Por José María Arévalo

( Coronación de la Virgen. 1591-1592. Óleo de El Greco en el Monasterio de Guadalupe. 105 x 80) (*)
La semana pasada el Museo del Prado abrió una gran exposición, con motivo del IV centenario del fallecimiento de El Greco (Candía, Creta, 1541-Toledo, 1614), que muestra la importancia que el redescubrimiento de la figura del pintor cretense tuvo para el desarrollo de la pintura de los siglos XIX y XX, con una selección de 25 obras del maestro cretense junto a más de setenta obras modernas, que quiere poner de manifiesto la complejidad y riqueza de su influencia en un periodo de transformaciones radicales de la pintura.
Sin perjuicio de comentarla en su día, nos ha parecido de interés, en este homenaje que estamos dando en nuestro blog al gran pintor manierista, dedicar este cuarto artículo a cómo fue rescatado del olvido en el siglo XIX, y cómo, después de haber sido despreciado en los siglos anteriores, se produjo – en expresión de Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, presidente de la Fundación El Greco 2014 – “la recuperación de la figura y la obra de un artista que tres siglos después de su muerte llegó a alcanzar la repercusión internacional que no tuvo en vida. Fue entonces cuando adquirió la consideración de antecesor del arte moderno y se alzó como precursor del arte de las vanguardias, que tanta importancia han tenido en el desarrollo de la cultura contemporánea”. Y para ello vamos a reseñar el libro ahora editado por Marcial Pons y CEEH, “El descubrimiento del Greco. Nacionalismo y arte moderno (1860-1914)” de Eric Storm.
En prólogo al libro, Gregorio Marañón resalta cómo esa recuperación se culminó hace casi un siglo, con la celebración del III centenario del fallecimiento del Greco. “En pocos años el cretense fue rescatado del olvido, y gracias a un debate que implicó a destacados intelectuales europeos en interpretaciones muy diferentes – en ocasiones opuestas y contradictorias – logró un protagonismo histórico-artístico que Eric Storm describe magistralmente en este libro. Su publicación en esta coedición de Europa Hispánica y Marcial Pons es verdaderamente oportuna, pues refleja el interés que despertó la obra del Greco en unos momentos decisivos para la historia del siglo XX, explicando a la vez el proceso que convirtió al pintor en un auténtico mito e hizo de la ciudad de Toledo una etapa capital del turismo cultural español”.
En un segundo prólogo, Carlos Pascual y José Luis Colomer añaden que “pocos maestros antiguos han conocido un estrellato moderno tan fulgurante y polémico como el del Greco. Caído casi en el olvido después de su muerte, durante mucho tiempo denigrado por extravagante e incluso calificado de loco, el cretense fue redescubierto en la segunda mitad del siglo XIX por sucesivas generaciones de estudiosos y pintores que vieron en él a un adelantado a su época y lo situaron entre los grandes del panteón artístico. Édouard Manet, Paul Cézanne, Pablo Picasso y Jackson Pollock –entre otros muchos– admiraron la audacia de su genio y rindieron homenaje a la intensidad de sus inusitados colores, el arrebato expresivo y la extraña estilización de sus temblorosas figuras. Durante varios decenios el autor del Martirio de san Mauricio y El entierro del conde de Orgaz sirvió de bandera común a credos estéticos e ideológicos de distinto signo. Sin embargo, como bien muestra Eric Storm en este revelador ensayo, el Greco fue entendido de muy diversas maneras por sus nuevos y entusiastas defensores:
Si para unos fue precursor de un realismo español opuesto a la belleza idealizante del Renacimiento italiano, otros por el contrario lo exaltaron como inventor de un lenguaje estético subjetivo, capaz de plasmar visiones poéticas y simbólicas. Mientras aquéllos lo convirtieron en el representante por excelencia de una escuela nacional, identificando en sus obras el alma de España, éstos a su vez apreciaron la personalísima síntesis de una formación greco-bizantina con las decisivas estancias en Roma y Venecia y su posterior aclimatación al entorno toledano”.
