Por José María Arévalo
( Reconstrucción de la desaparecida iglesia de san Miguel en la actual plaza de dicho nombre, basada literalmente en el dibujo de Ventura Pérez. Como en otros casos –explica Urueña-, el dibujo no da muchas pistas y ha sido necesario corregir desproporciones obvias) (*)
Empezamos un nuevo capítulo, “Zona de san Miguel”, del itinerario que sigue Juan Carlos Urueña Paredes en su libro “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, que estamos reseñando. “Es la zona más antigua de Valladolid –nos dice- y todavía conserva muchos vestigios del pasado, a pesar de haber sido una de las zonas más maltratadas por los planes urbanísticos. El lamentable destrozo cometido con la creación de la calle de Felipe II ha sido uno de los peores sufridos por nuestro pobre casco antiguo”. El monumento más relevante en esta zona es la conocida como Iglesia de San Miguel, en realidad Iglesia de San Miguel y San Julián, que fueron inicialmente dos iglesias en la misma Plaza de San Miguel y se fusionaron en una sola parroquia, en edificación distinta, en la calle de san Ignacio.
( Ventana del palacio de los marqueses de Valverde, frente a la iglesia actual de san Miguel. Urueña cuenta una curiosa leyenda sobre ella, la de los dos amantes, de la que se hizo eco Campoamor) (*)
“La Real iglesia de san Miguel y san Julián –explica Urueña- fue casa profesa de jesuitas y patronato de Magdalena de Borja Oñez y Loyola, condesa de Fuensaldaña. Los apellidos desvelan que era sobrina de san Ignacio de Loyola y nieta de san Francisco de Borja. Al ser canonizado el primero, la casa pasó a tener la advocación de san Ignacio. En 1767 la Compañía de Jesús quedó extinguida en el territorio español por mandato del rey Carlos III, quien decretó el 12 de noviembre de 1775 la unificación en dicha casa de las antiguas parroquias de san Miguel y de san Julián, cuyos bienes pasaron al edificio. El rey mandó, asimismo, borrar los símbolos de los jesuitas de los muros y colocar sus escudos reales, a la vez que le concedía el título de Real iglesia”.
“Es una de las más y mejor dotadas de obras de arte de la ciudad. Posee una grandiosa sacristía con un enorme retablo pintado, de los llamados “fingidos”. En esta sacristía se encuentra el acceso a través de una reja al extraordinario relicario, en el que se encuentran docenas de piezas entre esculturas, pinturas y varios bustos relicarios obra de Gregorio Fernández; tiene incluso sobre la puerta el sepulcro de un papa: san Sotero. En el relicario se custodia un cristo de marfil que la gente atribuía al mítico Miguel Ángel. Efectivamente, es de Miguel Ángel… Leoni, hijo del gran escultor Pompeyo Leoni.
( Dibujo de Ventura Pérez de la desaparecida iglesia de san Miguel) (*)
En la iglesia, entre muchas bellezas, se encuentra el grupo funerario de los condes de Fuensaldaña, cuya parte arquitectónica se debe a Francisco de Praves y que contiene las estatuas orantes de estos nobles, únicas obras en alabastro que se conocen de Gregorio Fernández. Cuenta un parroquiano ya mayor, hombre culto y amigo de tradiciones, que en las cercanías de este sepulcro está enterrado el famoso padre Hoyos, e incluso que se especuló en su día que pudiera estar ocupándolo pues los condes no llegaron a utilizarlo. El padre jesuita vallisoletano, venerable Bernardo Hoyos, fue el religioso que protagonizó el episodio en el que se le apareció el Corazón de Jesús, para decirle que “reinaría en España con más veneración que en otras partes”. La historia cuenta que, harto el párroco de limpiar la mucha cera de las velas que dejaba la multitud de fieles sobre su tumba, decidió cambiarle de sitio sin decir nada a la feligresía sobre su paradero. Y asegura que durante muchos años se le buscó sin éxito, y que se registraron incluso las cornisas del templo.
