Por José María Arévalo

( Plaza de Neptuno, Madrid. 2012. Acuarela de Javier Zorrilla en acuarelasjavierzorrilla. blogspot.com.es) (*)
Veíamos la semana pasada el revuelo que ha causado el libro de Pilar Urbano “La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar”, aunque según los entendidos no añade nada que no se supiera ya, y ha sido quizá la forma novelada que le ha dado lo que ha hecho más asequible la historia. Lo cierto es que para el pueblo llano ha sido una revelación lo de que en realidad el golpe de Tejero dio al traste con la llamada “Operación De Gaulle” a la española, “Operación Armada”, un intento de éste general de forzar que las Cortes aprobaran, aquel 23 F, un Gobierno de salvación, con él como presidente, Felipe González de Vicepresidente y ministros de UCD y hasta Santiago Carrillo, saltándose el proceso electoral, y con anuencia de los nominados. Reproducíamos el texto del libro que explica cómo se fraguó este otro golpe pseudo-democrático.
Quizá lo más increíble, por asombroso, sea que la izquierda, en la oposición entonces, se sumara a esta operación que impidió Tejero porque él quería un Gobierno solo de militares. Aunque Felipe González ha desmentido lo que cuenta Pilar Miró, lo cierto es que ya se ha reconocido esa intentona por los propios socialistas, que cuando Suárez va a dimitir poniendo así en jaque la “Operación De Gaulle”, tratan de impedirlo, como veremos ahora rn la narración de “La gran desmemoria”. El otro punto clave de esta historia es cómo Armada mueve al grupo de Milans del Bosch para que el ruido de espadones justifique su “Operación” de salvación nacional, la “Operación De Gaulle”, que cuando se le va de las manos y se encuentra a Tejero pegando tiros en las Cortes, todavía trata de recuperar, intentando convencer al coronel golpista de que le admita como salvador. Vamos a ver el primer capítulo de los dos, para mi gusto los más sabrosos del libro, y dejamos el segundo para otro posible artículo.
Cuenta Pilar Urbano cómo el 26 de enero Suárez comunica al Rey que va a dimitir y que lo anunciará en el próximo-inmediato Congreso de la UCD, y la reacción de los socialistas para impedirlo, precisamente porque aquella dimisión dejaba sin sentido la “Operación De Gaulle”, que es lo que precisamente buscaba Suárez. Tras explicar la reunión de Suárez , ese mismo día, con los “barones” para darles la noticia, prosigue: “A las tres de la madrugada se declaraba una huelga de controladores aéreos. Disparatada por lo que exigían —un aumento salarial del 46 por ciento, casi la mitad del sueldo—, apresuradamente organizada, y respondiendo a una estrategia política que nada tenía que ver con las condiciones laborales de los controladores ni con la negociación que venían sosteniendo desde hacía casi dos meses. Fue una huelga inducida. Sin aviso, repentina, adoptada entre los comités sindicales de Palma, Barcelona y Madrid, y luego extendida a todo el espacio aéreo nacional. Tan sorprendido estaba —o eso decía— el ministro responsable de Transportes, José Luis Álvarez, como los propios controladores de vuelos ante la consigna de los de la UGT: «Aguantad, aguantad el tipo. Aunque os den el oro y el moro, no pactéis… Continuad, no cedáis, obtengáis lo que obtengáis… Vosotros, como los chicos del Mayo francés: ¡pedid lo imposible!»
Era un parón artificial, urdido entre el PSOE y la UGT.[25. Información coincidente de diversas fuentes: Josep Melià, Aurelio Delgado, Andrés Cassinello, Pablo Castellano (PSOE), Jaime Lamo de Espinosa y Salvador Sánchez-Terán. Véanse los pormenores en Melià, Así cayó…, ob. cit., pp. 81-84; Pilar Urbano, «Felipe a la espera» y «El gesto ético», en Hilo Directo, ABC, 28 y 30 de enero de 1981 respectivamente; y explicaciones del ministro de Transportes José Luis Álvarez.] Es interesante subrayar que, sin embargo, la huelga se suspendió, los vuelos se reanudaron en cuanto los maquinadores dieron la orden; y sin conseguir nada de lo que reivindicaban. Incluso sin saber exactamente qué reivindicaban. «A la hora de la verdad, los controladores pedían la luna o no pedían nada del otro jueves», explicaba un miembro del Gobierno.[ 26. Jaime Lamo de Espinosa a la autora.]
Entonces, ¿cuál era la intención?, ¿qué pretendían? Algo tan simple y tan «político» como retrasar varios días el II Congreso de la UCD que debía celebrarse en Palma de Mallorca del 2 al 4 de febrero, impidiendo que llegaran a Palma desde toda España los 1.290 compromisarios, más secretarias, ayudantes, servicios de seguridad, escoltas de los ministros, etc. El único modo de retrasar el Congreso, cuando todas las habitaciones hoteleras, los vehículos, los caterings y el auditorio estaban reservados, era provocar un impedimento insoslayable. El menos traumático, el menos lesivo: cerrar el tráfico aéreo durante equis días. Los necesarios para… hacer tiempo. «Hacer tiempo», ¿para qué?