Por su parte, Eric Storm, en la Introducción de “El descubrimiento del Greco”, comienza los momentos claves del descubrimiento de El Greco, por una exposición alemana de principios del siglo pasado, para remontarse después a otra anterior de la Secesión de Viena sobre el impresionismo francés; la retrospectiva que dedicó al Greco, cinco años más tarde, el renovador Salón de Otoño de París, y así retrotraerse hasta 1860, en que comienza la revalorización de El Greco.
“El 25 de mayo de 1912 –escribe Storm- se inauguró en Colonia una exposición pionera de arte moderno. Por primera vez, el público alemán pudo conocer a gran escala las últimas corrientes artísticas del país y del extranjero y, sobre todo, las obras de los fauvistas y cubistas, que tanta sensación estaban causando en París. Además de una amplia panorámica de la obra de precursores como Cézanne, Van Gogh y Gauguin, en la exposición del Sonderbund se podía ver un gran número de cuadros de célebres vanguardistas como Matisse, Picasso y Kandinsky. Curiosamente, entre las obras contemporáneas se encontraban también dos cuadros de finales del siglo XVI, ambos pintados por el Greco.
Su San Juan Bautista estaba en una sala en la que sólo había Picassos, mientras que el otro cuadro se encontraba en una de las salas dedicadas a Van Gogh. El mensaje era claro: se debía considerar al Greco como el patriarca del arte moderno expuesto.
Del almanaque publicado esa misma primavera por el grupo de expresionistas Der blaue Reiter se desprendía que ésta no era una afirmación aislada. Los redactores, Franz Marc y Vassily Kandinsky, decidieron recoger en su manifiesto –además de a algunos primitivos– a un solo maestro clásico, y éste no era otro que el Greco, hasta hacía poco prácticamente desconocido. Sin embargo, este interés por la modernidad de la obra del cretense no era algo completamente nuevo. Fuera de Alemania ya hacía algunos años que se consideraba al pintor como uno de los principales precursores del arte moderno.
Por ejemplo, en la exposición organizada por la Secesión de Viena sobre el impresionismo francés en 1903, ya se encontraba un pequeño Greco. No obstante, en ese caso su obra apenas si llamaba la atención dentro de una sala de antiguos maestros que se consideraban las fuentes de inspiración de esta nueva corriente artística francesa. El Greco prácticamente no destacaba entre las obras de Tintoretto, Rubens, Vermeer, Goya, Turner y otros grandes maestros reconocidos. Cinco años más tarde, el renovador Salón de Otoño de París, donde Matisse –entre otros– celebró sus primeros triunfos, dedicó una retrospectiva al Greco, que en último término resultó ser bastante decepcionante debido a la calidad de las obras expuestas. También en este caso la idea era centrar la atención en la actualidad permanente –o, mejor dicho, renovada– de su obra.
La verdad es que no dejaba de sorprender que a un pintor de la España de Felipe II especializado en cuadros religiosos se le calificara de repente como el patriarca de un arte extremadamente secular e individualista como era el moderno, y más cuando el Greco había caído en el olvido bastante deprisa tras su muerte en 1614 y había sido considerado como un pintor de segunda fila un tanto curioso hasta bien entrado el siglo XIX. Además, se decía que sus últimas obras probablemente fueran producto de la locura, y todavía hacia 1900 sus cuadros cambiaban de dueño por una cantidad irrisoria. Sin embargo, gracias a exposiciones como las que acabamos de citar, esto cambió a gran velocidad: en los años posteriores a 1910 el Greco se puso incluso de moda y se estableció definitivamente su reputación como gran artista.
La relación entre el Greco y el arte moderno no había surgido de la nada. De hecho, el redescubrimiento en torno a 1860 de este genio desconocido había comenzado gracias al interés que habían empezado a mostrar por su obra algunos impresionistas y un grupo de historiadores del arte vinculados a ellos. En las siguientes décadas, pintores, autores y coleccionistas renovadores seguirían desempeñando un papel decisivo en el cambio radical que se produjo en la revalorización de la obra del Greco. Por lo tanto, en la historia del arte su espectacular redescubrimiento se considera como el ejemplo por excelencia de la revisión del canon artístico provocado por el advenimiento del arte moderno1.
