Por José María Arévalo

( Calle e Iglesia de la Pasión. Acuarela de José María Arévalo ) (*)
Juan Carlos Urueña Paredes continúa, en el último capítulo, “Zona de la Plaza Mayor”, del itinerario que sigue en su libro “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, que estamos reseñando, con el apartado que titula “Calle e iglesia de la Pasión”, en la que nos cuenta sobre la cofradía de la Pasión, de la facultad que tenía de liberar a un preso, y se extiende sobre la ejecución de condenados; completamos la información con un artículo de Vallisoletvm sobre calle e iglesia. “La iglesia de la Pasión –escribe Urueña- da nombre a la calle donde se encuentra, que une la Plaza Mayor con la de santa Ana. El pasadizo que se abre a la izquierda del templo es conocido por “calle de la Caridad”, en recuerdo de la cofradía de Paz y Caridad que formaba parte de la antigua penitencial.
Tuvo la Pasión, al igual que la Vera Cruz, una ermita o humilladero situado fuera de la ciudad, pasando el puente Mayor. La iglesia de la Pasión se construyó sobre 1579 y hay noticia de que fue inaugurada por el último abad de Valladolid, el cardenal Alonso de Mendoza, el 18 de marzo de 1581. Su forma actual procede de la sexta década del siglo XVII, tiempo en que la hermandad estuvo formada por una buena cantidad de artistas; sin duda el espíritu innovador que siempre tiene la gente de esta profesión, movió a realizar las reformas que cambiaron su aspecto. Todo ello se hizo en el nuevo estilo barroco ornamental y como anécdota hay que decir que uno de los más entusiastas de la remodelación fue Gregorio Rodríguez Gavilán, nieto del escultor Gregorio Fernández, que pagó de su bolsillo buena parte de la obra.
La iglesia fue declarada en ruina en los años veinte del siglo pasado y a punto estuvo de ser derribada de no ser por la intervención de Bellas Artes y el Ayuntamiento. En 1968 pasó a ser utilizada como una sección del Museo de Escultura donde se exponían sus fondos pictóricos. Fue museo de pintura hasta la pasada década, y hoy está convertida en una moderna sala de exposiciones.
El principal fin de la cofradía de la Pasión era el estricto cumplimiento de su Regla, la cual obligaba bajo juramento a recoger a cuantos falleciesen por una fatalidad en el término de Valladolid, ya sea en los caminos o ahogados en el río, así como ayudar a los condenados a muerte, confortándoles física y espiritualmente. La noche antes de que un reo fuese ejecutado, comenzaban a turnarse los cofrades por parejas para asistirle. Mientras tanto, otros trece hermanos recorrían la ciudad tocando unas campanillas “de muy triste sonido”, y con la frase “hagan bien para hacer bien por el ánima de este hombre que sacan a justiciar”, recaudaban las limosnas que el pueblo les ofrecía. El dinero era entregado a un notario quien lo repartía entre los familiares del ajusticiado, si eran pobres, o destinado a sufragar los gastos que originaban las misas en sufragio de su alma. Según Canesi, en la víspera de la ejecución la cofradía hacía una procesión con un crucifijo hasta llegar a la cárcel, donde el preso era investido con la túnica negra de la penitencial y recibido como cofrade. Los alcaldes en persona le atendían y regalaban en todo cuanto le apeteciera. Se servía al reo su última comida en platos y cubiertos de plata, y antes de morir, se le cubría con un manto negro perteneciente a la imagen de la Virgen de Paz y Caridad.

( Balcón de la iglesia de la Pasión, típico de las iglesias penitenciales) (*)
Después de ajusticiado le bajaban de la horca y esa noche le hacían un solemne funeral. Canesi escribió que después le enterraban en el coro de la iglesia de Santiago, aunque quizá también lo hicieran en el pequeño cementerio que este templo poseía frente a su puerta principal. Este lugar de enterramiento dio nombre a la calle, llamándose “de la Tumba” y hoy conocida como “Héroes del Alcázar”. Canesi dice que se inhumaban en la iglesia de Santiago porque las ejecuciones se efectuaban en su jurisdicción parroquial.
Si el delito era tal que el reo era condenado a ser descuartizado y esparcidos sus restos por los caminos, el día conocido por “Domingo de Lázaro”, el quinto de Cuaresma, salían por la noche los diputados “en preciosos caballos” y tomaban los huesos del infeliz o infelices que previamente habían recogido y depositado en su humilladero. A continuación los llevaban «dos machos en una litera cubierta con balleta negra.»
Finalmente, tras celebrar varios actos, la comitiva llegaba al convento de san Francisco, donde los enterraban en una capilla propiedad de la cofradía o en algunas tumbas que para tal fin existían.
También tenía la Pasión el poder de liberar a un preso, facultad que heredó de la Compañía de san Juan Bautista Degollado, hermandad de Roma que tenía ese privilegio recibido del papa Julio III. Nos ha quedado una relación escrita por el diarista Francisco Gallardo de la asistencia que llevaba a cabo la cofradía a los reos de muerte, en la crónica que se hizo de la ejecución de dos ladrones condenados por la Junta Criminal francesa el año 1811, durante la ocupación napoleónica. Dice así: «No se permitió que asistiese la cofradía de la Pasión, como era de costumbre, a darles la cena, y túnicas, ni que se pidiese por las calles para sufragios, ni tampoco que acompañase por las mismas al suplicio, ni a recoger los cadáveres para darles sepultura, pues sólo lo hizo el verdugo en un carro al campo del Hospital General, sin sacerdote alguno.»

