Por Javier Pardo de Santayana

( La sombra del niño. Obra de Lola Catalá en facebook.com) (*)
No. No les voy a hablar de lo guapos que son mis cuatro nietos, que les bastaría a ustedes verlos para constatar que en este caso es cierto.
De sus virtudes bastaría, y esto es cierto, con que les dijera que se han hecho viajes en avión de más de diez mil kilómetros, en tres tramos consecutivos y con dos transbordos intermedios, sin grave susto o deterioro para su sufrida madre, que a estas cosas no da importancia alguna. Mas no se trata de eso, pues me limitaré a decirles lo que yo aprendo de ellos, o mejor, lo que ellos me hacen pensar en estos momentos de tanta incertidumbre y confusión.
Por ejemplo, siendo el mayor de solo ocho años y el menor de los parlantes de cinco – porque el menor aún no ha cumplido el año – todos hablan español. inglés, francés y, ahora también el portugués. Y utilizan uno u otro idioma según se tercie y con absoluta naturalidad y perfección dentro de lo que es un lenguaje infantil. Así que, cuando escucho como lo hacen sin inmutarse ni darlo importancia alguna, pienso en lo ridículo que puede ser montar una guerra de lenguajes para sacar de ello partido personal o político.
Pienso también, como usted habrá ya imaginado, en la vergüenza que se pasa viendo como, en un mundo globalizado como este en que vivimos, muchos de nuestros próceres se muestran incapaces de manejarse con sus colegas extranjeros, y como, al mismo tiempo, desprecian la poderosa presencia del idioma español. Porque, no sé como será en otros lugares, pero en Mozambique, donde pasé bastantes meses viviendo el día a día, me ha impresionado la cantidad de hispanohablantes por nacimiento o experiencia que se encuentran en el ambiente internacional. En la Escuela Internacional Americana, por ejemplo, se oye español constantemente, y no sólo porque haya niños de familias «hispanas» o de nacionalidad norteamericana, sino sobre todo porque hay un buen número de profesores y familias que por una u otra circunstancia utilizan o saben utilizar el español: iberoamericanos, funcionarios internacionales, diplomáticos, esposas españolas de diplomáticos extranjeros, trotamundos o gente que ha vivido en España o en Iberoamérica por alguna circunstancia. No tengo que decir que me refiero al castellano, pues dialectos y otras lenguas vernáculas brillan por su ausencia, expresión ésta que les viene al dedo. Sí que se ven camisetas de Messi entre los niños; eso sí, de las clásicas.
Al hablar de mis nietos y del ambiente en que se mueven con la mayor naturalidad, he dejado fuera, claro está, al que llegó en cuarto lugar, que, como dije, ronda pero no llega al año, y que, naturalmente, aún no habla aunque yo creo que él cree que sí. De éste lo que verdaderamente me llama la atención es que está descubriendo el mundo, y que le encanta. O sea, que está encantado de la vida, cosa que a uno le asombraría a la vista de la mala baba que se percibe aquí, en España, hasta en el aire: ese cabreo generalizado, ese regusto del mal, esa satisfacción por que todo vaya a peor, ese desacuerdo total – al menos aparente – con todo cuanto ocurre.
Y pienso que en realidad la cosa no es así como parece; que en el fondo nos resistimos a ser infelices, y la prueba es que los españoles seguimos viviendo sobre todo de alegría. Sólo nos falta claro está, salir del bache en que nos han metido algunos de fuera pero también – sobre todo – los de dentro, porque hay razones objetivas para el sufrimiento, pero necesitamos disfrutar de aquello que tenemos por muy poco que sea.
Por eso cuando veo a este niño, para quien todo es ocasión de descubrimiento, de asombro y de disfrute, pienso en cuánto de lo que nos rodea puede ser también objeto de esto mismo, a poco que lo valoremos, para cualquier otra persona.
Y en las gracias que hay que dar a Dios aunque no sea más que por estar aquí, que los hay que un día fueron privados de vivir con el aplauso de una progresía contaminada por la banalización del mal.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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