Hasta aquí se trata de una historia fascinante pero relativamente conocida. En diversos catálogos y estudios de historia del arte se describe de manera sucinta la revalorización del Greco como consecuencia del desarrollo del arte moderno ( BROWN 1982, pp. 15-35; BROWN 1984; HADJINICOLAOU 1990, pp. 57-112. Es imprescindible el estudio de Álvarez Lopera sobre la recepción del Greco en el siglo XIX, sobre todo porque contiene una relación de fuentes muy completa: ÁLVAREZ LOPERA 1987). Algunos aspectos de ella –como la recepción del Greco por parte de los expresionistas alemanes y su popularidad en la Barcelona del cambio de siglo– se han investigado a fondo. Y no hace mucho, en una retrospectiva organizada con grandes medios y que se pudo ver en 2002 y 2003 en el Metropolitan Museum de Nueva York y en la National Gallery de Londres, se aludió al interés que despertó el Greco entre los artistas modernos más vanguardistas como Picasso, Matisse y Jackson Pollock para subrayar la actualidad de su obra ( Véanse respectivamente SCHROEDER 1998; MILICUA -ed.- 1996; DAVIES y ELLIOTT -eds.- 2003).
De hecho, desde esta perspectiva la revalorización del Greco se presenta como el resultado del cambio radical en el gusto que trajo consigo el arte moderno. Al fin y al cabo, después de 1860 la concepción de la belleza, la temática, la manera de representar, la relación con la realidad visible y el papel del artista sufrió un cambio fundamental y provocó una profunda revisión del canon artístico. Implícitamente, esto se basa en la suposición de que las variaciones en el gusto se debían en gran medida a los cambios dentro del terreno artístico. En estudios más generales sobre procesos de revalorización se reconoce que también pueden influir de manera significativa todo tipo de factores más o menos casuales. Por ejemplo, el descubrimiento de nuevas obras maestras desconocidas de un determinado artista puede aumentar el interés por su obra, pero también una oferta limitada de antiguos maestros conocidos en el mercado y el deseo –relacionado con ella – de los marchantes de arte de promocionar a otros artistas que se encuentren todavía en un segundo plano puede provocar cambios en el gusto ( Véase por ejemplo el influyente HASKELL 1976. Por cierto, que en el caso del Greco estos factores apenas si tuvieron importancia, ya que antes de 1914 casi no se habían descubierto nuevas obras suyas y los marchantes de arte, más que iniciar la corriente, lo que hicieron fue seguirla).
Aunque estos factores quizá no tengan un carácter tan marcado, la verdad es que no se encuentran fuera del ámbito artístico. Sin embargo, la vanguardia no fue el único sector que reivindicó para sí mismo la herencia del pintor. Prácticamente de forma simultánea al descubrimiento del Greco por parte de los seguidores del arte moderno, también hubo quien le colocó en lo alto de un pedestal por motivos nacionalistas. Por ejemplo, en 1902 se le presentó expresamente como un gran pintor español cuando se pudo ver en el Museo del Prado una pequeña retrospectiva de su obra para celebrar la subida al trono de Alfonso XIII. Además, el monarca fue el encargado de inaugurar oficialmente en 1910 la Casa del Greco en Toledo, convertida en museo. Al año siguiente este museo se convirtió en Centro de Arte Español, y en 1914 se conmemoró por todo lo alto el tercer centenario de la muerte del cretense en Toledo. Para entonces al Greco se le consideraba ya en todas partes como uno de los principales representantes de la escuela española. No obstante, era un candidato bastante poco adecuado a convertirse en héroe nacional español, ya que se trataba de un hombre de habla griega, nacido en 1541 en Creta e iniciado como pintor de iconos, que había proseguido su formación en Venecia y Roma, y que había llegado a Toledo cuando debía de tener unos treinta y cinco años para pintar en esa ciudad un gran número de imágenes religiosas en el marco de la Contrarreforma. Además, hasta bien entrado el siglo XIX, se le había visto como un forastero extravagante que en ningún caso se encontraba entre los principales artistas de España. Su obra se exponía en el Prado –si no se encontraba en el depósito–, pero en la sección de arte italiano, entre los cuadros de los maestros venecianos.