Si abandonan el templo actual (abierto a la calle de san Ignacio) por su puerta principal, levanten un poco la vista hacia el balcón del palacio de enfrente, que fue de los marqueses de Valverde, y podrán ver a los dos “amantes”. Dice una historia popular que las dos esculturas de un hombre y una mujer que adornan los lados de la ventana, corresponden a la marquesa de Valverde y a un joven paje que fue su amante. Pillados “in fraganti” por el marqués, propietario del edificio, los denunció a la justicia y colocó sus dos efigies a la vista pública para que quedase perpetuo recuerdo de su infamia. Esta leyenda quedó reflejada por Campoamor en su “Drama Universal”.
( El fragmento del plano de Ventura Seco nos permite ubicar la desaparecida iglesia de san Miguel, y su orientación con respecto a la plaza de san Miguel) (*)
Pero ya hemos visto –se refiere Urueña a los pies de foto que anteceden- que la primitiva iglesia de san Miguel no fue ésta, sino otra que existió en la plaza de su nombre. Junto con la de san Julián, fueron las más antiguas que tuvo Valladolid. La primera en fundarse sería san Miguel, cuya primera advocación fue la de san Pelayo hasta quizá el siglo XII. En tiempos de los Reyes Católicos fue reedificada y existió dignamente hasta el año 1777 en que fue demolida junto con la de san Julián. De su fábrica sólo se conserva la estatua de san Miguel con el escudo de los Reyes Católicos que está sobre la puerta de la iglesia actual. Desde muy antiguo se guardaba en la capilla mayor el archivo de la ciudad y su campana era la que se usaba para llamar a Concejo y la que daba la alarma para la defensa de la villa.
Un ejemplo de aquella costumbre lo tenemos en las crónicas sobre las revueltas de las Comunidades. Cuando Carlos V quiso salir de Valladolid, la ciudad se creyó desamparada y trató de impedirlo. Canesi escribió:
«…Y sublevados con esta confusión, sin entenderse un cordonero, portugués de nación, otros dicen pretinero, vecino de esta ciudad, viendo que el César marchaba, sin atreverse nadie a suplicarle se detuviese, subió a la torre de la parroquia de san Miguel y tocó la campana que llamaban del concejo, que la solían tocar en tiempo de guerras y rebatos y armas que se daban, y la tocó con tanta prisa que, como los del pueblo lo oyesen, sin discurrir ni saber para qué, tomaron las armas…»
( Fragmento del plano de Ventura Seco donde vemos la desaparecida iglesia de san Julián) (*)
Los ciudadanos llegaron a la puerta del Campo e intentaron retener al emperador, pero no pudieron hacer nada contra su guardia y Carlos V abandonó Valladolid. La ciudad quedó turbada y avergonzada por lo ocurrido y su cólera fue implacable al buscar culpables:
«…mitigado aquel furor popular, hizo la justicia información de quién tocó la campana o lo mandó, mas no pudo ser hallado el portugués…; mas por entonces lo pagaron otros por él pues a unos cortaron los pies, a otros azotaron, otros salieron desterrados y los confiscaron sus bienes, a otros los demolieron las casas y a un platero honrado le azotaron porque se le probó había recibido unas cartas del portugués…»
También estuvieron presos otros muchos, incluidos los tres clérigos que atendían san Miguel, y mal se las hubieran visto si no fuese porque el emperador mandó que los soltasen y que no se volviese a hablar del tema. La hizo buena el portugués con atreverse a tocar la campana.
Cuando se demolió la iglesia, la campana se trasladó también al nuevo san Miguel donde estuvo hasta los tiempos de la Primera República en que fue destrozada como muchas de otras iglesias”.
( Fotografía del edificio que ocupa actualmente el solar de la desaparecida iglesia de san Julián) (*)
Ampliamos la información de Urueña con dos artículos de Vallisoletvm, el primero de Noviembre de 2009 titulado “La Plaza de San Miguel” que cita como fuente “Las Calles de Valladolid”, de Juan Agapito y Revilla. “Constituyó esta plaza el centro geométrico de la villa en su primitiva formación, cuando aparece ya cercada con su primera muralla, la más antigua de las conocidas. En ella como es de suponer, estaría el núcleo mas importante en la vida de la población, que, sin embargo, se desplazó en cierta actividad, la del mercado, hacia la parte más meridional, por lo que se llamó el Azuguejo, próximo, sino inmediato, a la actual calle de la Platería.