( Iglesia de la Pasión) (*)
La verdad es que aquellos años tumultuosos no se prestaban a ceremonias, e incluso con el verdugo hubo problemas. En el diario de Francisco Gallardo se puede leer: «…por no haber verdugo, se intentó hiciese de tal cualquiera de los reos de gravedad que hubiese en las cárceles; se estuvo con algunos ofreciéndoles perdón y libertad, y ninguno quiso condescender; se intentó lo mismo con algunos pregoneros y también se excusaron, hasta que siendo ya las 12 de dicho día 5 se ofreció un francés por 40 pesetas, un pantalón de lienzo y una chaqueta; Subió a la horca, pero no sabía ahorcar; dio una muerte al reo muy inhumana.»
Las crónicas de estos siglos pasados están llenas de referencias a curiosas aplicaciones públicas de la ley como ésta. Citaremos algunas que, de no ser por su contenido trágico, podrían resultar cómicas. Por ejemplo, el castigo a dos mujeres por alcahuetas, que comenzó por llevarlas a un tablado en la plaza precedidas por música y pífanos; una vez sentadas en sendos bancos, el verdugo empezó el tratamiento: «…las ató los pies, las despojó de la ropa el medio cuerpo arriba, y una después de otra las untó muy bien de miel el medio cuerpo, en seguida las cubrió de pluma, con lo cual y estar peladas la cabeza y cejas a navaja, formaban unas figuras de la mayor irrisón; permanecieron así en dicho tabladillo como un cuarto de hora poco más. Fue innumerable el concurso de gentes por las calles y en la plaza para ver semejantes espectáculos…» Otra joya de lo macabro encontramos en el panegírico que se hace del nuevo verdugo que vino a nuestra ciudad, nada menos que de opositor desde Zaragoza, y que manifestó “destreza y disposición en el arte”: «…y se creyó muy bien que desempeñó cual otro su puesto, porque el reo, metiendo los pies entre un banzo de la escalera de la horca, se vió muy apurado para voltearle sin embargo de los dos o tres empujes que hizo con él, y además dicho verdugo sufrió una mordiscada del reo en una pierna…»

( Apunte, tomado en el Museo de Escultura, del “sayón de la trompeta” del grupo “Camino del Calvario”, uno de los muchos pasos que tuvo la penitencial de la Pasión) (*)
Pero aun siendo verdugos no dejaron nunca de ser funcionarios, y alguno propenso a “hacer el egipcio”, como cuenta Pinheiro: «a los que hurtan, luego aquel día los llevan a la Plaza y los clavan la mano por la carne de entre el pulgar, y así están mucho tiempo; aunque si dan doscientos reales al aguacil, mete el clavo sin tocar en la carne y untan de sangre, como yo lo vi hacer…»
Ampliamos todo ello con el artículo de Vallisoletvm “La Calle de La Pasión”, de Noviembre de 2009, que cita como fuentes “Las Calles de Valladolid”, de Juan Agapito y Revilla y «Valladolid en el Recuerdo» de Miguel Ángel Soria y Angel Allue Horna. Nos dice que fue “Denominada anteriormente «Calle del Pasadizo de Don Alonso», porque en efecto, en ella tenía sus casas principales la linajuda familia de los Niño de Castro, en la cual se vinculó el cargo de Merino mayor de la villa y de la ciudad, y ser Don Alonso Niño de Castro uno de los principales personajes de ella, muy popular y muy afecto a Don Carlos I.

( Desde La Pasión a la Plaza Mayor. Acuarela de J. M. Arévalo) (*)
Luego se construyó en la relacionada calle la iglesia de la Pasión, por su cofradía, compuesta casi por completo de artistas, pintores y escultores, haciéndose el edificio por 1579. Precisamente, por ser cofradía de artistas, quería ir en la vanguardia de la moda y corrientes iniciadas, y en 1666 encargó la decoración de la bóveda de la iglesia al maestro Felipe Berrojo, que era considerado como de los más prestigiosos en su oficio, y al poco tiempo hasta se reconstruyó la fachada, haciéndola de piedra, dentro del estilo barroco, de lo primero que en obra de fábrica se hizo en la ciudad, terminándose en 1672. El edificio mereció ser clasificado de arquitectónico-artístico por Real orden de 10 de Marzo de 1928.
Por tal iglesia se empezó a llamar a la calle «de la Pasión», como se la rotula ye en el plano de 1738. En esta calle nació y vivió, por lo menos, Don Manuel Canesi, autor de una Historia de Valladolid, escrita en el siglo XVIII, que permanece inédita y se guarda en la biblioteca de la Diputación de Vizcaya. Establecimientos de un Valladolid castizo, allí se encontraron, y de entre ellos cabe resaltar la famosa cantina de «El Corcho», en la que además de vino a discrección, se vendian aparejos de pesca de aquellos que solía fabricar el señor Julián el Jaulero en los tiempos en que en nuestro río habia barbos y anguilas y no había nylón ni carretes de lanzar, ni falta que hacían. También, un restaurante, típico por demás, donde el buen yantar estaba a la orden del día, era este de Goyo Soria y de cuya presencia fue testigo esta calle”.
Concluiremos esta reseña del libro de Urueña “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, el próximo día, con la información que nos proporciona sobre la Plaza y convento de Santa Ana.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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