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Rincones con fantasma. 42. Iglesia de la Vera Cruz y plaza del Ochavo

Tres foramontanos en Valladolid 20 Feb 2014 - 07:27 CET
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Por José María Arévalo

( La procesión de la Cruz de Mayo en la calle de La Platería, Valladolid. Cuadro de autor anónimo, cuya foto recoge wikipedia.org) (*)

Continúa, en el último capítulo, “Zona de la Plaza Mayor”, el itinerario que sigue Juan Carlos Urueña Paredes en su libro “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, que estamos reseñando, por la calle de Platerías y la Plaza del Ochavo, deteniéndose especialmente en la iglesia de la Vera Cruz, que le da pie para volver a las cofradías vallisoletanas, todo ello mezclando historias e innumerables anécdotas.

“En Valladolid hubo cinco cofradías penitenciales con iglesia propia, cifra que hoy día se ha reducido a tres. Fue notable la influencia que estos templos tuvieron en su entorno, llegando incluso a dar nombre a la calle donde se encuentran. Los nazarenos tienen su iglesia en la calle de Jesús. La cofradía de las Angustias levantó su bello templo en la calle de su mismo nombre, llamándose también un tiempo “de las angustias viejas” la calle donde tuvieron su anterior oratorio, hoy Torrecilla. La penitencial de la Piedad también bautizó la calle donde tuvo su iglesia, aunque hoy día ya no existe ni la denominación de la calle ni la iglesia. La cofradía de la Pasión no fue una excepción y también tiene el mismo nombre su templo y la calle que lo alberga, aunque la hermandad ya no tiene la propiedad del edificio. La única excepción es la iglesia de la cofradía de la Vera Cruz, que no pudo dar nombre a su calle por la sencilla razón de que ya tenía adjudicado uno por su condición de calle gremial.

Pero hagamos una pequeña reseña de esta penitencial, pues no sólo influyó en esta calle, sino en algún otro punto de la ciudad. La Vera Cruz nació, como quizá las Angustias y la Pasión, en el seno de la orden franciscana. Tuvo gran vinculación con el desaparecido monasterio de san Francisco, y celebró los cultos en él hasta la construcción de su primer oratorio.

Fue la primera penitencial que se fundó, pues ya existía en 1498. Tras celebrar cabildo, decidieron solicitar de la ciudad unos terrenos en el “testero de la Costanilla”, para construir su templo con todas las dependencias necesarias (Juan Agapito y Revilla. Las calles de Valladolid. Pág. 336). Costanilla era toda calle que estuviera en rampa, como hoy diríamos “cuestecilla”, y la calle que luego sería de la Platería era conocida entonces por este nombre.

Aquí levantaron la iglesia, coincidiendo con el espacio que ocupó una de las puertas de primera muralla de Valladolid que allí se alzaba. Dicha puerta de la muralla se llamó en tiempos antiguos “del Azoguejo”. Azogue es una palabra de origen árabe que significa mercado. Es cierto que en la pequeña plazoletilla que formaba la muralla con las casas de enfrente a la altura de esta puerta, se formaba un mercadillo de pescados y carnes.

Las apreturas de espacio que tenía la Vera Cruz para armar sus pasos determinaron la demolición del cuerpo de la iglesia en 1665. Cumpliendo una pragmática de los Reyes Católicos, se ordenó a la cofradía que los locales creados a raíz de esta ampliación, habrían de ser alquilados a plateros o tiradores de oro y a ningún otro oficio. Los plateros se instalaron en la calle y de ahí su nombre.

( Con este montaje –explica Urueña- de dibujo y fotografía se recrea el momento en que el Descendimiento atrapó al costalero en la puerta de la Vera Cruz, con lo que quizá se ganó el sobrenombre de “Reventón”) (*)

La iglesia alberga muchas de las joyas de nuestra imaginería procesional, algunas de ellas con una historia curiosa o una leyenda. La Virgen de la Vera Cruz rivaliza con la de las Angustias en fama y belleza. La talla fue realizada para el paso del Descendimiento por Gregorio Fernández, entre junio de 1623 y los primeros meses de 1624. Fue separada del paso en 1756, pues debió de producirse una petición popular a la cofradía para que recibiese culto de forma aislada. En 1757, la Virgen desfiló sola por primera vez, cerrando la procesión, y en el mismo año se colocó una copia en el Descendimiento. La imagen ha sido restaurada íntegramente eliminando repintes y consolidando su estructura. Para estas labores se desmontaron varias partes, entre ellas el brazo derecho, donde se encontró con sorpresa una hoja de periódico de los años de la guerra de Cuba, en la que un cofrade que a ella partía se encomendaba a la Virgen. Este curioso hallazgo se conserva expuesto en las dependencias de la cofradía.