Tenía, entonces, la villa, por aquel siglo XI en que ya se la conoce y figura en la Historia, el carácter de todos los pueblos del tiempo, y para que nada le faltara, en el centro de ella se elevaba la iglesia, en nuestro presente caso, una de las dos iglesias, a cuya sombra se desarrollaba la vida urbana con todos sus detalles y en todos sus aspectos. Y en efecto, en el centro de la plaza de San Miguel estaba la iglesia de San Pelayo, que habría de ser, por su situación y emplazamiento, la principal de las dos con que contaba nuestra villa, antes de la venida del Conde Ansurez a señorearla.
Dicha iglesia de San Pelayo fue reedificada y rebautizada allá por el siglo XII como Iglesia de San Miguel. Esta iglesia de San Miguel es la que se menciona siempre en la historia local. En ella estaba la campana cuyo tañido era, para el pueblo un toque de llamada.
A mediados de Septiembre de 1777 “empezaron a demoler las iglesias de San Miguel y San Julián”, dejando aquella su solar para mayor diafanidad y amplitud de la plazuela, que de antiguo se llevó el nombre “de San Miguel”, conservándole, por suerte, aunque haga cerca de dos siglos que desapareció el detalle que la dio título.
( La plaza de San Miguel a principios del siglo XX. Foto en Vallisoletvm) (*)
A pesar de ser la plaza de San Miguel un sitio en el que tantas veces se reunió el pueblo, sobre todo en aquellos tiempos de las Comunidades, en que hubo allí una casa de un exaltado que hasta puso banderas en las ventanas, no conserva nada que recuerde épocas antiguas”.
El segundo artículo de Vallisoletvm es “Real iglesia de San Miguel y San Julián”, de Mayo de 2010, y su fuente “Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid. Parte Primera”, de Juan José Martín González y Jesús Urrea Fernández. “Ocupa el edificio de la iglesia profesa de la Compañía de Jesús, tras la expulsión de ésta. Residen en ella desde 1775 las parroquias de San Miguel y San Julián. Es conocida habitualmente por San Miguel. Antolinez de Burgos, Canesi y Sangrador se han ocupado del establecimiento de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús en Valladolid. Parece ser que se funda en 1543 por los Padres Pedro Fabro y Antonio Araoz, los cuales habían llegado a Valladolid desde Lisboa, para asistir al matrimonio de Felipe II (entonces principe) y María de Portugal. El templo fue colocado bajo la advocación de San Antonio de Padua, el santo portugués. Estuvo situado en una casa propiedad de los Blanco, en la Redecilla, como decía una inscripción que Canesi menciona. Un paso hacia delante viene dado por la llegada a Valladolid en 1551 de Francisco de Borja, marqués de Lombay, miembro del equipo fundacional con Ignacio de Loyola. Atrajo a numerosos devotos, de suerte que la fundación en Valladolid quedó consolidada.
Don Alfonso Pérez de Vivero, vizconde de Altamira, y su mujer, María de Mercado, donaron a la Compañía sus casas principales, situadas donde hoy está la actual fábrica, comenzándose de esta suerte la edificación del templo. Pero el hecho decisivo para el engrandecimiento artístico fue la adquisición del patronato de la Casa Profesa por parte de los Condes de Fuensaldaña. Las diferentes escrituras nos dan una cumplida información.
La fundación del patronato la realiza doña Magdalena de Borja Oñez y Loyola, viuda ya de don Juan Urbán Pérez de Vivero, Conde de Fuensaldaña y Vizconde de Altamira, quien le había dejado poder para testar a favor de los dos. La escritura de testamento, que autorizaba la fundación del patronato, lleva la fecha de 21 de diciembre de 1610. Lo que se acuerda es la fundación de una casa de Probación para Novicios, unida a la Casa Profesa ya existente, con un fondo de 4000 ducados de renta al año. Deseaba la fundadora que la Casa de Probación quedara bajo la advocación de Francisco de Borja, en el caso de que éste llegara a ser beatificado o canonizado. Ella era nieta de éste, como hija de Juan de Borja, hijo del Duque de Gandía.
