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Vuelve el «Big Bang»

Tres foramontanos en Valladolid 13 Abr 2014 - 07:29 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Abe Toshiyuki en abety-art.com) (*)

He aquí un notición como pocos, con ribetes cósmicos incluso. Resulta que hemos localizado el estruendo del Big Bang; que aún resuena su eco iniciado hace millones y millones, no digamos ya de años sino de siglos y más siglos. Yo no he oído nada, desde luego, pero, por lo que dicen, ahí está.

Lo cual debiera, sin duda, interesarnos. Ahí es nada; nos dicen que aún avanza por el espacio inmenso la onda generada. Pero, por lo que se ve, a la gente poco la interesa: quizá no se lo crea del todo, digo yo, porque se sale de su dimensión. Y las cuentas del tiempo no suelen ser exactas; además en estas cosas los errores suelen ser de bulto. En todo caso pensamos que poco nos afectará, que el final del mundo no alcanzará a nuestra actual generación salvo que nos llegue el famoso meteorito. Así que tranquilos, que no pasará nada.

Por otra parte, tenemos otros problemas de que preocuparnos. De entrada, en Crimea bien podría generarse, si no una guerra mundial de las de tiros, sí de las otras, sean éstas frías o templadas. Luego está lo de aquí, que es gordo: después de cinco siglos de unidad de España unos venados propugnan su desintegración, que eso si que sería un «big bang» aparte de una animalada. Y quienes hundieron nuestra economía se resisten a admitir que vamos a mejor en vez de reconocer su vergonzosa culpa, así que no hay día en que no haya una manifestación de gente dando voces. Para completar el panorama, no llegamos a final de mes.

Pero aun con todo, esto del Big Bang da mucho que pensar; de esto no cabe duda. Nos dicen, por ejemplo, que la onda expansiva aún está ahí a pesar del tiempo transcurrido; mas, si no estoy equivocado, el ruido necesita de un medio donde propagarse, así que la onda debe ser, supongo – silenciosa. Menos mal, digo yo.

Luego está el tema de la localización, ya que se llega a la fácil conclusión de que el universo empezó en un punto concreto de un espacio inexistente, y eso es difícil de visualizar. Uno podría decir: pues mira, el universo empezó en aquella dirección, o sea entre tal y tal estrella, y a tal distancia de ellas; que la onda viene desde allí precisamente. Sí; allí había una especie de cosita que hizo «¡bang!»- que por eso se llama así el invento – y de ahí salió todo lo que hoy existe y que no se sabe ni donde termina.

Así que uno se pregunta, y esto parece lógico, no sólo qué hacía allí aquel chisme que dio tanto de sí, sino también a qué santo venía su presencia y por qué de pronto hizo lo que hizo y armó la que se armó. Y también cómo su explosión – que esa sí que fue buena y no las de la mascletá – pudo expandirse alrededor si aún no había nada donde hacerlo que yo sepa.

Bueno, uno se pregunta eso y un montón de cosas más. Por ejemplo, cómo aquella partícula insignificante – más o menos del tamaño de una moneda de dos euros – podía contener, no sólo el potencial de todo el universo, sea éste de cuerdas o no y haya sólo uno o varios, sino también todas las leyes y reglas que nos rigen bajo una caótica apariencia. Lo cual incluye el alma de los hombres, la conciencia de ser; que esto ya no encaja ni con calzador.

La conclusión más práctica que saco de todo este aparente sinsentido es que tanto ruido y tantas nueces de nada servirían sin alguien que lo viese, lo viviese, y tomase conciencia de que existe. Que cuanto más creemos saber menos sabemos, pues si todo empezó como nos cuentan, la conclusión es que no sabemos nada de nada ni encontramos razón para lo que ocurrió un buen día sin saber por qué.

En efecto, nada hay más banal y absurdo que una partícula que no sabemos de dónde salió ni lo que hacía en un punto determinado de un espacio inexistente. Por no saber, no sabemos siquiera qué podría ser la nada si es que tal cosa existe. Y, sin embargo, somos conscientes de existir: de esto no cabe duda. Así que cuando hablamos del hombre, y del espacio, y de los astros y los años luz, no estamos describiendo un cuento chino sino una realidad incontestable. Hasta podemos constatarla pellizcándonos.

Yo digo que si nosotros mismos somos un subproducto del Big Bang hecho entorno de tierra, agua y atmósfera, debemos asombrarnos del provecho que hemos sacado de una explosión tan aparentemente inútil. Todo cuanto necesitamos salió de esas tres únicas sustancias: incluso el lujo de sentir, de amar, y también de contemplar la Creación, para encontrar en ella felizmente una mano divina que lo explica todo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7198/13495477444_f517c8c05a_o.jpg

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