Por Javier Pardo de Santayana

( Catedral de Maputo. Foto en Wikipedia) (*)
Dicen las guías que el cincuenta por cierto de los mozambiqueños siguen aferrados a sus creencias ancestrales, y que el resto se reparte sobre todo entre los cristianos y los musulmanes con cierta ventaja para los primeros, que hacen del veinticinco al treinta, mientras que los segundos están entre el veinte y el veinticinco. Y parece que los ritos africanos, que los revolucionarios intentaron extirpar, volvieron luego con cierto entusiasmo. Pero estas estadísticas son relativamente antiguas y supongo que no muy de fiar.
Dentro de este panorama general, los cristianos se concentran sobre todo en las ciudades, donde imagino que la marcha de los portugueses, obligados a dejar el país en treinta días y con una limitación de veinte kilos en el equipaje, supondría un gran bajón.
En este viaje nuestro para pasar aquí la Navidad hemos tenido la ocasión de oír varias misas en la Catedral, y la primera el 8 de diciembre coincidiendo con el setenta aniversario de su consagración a la Inmaculada Concepción, celebrado con un jubileo. Nosotros venimos a ella y no a San António da Polana, que está más cerca, porque con cuatro niños dos o más horas resultan difíciles de soportar.
La Seo de Maputo es una edificación muy vertical y muy blanca; ambas cosas tanto como pocas veces vi. Una guía del país la pone por los suelos desde el punto de vista artístico y lanza extrañas historias respecto a quienes participaron en su construcción, pero yo la veo muy espiritual aunque algo fría.
La blancura del templo alcanza plenamente a su interior con pocas excepciones. Tan sólo se permite romperla, por ejemplo, con un par de grandes óleos clásicos relativos a personajes y escenas de los primeros tiempos de la evangelización. En uno de ellos se puede ver a los nativos vistiendo sus sencillas faldamentas de paja. Y me gustaría comprobar – que hasta ahora no lo he conseguido – si alguno de los personajes que aparecen es como imagino, San Francisco Javier, que recaló aquí entre 1541 y 1542 en su camino hacia la India. Veo que la comunidad que creó en Goa permanece muy activa; cosa que se refleja incluso en esta Seo maputeña.
Luego está la bellísima talla de un Cristo caído con la cruz a cuestas, en la línea de las grandes obras de la imaginería castellana o portuguesa. Y, sobre todo, tres grandes notas de color: unas espectaculares vidrieras con multitud de escenas; dos de ellas as en el extremo de los dos brazos del crucero y el que hace las veces de gran retablo central. ¡Ah! Y un par de antiguos púlpitos de piedra donde suben los niños cuando la catedral está ya al completo de su aforo.
Ya dije que nuestra primera misa de esta estancia coincidió precisamente con el setenta aniversario de la consagración del templo maputeño. Y, conectando este hecho con la memoria de uno de mis colegas de este blog, aportaré un dato bien curioso: el arquitecto de la catedral fue un hermano del presidente portugués Craveiro Lopes, a quien, como estoy seguro que aquél recordará, tuve la ocasión de escolta de honor siendo cadete en la Academia.
Auxilia al oficiante un buen número de acólitos perfectamente uniformados, tal como es habitual en estas latitudes. Hasta ocho he yo contado. Luego están los tres lectores que visten túnicas de capulana; el sacerdote los bendice antes de que realicen su función, que es leer las dos lecturas y explicar someramente ambas y también el evangelio. Y los mozos y mozas que colocan y recogen las urnas para el óbolo, que en África es una procesión de fieles que desfilan para depositarlo frente al altar; si bien aquí no de forma tan colorista y alegre como en Ghana, donde, dentro de un ambiente del mayor respeto, se hace cantando y bailando, como el gloria. En todo caso, igual en Accra y aquí en san Antonio de Polana, la solemnidad de la liturgia y el respeto a lo sagrado son patentes en cada una de las actitudes y movimientos de los participantes en el acto.. Por su parte, el coro, uno de cuyos miembros es una muchacha albina – condición que en algunas partes de África tiene interpretaciones muy curiosas y as veces letales para quien ha nacido así – entra con una voz femenina y rompe a continuación con un ritmo marcado por el tambor. Sus cánticos se hacen en portugués y en shangana, una de las muchas lenguas bantúes y predominante en la ciudad.
Mas si hay algo curioso en una misa en Mozambique es que hasta la consagración el sacerdote permanece delante del altar, donde hay tres sillas, una central para él y dos para dos de sus acólitos. Y llama la atención que durante el evangelio los fieles permanecen sentados escuchándolo, igual, naturalmente que durante la homilía.
Otra particularidad interesante es que al final del acto siempre se convoca a alguien que cumpla años para que el sacerdote le bendiga y el resto de los fieles le feliciten con el “happy birthday”; tal es la importancia que aquí se concede a seguir vivo.
El día del aniversario de la Catedral el sacerdote sería uno conocido de nuestra anterior estancia: un hombre de edad indefinida que cojea ostensiblemente y ha de estirar los brazos con frecuencia porque su baja estatura hace que le vengan grandes el alba y la casulla. No así es su voz, alta y potente, como de profeta que denuncia. Y aún apuntaré otra homilía, ésta sobre el Adviento a cargo de otro sacerdote del país también con gran tirón, que nos hace ver cómo nuestra naturaleza de hombres está tocada por la divinidad y que éste es el sentido profundo de la Navidad más allá de brillos y oropeles,. Para hacerlo encuentra frases significativas en algunas de las canciones religiosas que la gente sabe de memoria.
Al cantarlas, mi nieto de diez meses, puesto de pie sobre su madre, bate las palmas de entusiasmo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm6.staticflickr.com/5528/11711153004_bc4744b562_o.jpg
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