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La madurez de nuestra Monarquía

Tres foramontanos en Valladolid 13 Jun 2014 - 07:29 CET
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Por José María Arévalo

( Viñeta de Borja Montoro en Libertad Digital el pasado día 2) (*)

En estos momentos tan relevantes en la historia española, me han llamado mucho la atención, hasta el asombro, dos reacciones ante la abdicación del Rey, diferentes en su contenido pero que tienen en común una gran irracionalidad: la del Presidente Mas – podría decirse que la del gobierno autónomo catalán- y la de Cayo Lara, líder de Izquierda Unida –y en general del conjunto de la izquierda republicana-. Supongo que no he sido el único en reaccionar así y que los comentarios políticos en la prensa habrán abundado directa o indirectamente en esta misma reacción; no he querido comprobarlo hasta recoger aquí una más personal impresión en un momento verdaderamente trascendente como es este de, más que una “segunda transición” en nuestro país, que así lo han calificado algunos titulares, de la llegada – constato particularmente – a la madurez de la institución monárquica democrática española.

No se puede hablar ahora de transición análoga a la que nos consiguió el rey don Juan Carlos al proporcionarnos, con un auténtico parto de las montañas, un régimen democrático tras casi cuarenta años de franquismo; algunos lo quisieran, otro cambio radical de la estructura de nuestro Estado, pero eso de momento no aparece ni en el horizonte más lejano, porque, ahora como entonces –esto sí- los españoles queremos paz y estabilidad, porque no olvidamos –contra lo que creen algunos agoreros- las vicisitudes traumáticas vividas por nuestros mayores en y entre las dos repúblicas.

Los que quieren ese cambio radical, bien de régimen monárquico a republicano, bien de estado de las autonomías a independencia de algunas de ellas, si fueran verdaderamente democráticos, tendrían que respetar la voluntad de la mayoría de los españoles en la transición, y plantear la nueva transición en las Cortes, pero contando con suficiente mayoría obtenida en las urnas, no subrepticiamente, como acaba de hacer, por ejemplo, el partido socialista en Extremadura, no se sabe bien para qué si no es para hacer reír, cuando la cuestión no tiene ninguna gracia.

El señor Mas ha venido a dar la bienvenida al nuevo Rey, diciendo que espera un nuevo talante con él para afrontar nuevas soluciones a la cuestión catalana. Parecía aceptaba sinceramente a Felipe VI como rey de todos los españoles, también de los catalanes, pero lo plantea con vistas a escapar de su monarquía. O es un irracional o un hipócrita.

Y el señor Cayo Lara pide un referéndum sobre la forma de Estado antes de la elevación al trono del nuevo monarca. Porque, dice, la democracia está por encima del derecho de sangre. La democracia, señor Lara, está por encima de la voluntad de una minoría de convocar una consulta popular cuando y como a ustedes les de la gana. Claro que el PC, al que sucedió IU, nunca fue democrático, y estuvo a punto por ello de quedar marginado en la transición, siguiendo el ejemplo de lo que hiciera Alemania tras la segunda guerra mundial; y así hubiera sido si el rey don Juan Carlos no se hubiera empeñado en ser rey de todos los españoles, también de los comunistas. Y también gracias –parece-, a que el PSOE se negó a entrar en el consenso si no participaba el PC, todo hay que decirlo. La irracionalidad de IU me asombra, cuando fue el señor Carrillo uno de los elementos claves para que la transición pacífica del franquismo a la democracia se llevara a cabo por la Monarquía; una monarquía recién restaurada entonces por voluntad del propio Franco. Da la impresión ahora que los del PC se vieron obligados a participar en aquella transición, y ya quieren dar marcha atrás forzando con una segunda. Y que otro tanto les ocurre a algunos socialistas también, como demostró ZP con su lanzamiento de la “memoria histórica”, que sigue minando aquel consenso inicial que hizo posible el Rey de todos los españoles.

Eso de que la democracia está por encima del derecho de sangre, a pesar de la bufonada en que consiste, me ha llevado a buscar algún ejemplo que sirva a los jóvenes, que dicen ahora las encuestas que no son monárquicos -¿y cuándo lo hemos sido los mayores?- a entender el por qué de la institución. Es cierto que si no se mantuvieran en nuestra civilización occidental varios casos de prestigiosas monarquías, podría parecer verdaderamente anacrónico esto de contar con un jefe del Estado no elegido democráticamente. Pero no es el único caso de designación no electiva; e incluso el recurso a la elección por el parlamento está ahora cuestionado, porque la división de poderes – esencial para el funcionamiento democrático- se ha comprobado queda bastante neutralizada cuando el judicial depende del legislativo y el ejecutivo.

Efectivamente, uno de los defectos del sistema republicano es que el Jefe del Estado, que representa a la nación, a todos los ciudadanos, no sea independiente de los partidos. Cuando el Jefe del Estado tiene funciones ejecutivas, como en los regímenes presidencialistas, tiene sentido que sea propuesto por el partido mayoritario; pero cuando no gobierna, sino solo representa formalmente a la nación, lo lógico es que sea ajeno a toda adscripción partidista. Recordemos también el problema de la posible concurrencia de presidente y jefe de gobierno de distintos partidos, por causa de periodos electivos distintos, como les ocurrió no hace tanto a nuestros vecinos franceses.

Y es que la democracia no excluye que haya instituciones que podríamos llamar aristocráticas, incluso las necesita para ser auténtica. La representación indirecta, a través de procuradores, en lugar de la votación popular de las decisiones –cada vez más posible técnicamente- no deja de ser un procedimiento aristocrático. Y lo vemos en el caso de los jueces, pero también ocurre en otros casos, como el de los ex-presidentes del Gobierno, que, cuando cesan, pasan a ser automáticamente miembros del Consejo de Estado. El Consejo de Estado no siempre fue una institución meramente consultiva, sino que tuvo funciones de gobierno y judiciales; con la Constitución de 1812 se configura como órgano de control del poder del monarca, que precisaba la aprobación del mismo para algunos actos, y solo es en 1904 cuando se convierte en órgano meramente consultivo. Y aun así, a nadie se le escapa la importancia actual de los informes previos del Consejo de Estado, y nadie tampoco cuestiona su composición mayoritariamente aristocrática, con los ex-presidentes del Gobierno, los Directores o Presidentes de las Reales Academias, etc.

En fin, aunque he escrito estas líneas un poco atropelladamente, movido por lo injustas que me parecen las reacciones antimonárquicas y antiespañolas que estamos sufriendo más acusadamente estos días, creo sinceramente que tenemos que ser menos viscerales y procurar una mayor reflexión sobre nuestras instituciones y su funcionamiento, porque nos va mucho en ello. Y conste que estoy a favor de fomentar la representación más directa, por ejemplo con listas abiertas, y considerar la posibilidad de ampliar el uso de las consultas populares y la utilización de comunicaciones informáticas para recoger la opinión popular, como se está poniendo de moda en algún país nórdico; pero con las debidas garantías y cautelas. Y desde luego, acordado en Cortes, no en asambleas improvisadas como las de los perroflautas en la Puerta del Sol.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm6.staticflickr.com/5581/14372447663_2fae2768fc_o.jpg

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