( Interior de la iglesia de San Miguel) (*)
En cuanto a la Casa Profesa, ésta debería tomar la advocación de San Ignacio, del cual ella era sobrina. Al ser beatificado Ignacio de Loyola, se halló motivo para cambiar la advocación que hasta entonces tenía como templo de San Antonio de Padua. La Compañía quedaba obligada a destinar la capilla mayor a entierro de los fundadores. Según se estipula, el sepulcro sería colocado en la pared del lado del evangelio, no en el centro, para que no estorbara a la liturgia.
No hay duda de que la fundación tuvo su cumplimiento, realizándose el sepulcro de los Condes. El 20 de diciembre de 1625, doña Magdalena de Borja firmaba un codicilo, dejando encargada a su costa una colgadura para adorno de las paredes, con un fondo de 3000 ducados. El 22 de diciembre de 1625, dejó un testamento cerrado, falleciendo el mismo día. Con las formalidades habituales, se procedió a la apertura del testamento cerrado. En él doña Magdalena, como patrona de la Casa Profesa de Valladolid, reconocía a ésta como heredera de todos sus bienes, dejando encargado el que se realizara la Casa de Probación, todavía sin comenzar.
Entre los testamentarios figura su hermano don Francisco de Borja, Príncipe de Esquilache y Conde de Mayalde. Este se sintió ofendido por el testamento, pues había tratado con doña Magdalena que le instituyeran a él como patrono, por el hecho de poseer familia, ya que los Condes de Fuensaldaña carecieron de hijos. Según los documentos que presenta al Príncipe de Esquilache, parece que la propia doña Magdalena había intercedido ente el General de la Compañía para que el patronato fuera transferido a favor de aquél. Pero lo único legal que permanece a la muerte de doña Magdalena es el testamento último, declarando heredera a la Casa Profesa de Valladolid. Sin embargo la reclamación, aunque tardía, fue escuchada por la Compañía. El Prepósito General de la Compañía de Jesús, con fecha de 2 de mayo de 1652, reconoció al patronato a favor del Príncipe de Esquilache. El día 13 de febrero de 1653, en nombre del Príncipe tomó posesión del patronato en Valladolid el Duque de Medinasidonia. En el testamento realizado por don Francisco de Borja, hermano del príncipe de Esquilache, manifiesta su voluntad de establecer el panteón de su familia en la iglesia de Valladolid, en una bóveda que se habría de hacer bajo el suelo de la iglesia y adonde se trasladarían los cuerpos de su esposa y otro miembros, que yacían en el convento de Carmelitas Descalzas de Zaragoza, el llamado de las Fecetas. Pero pese a todo, este cambio de patronato no tuvo la menor efectividad. No se hizo el panteón, ni se pusieron los escudos de los Borja. En toda la documentación de esta Casa Profesa siguió mencionándose a los Condes de Fuensaldaña como patronos y fundadores del templo.
Sin embargo, la función propia de Casa de Probación no tuvo cumplimiento. El papel de Seminario de Jesuitas siguió asumido por el colegio de Villagarcía de Campos, y en la ciudad de Valladolid, por el Colegio de San Ambrosio. Otros benefactores ha tenido esta Casa Profesa. Así el licenciado Juan Martínez Cabeza Leal, que había ejercido como deán en la catedral de Plasencia. En su testamento de 25 de abril de 1628 dejó determinado que lo sepultaran en la iglesia de la Casa Profesa de Valladolid, donde dejó establecida una capellanía. Donó su librería al Colegio de Villagarcía, precisamente porque no se había realizado la Casa de Probación de San Ignacio.