Adolfo Suárez hizo el primer anuncio de su dimisión sólo entre sus colaboradores íntimos de despacho y los barones de la UCD, instándolos a guardar secreto. Sí tuvo interés en que por un zigzag oficioso le llegase al Rey. Era lógico para Suárez hacer la comunicación formal al inaugurar el Congreso de Palma, el día 2. Y así lo había acordado con los notables del partido. Ahora bien, quienes estaban detrás de la Operación Armada —más de medio Parlamento, altos barandas de la patronal CEOE, banqueros, agentes del CESID, militares del complot y el general Armada en primera persona— necesitaban tiempo para presentar en la Secretaría del Congreso de los Diputados la petición de la moción de censura contra Suárez, con sus treinta y cinco firmas de respaldo, recolectar los 176 votos y los restantes hasta 234 para investir al candidato de consenso, «el general independiente y de prestigio»; acordar el programa y los miembros del futuro Gobierno de concentración, preparar los discursos, repartir las intervenciones de los oradores… Y, sobre todo, que esa doble liturgia de censura e investidura pudiera celebrarse en sesión plenaria de Cortes. Pero se daba la circunstancia de que justo en aquellas fechas, y hasta el 10 de febrero, las Cámaras estaban inactivas, en período vacacional de sesiones. Ése era el quid que lo entorpecía todo.
Se especuló mucho con que la «mano negra» que organizó la huelga de controladores pretendía trastocar los planes que pudiera albergar Suárez, pues algunos se maliciaban que aquel simple anuncio dimisionario era una treta embustera del presidente para provocar un marasmo, una conmoción, un desconcierto ante la pérdida del líder en plena cita congresual, a fin de salir relanzado en olor de multitudes y, con esa exaltación por parte de su gente, empavonar su deteriorado prestigio, reafirmar su liderazgo sobre los críticos derechizantes o izquierdizantes, e impartir un nuevo código de comportamientos.
Para quienes pensaban así, el retraso del Congreso obligaría a Suárez a «retratarse»: pasar de las palabras a los hechos y oficializar ante el Rey la dimisión. Para otros, que malpensaban en la misma línea, si Suárez decidía aguantar con su «amago de dimisión» hasta el día incógnito en que se reanudasen los vuelos y en Palma hubiera disponibilidad hotelera en tal cantidad, el mero paso del tiempo disiparía la conmoción inicial, amortiguaría el sentimiento huérfano, enfriaría el impacto, y dentro del partido empezaría el torneo entre los candidatos rivales. El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Por tanto, el revival de Suárez por aclamación quedaría en «lo que pudo haber sido y no fue». El soufflé nunca sube dos veces.
Pero se equivocaban los malpensantes. Adolfo Suárez era el primer interesado en galopar tomándole la delantera al almanaque. El lapsus del Rey, discutiendo en La Zarzuela por la tarde del 22 de enero —«no se pueden disolver las Cámaras si está en trámite una moción de censura»—, unido a las noticias fragmentarias que había ido sumando, le situó ante la jugada de la moción de censura que le preparaban. Y desde ese instante empezó a calcular los plazos de modo que, cuando se reanudase la actividad parlamentaria, él estuviera ya muy lejos, de vacaciones en Panamá; o, en el peor de los casos, de figura decorativa, como presidente en funciones, dimitido voluntariamente y, por tanto, no censurable.
Y algo más tranquilizador aún: contando ya con un candidato natural para la presidencia del Gobierno, elegido entre los órganos del partido en el poder; no buscado en ningún zoco de ocasión, ni gestado en ninguna operación de los servicios de inteligencia sobre alfombras palaciegas.
Por todo ello, Adolfo Suárez era el único que tenía prisa en que su dimisión fuese un hecho en el BOE. Y sometió al comité ejecutivo de la UCD a sesiones maratonianas de debate y votación del sucesor. Tundas extenuantes de diez y quince horas, hasta las cinco de la madrugada, insomnios, ceniceros repletos y cafés cargados. Así, entre el lunes 26 y el jueves 29, se dio conocimiento formal de su renuncia, y de la persona elegida para relevarle como sucesor, a los órganos directivos del partido, a Su Majestad el Rey, al Gobierno, a los líderes de los otros partidos políticos, y al pueblo soberano con un mensaje televisado del propio Suárez. Literalmente, su cabalgada a galope tendido le ganó la carrera a los del espacio aéreo.
Armada y todos los que por esa gatera pensaban acceder oscuramente al poder, saltándose el turno y retorciendo la norma constitucional, se quedarían en el andén. En estas estratagemas de artificio, es inevitable que algún personaje que pretendía moverse en lo gris, aparezca sin querer en la foto. Eso le ocurrió a José Luis Álvarez, titular del Ministerio de Transportes, del que dependían los vuelos y los controladores. Podía comprenderse que el ministro de Transportes no se enterase de la huelga hasta su anuncio público; pero no resultaba tan comprensible su carencia de recursos para remediarla, o para militarizar unos servicios mínimos, o habilitar unos jumbos en tiempos y rutas estratégicas reservadas para emergencias, mientras se negociaba el arreglo.
