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Los lunes, revista de prensa y red

Tres foramontanos en Valladolid 02 Jun 2014 - 07:21 CET
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“Isla de decencia”, de Alfonso Ussía, y “Las redes”, de Antonio Burgos

( Viñeta de Sansón en El Norte de Castilla el pasado día 8 de Mayo) (*)

ISLA DE DECENCIA

Artículo de Alfonso Ussía publicado en La Razón el pasado día 12 de Mayo

Asistí el pasado sábado a la Jura de Bandera de personal civil celebrada en el Palacio de Buenavista, Cuartel General del Ejército. Dos centenares de españoles besaron la Bandera de todos ante un batallón del Regimiento Inmemorial del Rey. En el centro de Madrid, una isla de decencia, patriotismo, servicio, heroísmo y ejemplo. Presidió el acto, por última vez, el Segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército, el teniente general Jesús Carlos Fernández Asensio, uno de esos generales cuyo paso a la reserva no desea ni celebra ningún militar. Artillero, inmediato a sus subordinados, siempre positivo, respetuoso sin establecer diferencias, con toda la milicia a sus espaldas y una inteligencia privilegiada. Cuarenta y cinco años al servicio de España y de los españoles, incluidos los españoles que no quieren serlo y los que recelan desde su abominable sectarismo de la decencia pública y activa que caracteriza a los militares. Después de cuarenta y cinco años de cumplimiento del deber, de compromiso con España, de sacrifi cios y riesgos, de estancias prolongadas en misiones de guerra y de confl icto, y de una vida entregada al amor de una Patria que no siempre les corresponde, el general Carlos Asensio, como tantos otros hombres de uniforme, resigna su responsabilidad y se va a su casa, sin una nube en su pasado, sin una mancha en su historial y sin un euro en el bolsillo.

Pensaba en todo esto mientras las Banderas, las formaciones y el público que abarrotaba el patio central del Palacio de Buenavista recibían emocionados al general en su llegada. La Jura, el homenaje a los caídos, los versos capados por la tijera ridícula en tiempos de José Bono como ministro de Defensa, la emoción suprema del Toque de Oración, las palabras del coronel del Inmemorial del Rey, el desfile y el concierto. Cuarenta y cinco años de servicio, de deberes cumplidos, de honestidades asumidas, y ahí termina todo, aunque la vida se mantenga. Una mayoría alarmante de los políticos y ejecutivos de empresas públicas y privadas celebran sus jubilaciones con indemnizaciones, cargos y compensaciones de millones de euros. Algunos de ellos de millones de euros de sus carteras ministeriales, ayuntamientos o empresas arruinadas por ellos mismos. Los militares se van con lo puesto después de haber hecho por España todo lo que los demás hicieron en su propio beneficio.

Mientras todo ocurría, sentía la emoción del general Asensio, firme por última vez sobre el podio de la máxima autoridad. Por su cabeza pasaban, sin lugar dudas, las imágenes de su vida. De la Academia de Segovia, que está de aniversario de dos siglos y medio, de sus compañeros caídos y ya escapados de la vida, de sus empleos y sus destinos, de sus misiones de riesgo, defendiendo en primera línea a los que disfrutan con su desprecio y su buena vida los sacrificios de los hombres de armas. Mientras todo ocurría, a un centenar de metros, en el abrazo de Alcalá con la Gran Vía, se oían los gritos de unos manifestantes que se sentían estafados por los poderosos, o de unos sindicalistas que insisten en no ver a sus dirigentes como responsables directos de sus desdichas. En la isla de decencia, se oía el Sitio de Zaragoza, el Soldadito Español y las Corsarias. Un gran general se despedía.

Buenos vientos, Carlos. Tengo el honor de ser tu amigo. Que todo lo que has hecho por España te ayude de ahora en adelante. Tu fuerza y simpatía arrolladoras te acompañarán siempre. Que el sol brille templado sobre tu descanso y que los españoles de bien agradezcan tu trabajo y honestidad. Buenos vientos, «Chino», mi general.