Pero sigamos con el Descendimiento ( J. José Martín González. El escultor Gregorio Fernández. Pág. 213). Gregorio Fernández intentó lograr una paso magnífico, como demuestra el documento que se otorga en 16 de junio de 1623, en el que afirma «…que daré hecho y acabado en toda perfezion», y continúa imponiendo la condición de que se le habría de pagar una cantidad adicional «…que Francisco Diez platero de oro desta ziudad dijeren que valen más cada una, que cada una de las figuras del paso que hize para la dicha cofradía del Azotamiento.»

Si de esta manera, comprometiéndose a mejorar la calidad artística con respecto al paso del Azotamiento que labró años atrás, esperaba el maestro ganar un dinerillo extra, se equivocó totalmente. En abril de 1661, veinticinco años después de morir Fernández, su viuda María Pérez declaraba en testamento que la cofradía aún le debía « …mill ducados poco mas o menos» de la hechura del paso, quejándose de las malas intenciones de sus deudores. Seis años más tarde, en 1667, su hija Damiana todavía trataba de cobrar a la Vera Cruz.

El tamaño del Descendimiento, de los más grandes de cuantos pasos desfilan, motiva que se le tenga armado en la iglesia de la Vera Cruz en una capilla especial. Esto fue lo que le salvó de terminar en el Museo cuando se produjo la requisa de la Academia de Artes de Valladolid, que en 1828 incautó cuantas piezas sueltas de pasos halló en las penitenciales.

Hay crónicas que hablan de 60 hombres para moverlo, pero son pocos para un recorrido largo. Quizá a causa del excesivo peso ocurrió una desgracia que relata Ventura Pérez en su “Diario de Valladolid”, comentando la Semana Santa de 1741: «…el jueves santo al meter el paso grande de la Cruz en su casa, cogieron debajo de él a un hombre, y por aprisa que levantaron el paso le sacaron casi reventado y le llevaron al hospital general.»

Puede ser que a causa de este incidente la gente empezara a conocerle como “el Reventón”, o tal vez sea porque los costaleros que lo llevaban acababan reventados. El caso es que el apodo aún se usa. No fue este hombre el único que murió en la puerta de la iglesia de la Cruz, pues se conserva una macabra crónica del historiador Canesi que dice que unos años antes, en 1674, «…estando Agustín de Valdivieso arrodillado en el umbral de la puerta de este templo, encomendándose al Cristo de la Cruz, llegó uno y le penetró la cabeza con una daga dejándosela clavada en ella, sin que se pudiese mover de aquel sitio…»

( Jesús atado a la Columna, de Gregorio Fernández) (*)

El Cristo atado a la Columna, otra de las maravillas de la iglesia, perteneció a un paso del Azotamiento que tuvo la cofradía y que se desmontó cuando la Academia requisó muchas tallas de pasos debido a su mal estado. Se tallaría antes de 1619, pues en este año la Vera Cruz solicitó al Papa ciertas prebendas para la «insignia y Eccehomo de la columna que la dicha cofradía tiene en su altar de su iglesia.» Siempre ha sido motivo de singular veneración, pues la gran belleza de la imagen atrae las miradas. La gente le dedicó una leyenda que recogió el historiador Sangrador Vítores en su “Historia de Valladolid”. En ella se dice que estando Gregorio Fernández contemplando la talla recién terminada, el Cristo se volvió y preguntó al maestro: “¿Dónde me miraste que tan bien me retrataste?”. A lo que Fernández respondió: “Señor, en mi corazón”.

El desnudo es primoroso, recreándose el autor en arrugas y venas. Trasmite una dulzura y resignación conmovedoras. Sus tristes ojos castaños atrapan la atención e imponen silencio. En todos los tiempos, la llaga de la espalda ha sido objeto de especial culto. Fernández dejó escrito que la había hecho mezclando corcho y sangre cuajada”.

Tras “Platerías”, a continuación incluye Urueña un apartado que denomina “El Ochavo” : “Frente a la puerta de la iglesia de la Vera Cruz se forma un pequeño espacio a modo de placita. Si levantamos la vista, podremos ver en el ángulo de la casa que hace esquina con la calle Rúa Oscura una gran argolla de hierro fijada a la pared, que hace juego con otra que está situada en la plaza del Ochavo, en la casa que hace esquina con Platerías.

