa al constatar que trece de los quince jóvenes testigos del novio en una boda portaban el piloso aditamento y lo hacían en una variedad de modelos diferentes: desde la pequeña barba parecida a la de quien simplemente no se afeitó ese día hasta otra que casi alcanzaba la cintura: una de esas barbas de islamista que suele despertar sospechas en los aeropuertos norteamericanos.

Yo revelaba entonces mi sorpresa al contestar la coincidencia de mi observación con el curioso hecho de que también usasen barba el novio y los tres fotógrafos del acto, entre los cuales, sin embargo, no se contaba ni tan solo un calvo (por ahora).

Luego caía en la cuenta de que nuestro Príncipe de Asturias, entonces de viaje por Estados Unidos, lucía también una barba algo canosa en un país donde los barbilampiños son legión. Y que, curiosamente, mi propio hijo, que jamás la usó, había dejado de afeitarse desde hacía tan solo un par de días.

«O sea que la barba está de moda nuevamente», pensé. Y recordé que allá en los tiempos de la famosa Transición política, la barba fue un signo de la progresía juntamente con la pana. No había progre que no hiciera ostentación de serlo con su chaqueta o pantalón de pana y su barba crecida. Fíjese usted como sería la cosa, que algunos llegamos a plantearnos si ésta no les habría crecido también en el cerebro. Se trataba de mostrar con su aspecto su condición rebelde sin tener en cuenta que la pana era tejido caro y escaso por entonces. Escaso desde luego, pues cuando unos años atrás mi padre, retirado ya, deseó comprar un pantalón de campesino para andar por la huerta y el parque de su casa montañesa, sé que le costó sobremanera el encontrarlo, y si lo logró fue en algún sitio de Palencia. Ahora ya ven ustedes que la moda ha cambiado y que a la progresía soló se la ocurre quitarse la corbata y quedarse en mangas de camisa. «Total, un horror», que dirían los estetas.

Desde luego el caso es otro en nuestros días: tengo la impresión de que son los chicos bien y más cercanos a la tradición – que otrora optaron por afeitarse comme-il-faut e incluso raparon sus cabezas una vez superada la identificación de este gesto con las bandas filonazis – quienes están liderando la nueva moda de la barba crecida y del pelo relativamente largo en el cogote. Cabe preguntarse por qué, naturalmente, pues si tenemos en cuenta que la mayoría de la juventud anda en el paro, no sé si podrá descartarse que prefiera inspirar mayor respeto y transmitir la impresión de ser algo más vieja. Desde luego me niego a pensar que solo sea una forma de ahorrar en espuma y maquinillas de afeitar.

En todo caso lo más sorprendente para mí, lo que me hizo sentir parecido escalofrío al que experimenté en aquel comienzo de verano – creo que hace dos años, cuando de pronto España se inundó de pantaloncillos cortos adornando el tipillo de las jóvenes – fue que este fenómeno del renacer piloso se produjera sin mediar aviso, es decir, como surgen, por ejemplo los boletus en otoño o las amapolas al comienzo de la primavera, cuando de pronto, un mismo día, tapizan nuestros campos como si todas se hubieran puesto de acuerdo previa y secretamente desafiando la variedad de las circunstancias concurrentes.

Y se suscita en mí de nuevo la clásica pregunta que plantea la moda: cómo es que somos capaces de reírnos de nosotros mismos ante aquella foto que ahora nos parece tan ridícula, para, solo años más tarde, acoger con entusiasmo la misma o parecida estética. Quizá sea que vivimos demasiado…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7452/10963221326_5aacdfcff1_o.jpg

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