LAS REDES

Artículo de Antonio Burgos publicado en ABC el pasado día 14 de Mayo

Me pasa como a Cervantes, que leía hasta los papeles que el viento llevaba por las calles, y no recuerdo ahora, de las cien gacetas que llegan a casa cada día, dónde he leído lo que tampoco recuerdo quién ha dicho: que tras la invención de la rueda el más importante descubrimiento de la Humanidad ha sido Internet. Hombre, «tampoco es pá ponerse así», que diría la chirigota de Los Borrachos. Después de la rueda, no sé; pero tras la imprenta desde luego que es el máximo descubrimiento. Y no está sujeto a ningún control. Todos los medios de divulgación fueron inmediatamente controlados por algún poder al ser creados. Cuando la imprenta dejó obsoletas las copisterías monacales de libros de los frailes pendolistas, la Iglesia y los reinos controlaron el invento de Gutemberg. El «nihil obstat» y el «imprimatur» son casi tan antiguos como la imprenta. Cuya libertad en España no vendría hasta las Cortes de 1812: Cádiz tuvo que ser con su Caleta plateada…

Al inventarse la Radio, los Estados la controlaron inmediatamente. Los gobiernos asignaban permisos y frecuencias de emisión, como las EAJ de España. Aún recuerdo aquel indicativo de mi infancia, que brindo a mi amigo Antonio Hernández Rodicio: «Aquí EAJ-5, Radio Sevilla». Sí, las emisoras tenían nombres como para ser escritos en la cola de un avión, no para lanzados a las ondas. Y cuando vino la Televisión, los Estados, bien preparados en el control de la radiodifusión, tampoco se dejaron escapar el invento. Hasta tal punto que, en el caso español, la Televisión fue un apéndice del poder político, que la mantuvo en el monopolio de la titularidad pública hasta la Restauración de la Monarquía con Don Juan Carlos (si no hubiera habido II Restauración no hubiera sido posible la I Transición.)

Pero no sé por qué, será porque los gobiernos no manejaban las nuevas tecnologías o no les dieron importancia y creyeron que eran unos chalados con sus locos cacharros de CompuServe, Internet fue y es el primer medio de comunicaciòn masiva que nace y se desarrolla en completa libertad, sin control alguno por parte de los poderes pùblicos, salvo las hodiernas excepciones de China, Corea del Norte, Cuba y otros «paraísos» venerados por la progresía. Progresía que, con más vista estratégica que todo poder constituido sobre la tierra, se ha hecho dueña y señora de Internet. Hablo especialmente de ese medio cada día más potente, que se escapa de las manos como aprendiz de brujo y que tiene nombre de restaurante de pescado y marisco frecuentado por los barandas mangones de la UGT: Las Redes. Sociales, naturalmente. ¿Sociales o socialistas? Del PP desde luego que no son las redes. Ciertas redes. Porque yo creo que hay al menos dos niveles perfectamente distinguibles en esa redes, y hablo ahora más de Twitter que de Facebook. Hay una red digamos institucional, donde puedes leer inmediatamente las noticias de última hora de periódicos, radios y televisiones con toda solvencia o los comunicados de los organismos oficiales. Ese Twitter es como un periódico que te configuras a tu gusto y que te tiene informado al momento. Una maravilla. Tan inmediato, que cuando pones Radio 5 de RNE en un boletín horario, las noticias que oyes ya se te han quedado viejas. Las has leído hace más media hora en Twitter.

Pero junto a esa red de servicio público o de comunicación cultural está el Puerto de Arrebatacapas de la jungla, de la selva. De las hordas y las turbas de Twitter. Que existen. Anónimas. Cobardes. Incalificables. En bastantes casos, delictivas. Me avergüenzo del género humano al leer los mensajes monstruosos de las hordas en Twitter tras el asesinato de la leonesa Isabel Carrasco. Aún estamos a tiempo de que al igual que hay una Fiscalía Anticorrupción, una Fiscalía Antibasura persiga a las delictivas hordas anónimas de la cobarde chusma antisistema que virtualmente se ha adueñado de invento tan maravilloso como Facebook o Twitter.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7360/14000090210_00a5fcdd75_o.jpg

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