( Plaza del Ochavo. Señalada en azul, la casa donde una placa señala el lugar de nacimiento de san Pedro Regalado. Junto a la primera columna de la derecha (en el recuadro), cuelga la argolla donde la leyenda dice que se colocó la cabeza de don Álvaro de Luna) (*)

De la argolla del Ochavo cuenta la leyenda que estuvo colgada la cabeza de Álvaro de Luna, famoso valido del rey Juan II que, víctima de las conspiraciones de sus enemigos políticos, fue condenado y ajusticiado en Valladolid. Nada más falso que esta suposición, pues las dos argollas, la única función que desempeñaron en tiempos antiguos, fue la de sostener las colgaduras que a modo de toldos se colocaban durante la procesión del Corpus. Además, en la época en que se construyeron estas casas, Álvaro de Luna llevaba muerto más de un siglo.

En el edificio que existió donde hoy se alza la casa de la esquina opuesta a la de la argolla del Ochavo, nació san Pedro Regalado, patrón de la ciudad y de los toreros. En sus bajos se encuentra un mesón cuyos comedores son antiquísimas estancias subterráneas.

( Argolla ubicada en la confluencia de las calles de Rúa Oscura y Macías Picavea, la única casa de la zona que resistió el incendio y su reconstrucción. Se considera que es el edificio civil más antiguo de la ciudad, construido a finales del siglo XIV ) (*)

Según cuenta Agapito y Revilla en sus “Calles de Valladolid”, la cervantina plaza del Ochavo fue llamada así por haberse colocado en ella una fuente del famoso viaje de Argales cuyo pilón era ochavado, o sea de ocho lados, decidiendo el Regimiento reconstruir las casas de la plaza coincidiendo con la forma de aquella desaparecida fuente. Según Antolínez, el agua de Argales se la debió Valladolid al convento de san Benito, que era su propietario y cedió su uso público a cambio del mantenimiento de la red de traída. Debió de ser agua de gran calidad, pues un refrán de la época que se refiere a las maravillas de la ciudad, termina citando “los dos portales y el agua de Argales”. (Los dos portales son las fachadas de san Gregorio y san Pablo.)

Por cierto que hay una curiosa anécdota recogida por Ventura Pérez. Ocurrió que, como era costumbre durante las procesiones, en una dedicada a san Félix de Cantalicio las comunidades religiosas levantaron cada una su altar en el recorrido de la comitiva. En el Ochavo, los descalzos hicieron uno que se salía de lo normal, pues era todo a base de estanterías llenas de tiestos y pequeñas tallas. Debió de ser la comidilla de la gente, y los frailes habrían oído comentarios y estarían algo dolidos.

El caso es que se acercó un jesuita al altar y «comenzó a examinarlo con sus anteojos, y notando la simetría de los tiestos y niños y San Juanicos, respondió a la pregunta que le hicieron de lo que le parecía, y dijo: muy buena botica esta;» (o sea, que con tanto bote, le parecía la estantería de una farmacia ) «a lo que respondió muy pronto un descalzo: pues si está buena la botica, púrguese aquí y a cagar a su altar…» Amén.

El clero en tiempos antiguos podía llegar a ser así de agresivo. Ya nos cuenta Pinheiro, testigo presencial en aquel siglo XVII, de los suaves sermones de aquellos predicadores de modos dulces y beatíficas palabras: «Viendo (el predicador) una vieja que tiraba del manto a otra, tomó tanta rabia que, quitándose el bonete, se le arrojó, gritando: “Puta vieja, raída, quítate delante, sino juro a Dios, cara de mona, que te tire (arranque) el pellejo”; e hizo tanta fuerza que cayó del púlpito, y la agarró de las greñas, que aún está gimiendo por ellas…»

Otro seráfico franciscano durante un sermón «…viendo que una pobre moza (prostituta) se enternecía, y que un rufián estaba torciendo los bigotes y amenazándola, comenzó a gritar: “Puto ladrón, quítate delante; dejadme dar con el infante en el infierno, qui ponit obicem Spirutui Sancto. Y tomó la calavera, y se la tiró, con la cruz, a la cabeza…»

¡Santos varones!”

Así acaba Urueña este apartado, que continuará, como veremos la semana que viene, si Dios quiere –o, como escribe mi compañero foramontano Carlos Bustamante, “si Dios es servido”- con la penitencial de Jesús Nazareno, la iglesia de Jesús, que, como ya mencionaba al inicio, también da nombre a la calle.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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