Álvarez, democristiano vitola de oro, crítico con Suárez desde las entretelas, estaba en la operación del golpe de timón que perseguía Armada. Su nombre aparecía incluso en la lista de Gobierno que Armada mostró a Tejero. [27. «José Luis Álvarez era contrario a la continuidad de Suárez. Estaba en contra de Suárez y en la Operación Armada», ibídem.] Y fue uno de los personajes civiles a quienes Armada, recién destinado ya en Madrid, visitó el día 12 de febrero: «Fui a verle en su despacho del ministerio, pues el ministro me había llamado y deseaba verme.» Y eso, en una jornada de especial saturación para Armada. Según su agenda, por la mañana asistió en Barajas a la despedida con honores a los restos de la reina Federica, trasladados a Grecia. Allí saludó a los Reyes y a varios ministros. A continuación tuvo varias actividades oficiales; entre otras, su propia toma de posesión del nuevo destino en el Cuartel General del Ejército; luego, una reunión del Consejo Superior del Ejército. Y aún le quedó tiempo para acudir a la llamada del ministro de Transportes. Eran los días en que Armada intentaba reimpulsar su operación e impedir la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, pese a que ya era presidente in péctore, designado por el Rey. Sólo faltaba la votación en el Parlamento.
Otra figura que aparecía en la foto, aun moviéndose en lo gris, era la de Alfonso Guerra. Le delató su talento de estratega. Tras el pistoletazo de la dimisión de Suárez, la reacción de los líderes políticos se centró en Suárez, su discurso, las causas y las consecuencias de su dimisión, si el Ejército habría presionado, si el Rey habría borboneado, si el ducado de Adolfo era un premium mayor o menor que el marquesado de Torcuato… Hablillas, en fin. Sólo un dirigente político salió por otro registro. Alfonso Guerra. Con esa dimisión a quemarropa, oficial y pública, la Operación Armada perdía su sentido… y su oportunidad. Salvo que un fracaso de Leopoldo Calvo-Sotelo en su investidura deparase la ocasión de investir al «general de prestigio» con su concentrado de ministros. Pero… el Parlamento estaba de vacaciones. Y, mientras unos afilaban sus jabalinas contra la nueva bicha, Calvo-Sotelo, «representante icónico de la derecha reaccionaria y centralista»,[28. «Comunicado del PSC-PSOE», en ABC, 31 de enero de 1981, p. 8.] o los patronos catalanes del Foment del Treball, los amigos de Tarradellas, reclamaban «un Gobierno con autoridad en el que tomen parte figuras de probada experiencia económica y pertenecientes a la España real»,[«Patronal catalana: “El continuismo debe ser rechazado”», en ABC, 31 de enero de 1981, p. 8.] fue el lince Alfonso Guerra quien solicitó «la urgente convocatoria de la Mesa del Congreso de los Diputados para que la vida parlamentaria, suspendida por período vacacional, se reanude de inmediato». Obvio. Faltaba el escenario para la operación. A veces, el que se mueve sí sale en la foto.[ 30. Fuertes presiones influyeron en la decisión del presidente Suárez de presentar su dimisión irrevocable», en El País, 30 de enero de 1981.]
«Sabino, que éste se va»
La estrategia dimisionaria de Suárez buscaba el efecto sorpresa y requería pulso en el control de los tiempos. Trabajo de relojería. Todo debía ocurrir antes de que las Cortes reanudaran su actividad. Al no poder mantener el tema en secreto sine díe, hasta que los controladores o los señores que mueven los hilos decidan que se puede viajar a Palma sin riesgo, Suárez se ve forzado a anunciarlo «en seco» al partido, al Gobierno, al Rey y al país, desde Madrid y a velocidad exprés. Setenta y dos horas. Elige una fecha, el 29 de enero, jueves, a última hora de la tarde, cuando los diputados —de vacaciones y comenzando el fin de semana— estén dispersos en sus lugares de origen, y sea muy difícil que los de la Operación Armada recolecten no ya las firmas para presentar la moción de censura, sino los votos para respaldarla. Ha preparado el suministro de la noticia de modo que no trascienda de la cúpula del partido y de sus colaboradores de La Moncloa; pero sí quiere tener unos testigos, amigos y no tan amigos, que lo sepan con antelación de modo que el Rey no pueda jactarse de haber forzado su salida. Quiere que el Rey sea el último en enterarse, precisamente «porque nadie me echa, me voy yo». De ahí su insistencia en que «no digáis nada, porque aún no se lo he comunicado al Rey». Tampoco descarta, más bien lo espera, que en el momento de la verdad el monarca intente retenerle. Incluso por motivos prácticos. Como los señores de la huelga, «equis días», «hacer tiempo».
Dicen los comentaristas que lo de Pilar Urbano en su nuevo libro, “La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar”, no es novedad, que ya estaba escrito aquí y allá. Pero con tal lujo de detalles, sinceramente, no lo creo. A lo mejor volvemos sobre algún otro momento de esta historia tan increíble pero real, como la vida misma, la de los dos golpes de Estado del 23 F, mutuamente frustrados.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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