Una notable fundación es la de la Marquesa de Viana, doña Magdalena Pimentel y Fajardo. Por escritura de 4 de enero de 1666 establecieron su sepulcro los Marqueses de Viana en la sacristía de Colegio de San Ignacio, cediendo en compensación a éste un censo que les correspondía, de 20.000 ducados. El sepulcro tenía que situarse en la pared de la sacristía, detrás del altar mayor, con los bultos de los Marqueses, imitando la disposición que tenían en la iglesia los de los Condes de Fuensaldaña. Enfrente estaría un altar. Sin embargo este sepulcro no llegó a realizarse; incluso en 1702 se redimió el censo de 20.000 ducados sobre los bienes del Marqués de Vega de Boecillo, cuyos beneficios se habían dado al Colegio. Sin embargo, la marquesa de Viana mantuvo su buena disposición hacia el Colegio, y en virtud de testamento de 8 de noviembre de 1702 dejaba a éste como heredero de sus bienes, una vez que se hubiera efectuado almoneda de los mismos. Figura la relación de bienes y la tasación, efectuada por el Hermano de la Compañía Francisco Mauleón. Una parte de estos bienes no se vendieron y se conservan en la iglesia. Disponía que ardiese perpetuamente una lámpara en el altar de Nuestra Señor de Loreto, que tenía juntamente la imagen de María Magdalena, patrona de la Marquesa. Este altar se encuentra en el lado del evangelio, y aunque no lleva escudos, es evidente que se mandó hacer a expensas de la Marquesa, la cual falleció el 12 de octubre de 1703. Esta capilla por tanto se puede considerar como la propia de los Marqueses de Viana. Canesi refiere que el Reverendo Padre General “dio sufragios de fundadores de Colegio”, a los Marqueses de Viana, es decir, a Don Rodrigo Pimentel Ponce de León y Doña María Pimentel Fajardo, precisando que ambos yacen en él. Presumiblemente se hallarán bajo el suelo de la capilla citada.
El mismo Canesi habla de otras instituciones. Así la Congregación de ciudadanos del Niño Perdido, regentada por los congregantes de los Niños del Albergue. También una Congregación de Sacerdotes. El Padre Villar, ye en el siglo XVIII, creó la Hermandad de la Buena Muerte y otra junto con ella del Corazón de Jesús. Ambas advocaciones reciben culto en la capilla del Cristo de la Buena Muerte. Como es sabido, los jesuitas figuran entre los impulsores del culto a los Sagrados Corazones.
La capilla de San Antonio de Padua fue fundada y dotada por los señores Juan de Benavente y Antonia de Benavente, el año 1632. Por su parte los señores Gabriel de Valdés y su mujer doña Magdalena de Santa Cruz establecieron la fiesta de las Esclavas, en 1632.
La iglesia y Colegio mantuvieron una vida muy activa. En 1733 se renovaba toda la botica y en 1765 se hacía un nuevo tabernáculo. Sin embargo, el año de 1767 la Compañía de Jesús quedó extinguida en todos los dominios españoles, y sus bienes fueron confiscados. El día 18 de abril de dicho año, Ángel de Bustamante, juez subdelegado para la ocupación de Temporalidades, realizaba el inventario de los bienes que contenían en el Colegio de San Ignacio, en todas sus dependencias e incluso en la finca que la Compañía poseía en Villanueva de Duero.
La política de Carlos III se dirigía a potenciar la vida parroquial. En virtud de ellos, por decreto de 12 de noviembre de 1775, las parroquias de San Miguel y San Julián, que poseían edificios viejos, se unifican y destinan al templo de San Ignacio. Como consecuencia de esto se trasladan al templo de San Ignacio los objetos e imágenes de las parroquias indicadas. Del altar mayor se quitó la figura de San Ignacio y se reemplazó por la de San Miguel; de igual suerte, en el tabernáculo se colocaron las figuras de San Julián y Santa Basilisa. El Rey mandó dar el nombre de Real al templo de San Miguel. Fueron retirados los símbolos de la Compañía y se colocaron los escudos reales en la fachada del templo.
La parroquia de San Miguel era una de las más antiguas del Valladolid medieval.
Empezó como iglesia de San Pelayo y ya existía desde el siglo XI. Después del derribo, se hizo plaza, quitándose la cruz de piedra, que se encuentra en el panteón del Cabildo Metropolitano, en el cementerio de la ciudad. La parroquia de San Julián se hallaba a la esquina de las actuales calles de San Ignacio y de la Encarnación”.
Vallisoletvm tiene otro artículo, de Noviembre de 2010, “La desaparecida iglesia de San Miguel”, que no incluimos porque reproduce lo ya relatado por Juan Carlos Urueña, al que cita como fuente, junto a la selección de artículos “Aire de Siglos” de José Delfín Val. Solamente una información adicional: … “Durante la Primera República española de 1873 fueron destruidas [ se refiere a las campanas de la iglesia]. En el interior de San Miguel se mandó hacer a Cristóbal Velázquez un retablo que se adornó con figuras talladas por Gregorio Fernández, entre ellas la única figura de Cristo yacente que hizo íntegramente desnudo, sin paño de castidad”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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