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Ecos de Mozambique: Panorama del regreso

Tres foramontanos en Valladolid 15 Ene 2014 - 07:06 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Ilustración de Ruth Bañón en etsy.com) (*)

Cinco han sido ya mis estancias más o menos largas en el África subsahariana, con la particularidad de no haberse desarrollado en un contexto de turismo arropado por las agencias, sino en un ambiente de vida diaria compartido por miembros de la familia con residencia en distintos lugares de aquel continente. Naturalmente, esto da un carácter especial a las percepciones y permite descender a extremos que quedan bastante lejos de lo habitual, que es llevarse como resumen de la experiencia que se vivió una especie de colección de estampas comerciales. Por otra parte, la variedad de escenarios a los que uno pudo asomarse permite apreciar lo que, siempre teniendo en cuenta las lógicas limitaciones de la propia observación, hay de común y de diferente en los distintos lugares conocidos.

Dicho esto, uno se pregunta cuál es la actitud con la que se enfrenta a la reanudación de la «vida normal» o, dicho de otra forma, de la rutina diaria. Y aquí me siento obligado a confesar una vez más que al regreso a España me enfrento con una sensación de miedo a encontrar lo que me temo. Aquí que no nos oye nadie confesaré, en efecto, que los primeros días evito por sanidad mental el encender la radio y la televisión. ¡Se vive tan bien sin ellas! Lo digo porque hacerlo me da una especie de «repelús» y rechazo natural, no forzado. Ayer, pensando que este temor mío tenía algo de reacción infantil o cosa parecida, me permití volver a la rutina y poner las noticias. Y les diré – casi me da rubor decirlo – que, cuando lo primero que hicieron fue mostrarme un maxilar y un tupé ya conocidos, cambié de canal como quien se abalanzara a apagar un fuego indeseable. Pero entonces aparecería en la pantalla un tertuliano hablando del aborto y refiriéndose despectivamente a la consideración de los fetos destruidos como niños potenciales, lo que siendo evidente, algunos niegan por puro maquillaje ideológico.

Pueden ustedes imaginar lo que sentí: una repugnancia incluso física que me movía al vómito. Y es que cuando uno abandona, aunque sea temporalmente, este medio enrarecido por el impacto de la complejidad y que a todos nos ha contaminado de una u otra forma; cuando uno vive cierto tiempo más en lo esencial de la realidad y la necesidad del hombre, lo primero que hace es detectar, quizá con más facilidad que en este mundo nuestro del retablo de las maravillas, lo que es la estupidez humana en toda su capacidad de engaño y tergiversación. Es la «cultura de la progresía» que hace evidente el principio kantiano de que el sueño de la razón engendra monstruos.

De ahí que uno tema reconocer cómo, en su propio ambiente – allá donde uno ha de pasar de ahora en adelante hora tras hora los días y las noches – se consideran como normales y lógicas las que en realidad son «construcciones artificiales» que se apoyan en el poder de los medios y en general de la «comunicación asistida» al servicio de otro invento – el de las ideologías – ese nuevo becerro de oro pedestal de apoyo para la eliminación del contrincante, es decir, en el fondo, para la exterminación del prójimo. Y la inducción del conflicto como motor y caldo de cultivo del medro y del enriquecimiento personal, o la creación de «espacios salvajes» de confrontación en los que se dirime la supremacía a dentelladas. Algo lógico en el fondo si se tiene en cuenta que hasta los juegos electrónicos consisten en machacar al que encuentras por delante y la mayoría de las películas nos muestra seres infrahumanos o luchas destructivas.

Por eso comprendo cada vez mejor a esas personas que uno encuentra por el mundo huyendo del artificio de esta nuestra civilización que, contaminada por el egoísmo, cada vez se halla más cerca de los escenarios de ciencia ficción, donde los personajes se limitan a manejar artilugios electrónicos y luchar contra sus enemigos; un lugar donde los hombres no sonríen nunca. Me refiero a esas personas sencillas, para nosotros muchas veces como desarraigadas y esotéricas, que quieren crear su propio mundo de afectos y alegrías y andan buscando por otros pagos su lugar al sol.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm4.staticflickr.com/3756/11711153234_d17aaa5171_o.jpg

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