Por Javier Pardo de Santayana

( Andamiaje nocturno. Acuarela de Noemí González en amantesdelaacuarela. blogspot.com. 56 x 76) (*)
Creo que este es mi tercer artículo con la basura como tema principal. Entenderán por qué. El caso es que andamos haciendo muchos cambios grandes y pequeños, y uno de los que afectan a la rutina de nuestro día a día tiene que ver con el famoso reciclaje, generador de un cierto ejercicio intelectual que aboca luego a unas operaciones físicas que poco tienen que ver con lo que se hiciera antes, es decir, cuando todo se echaba directamente a un mismo cubo del que más tarde se ocuparía uno mismo o el portero de la finca para depositarlo en la acera en espera del camión de recogida, ése que nos despertaba en pleno sueño.
Pero el trabajo intelectual que hoy requiere la clasificación de la basura no es desde luego despreciable, pues aunque nuestras decisiones acabarán por ser simple rutina, plantea retos de difícil solución a nuestra lógica; así, por ejemplo, qué es lo que debe hacerse con las bombillas de cristal y metal íntimamente integradas en una sola cosa, o con el opérculo de papel de los yogures. O simplemente con esas bolsas que no sabe uno bien si son o no de plástico. Lo cual convierte el asqueroso hecho de arrojar la basura en algo no tan automático como antes.
Por su parte, el ejercicio físico tampoco es baladí; no digo ya si los desechos proceden de un jardín o de una obra. Basta con tener en cuenta que la brega incluye cuatro bolsas diferentes como mínimo: la de los residuos orgánicos – alimenticios en general y por tanto mal olientes -, la de los envases de plástico y las latas, la de los tarros y botellas de vidrio – desagradablemente pringosos casi siempre – y la de los cartones, periódicos, revistas, y papelería en general. Así que mentiría quien osase sostener que todo sigue igual, ya que es algo a todas luces evidente que este asunto requiere de más tiempo y atención que antaño. Yo desde luego desconozco cómo lo tendrán organizado ustedes en sus casas, pero las idas y venidas que yo mismo he de hacer diariamente a las baterías de contenedores son una de aquellas tareas caseras que exigen mi dedicación y empeño. A veces hasta subo en el coche al lugar destinado a los contenedores con la ventanilla abierta y la bolsa de los desechos orgánicos colgando, y no me he privado de ver como caía dolorosamente encima de mis manos la trampilla del contenedor de los cartones y papeles.
Pero a lo que voy: creo que con esto de clasificar la materia de desecho para reciclarla conformemente a su naturaleza estamos dando por normal algo muy grave, que es meter en un mismo concepto al desecho orgánico y al papel impreso. Hoy mismo, pese a que solo compro el ABC, sus separatas dominicales y, de tarde en tarde, alguna que otra revista conocida, me ha impresionado el peso y el volumen de revistas, periódicos y hojas informativas que, como de costumbre, almaceno para desechar al poco tiempo. Y esto me ha dado la ocasión de preguntarme si no haremos una injusticia lamentable al dar a aquél el mismo tratamiento que venimos aplicando, por ejemplo, a las malolientes raspas del pescado, las cáscaras de pipas o los desbaratados cartones de la leche. Es decir, equiparando lo escrito a la inmundicia.
No nos damos cuenta, quizá, de que con la mayor parte de esos kilos que arrojamos como liberándonos de un lastre, arrojamos al olvido y a la destrucción ignominiosa cientos y cientos de pensamientos, opiniones, datos, historias, fotografías, dibujos y propuestas de todas clases, fruto del trabajo, el sudor – y muchas veces la ilusión – de quienes los crearon y elaboraron empleando para ello su alma y su tiempo. Que sólo uno de esos montones de papel escrito que encaminamos a la destrucción como si nos quemara su fugacidad, y del que apenas aprovechamos una parte mínima, podría haber sido para nosotros mismos, y no digamos para un náufrago solitario o un ciudadano del pasado, una fabulosa fuente de reflexión o de entretenimiento, de estímulo o de conocimiento: un tesoro impagable para degustar toda una vida. Que el movimiento de arrojarlo para que desaparezca como si fuera un desecho indeseable es quizás un gesto obsceno. Algo así como el de quemar un billete de cien euros o arrojar a la basura el retrato de la mujer amada.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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