Ahora bien –continúa Storm en la Introducción-, la cuestión es saber si este interés por el Greco como parte del patrimonio cultural español sólo era el resultado de la creciente popularidad de su obra entre los artistas modernos fuera de España o si, por el contrario, tuvo un papel más importante el proceso que se puede caracterizar como «la nacionalización de la cultura », ejerciendo una gran influencia en los cambios de gusto de los que derivó también el arte moderno. Al fin y al cabo, gracias al enorme florecimiento de la investigación sobre el nacionalismo en las últimas décadas, se ha demostrado que nuestra interpretación del pasado ha estado marcada desde el siglo XIX por el nacionalismo, lo que también es válido para la historia del arte”.
Después de comentar la historiografía sobre el nacionalismo, Storm concluye la apropiación nacionalista del pasado “también tuvo lugar en la historia del arte, que a lo largo del siglo XIX se estableció como una disciplina «científica» independiente. Además, este proceso tuvo gran influencia en la manera en la que se veía y se valoraba el arte del pasado”.
Finalmente señala que “para poder estudiar de forma interrelacionada las consecuencias tanto del advenimiento del nacionalismo como el del arte moderno en la transformación del gusto artístico, lo más lógico es acudir a un caso concreto. Y para ello es perfecto el redescubrimiento del Greco. O quizá sea mejor de hablar en este contexto del descubrimiento del Greco, ya que en ambos casos se trataba de una nueva «tradición inventada», como lo definió el historiador inglés Hobsbawm. La apropiación nacionalista en España de la obra de un cretense que se había formado en Italia era algo tan poco probable como la proclamación de un pintor casi olvidado de la Contrarreforma como patriarca del arte moderno”.
Para poder juzgar cuál es la relación entre el impacto del nacionalismo y el de la aparición del arte moderno, llevará a cabo en el libro un análisis detallado, en gran medida cronológico, del descubrimiento del Greco, procurando en lo posible estudiar de forma interrelacionada las ideas comparables de autores, artistas y críticos afines y fijarnos en aquellos puntos en los que se apartaban de determinados predecesores o coetáneos de una generación anterior.
“La revalorización de su obra tuvo lugar entre 1860 y 1914, fundamentalmente en España –donde se encontraban la mayoría de sus obras–, en Francia –centro cultural de la Europa de aquella época– y en el área germanófona, el primer lugar donde la historia del arte pasó a ser una disciplina universitaria independiente. En otros lugares el verdadero interés por el Greco sólo se despertó a partir de 1914, por lo que en general no se tratarán en este estudio. Aquí también incluyo a Grecia, donde el interés por las raíces del Greco en Creta y el carácter «griego» de su obra hizo correr ríos de tinta tras su reconocimiento internacional. No obstante, esta apropiación nacional fue en gran medida una réplica del proceso de hispanización que ya había tenido lugar en España. Además, la revalorización del pintor en Grecia, al igual que en el Reino Unido y en Italia, ya ha sido objeto de estudio (Véanse respectivamente HADJINICOLAOU 1990; HARRIS-FRANKFORT 1995; ÁLVAREZ LOPERA 1999) .
Otra limitación deriva de la vida y obra del Greco. Hasta 1914 se sabía muy poco sobre su juventud en Creta y sobre su época de formación en Italia, de modo que la atención se dirigía al periodo que había vivido en Toledo, y la nueva valorización sólo se refería a las obras que había pintado en España. A consecuencia de su nueva popularidad, se empezaron a buscar, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, obras de la época italiana y de sus años en Creta, una labor que no resultaría infructuosa. Pero esto no tuvo influencia alguna en el descubrimiento del Greco como un gran artista, por lo que en esta investigación prácticamente sólo se tratará la obra que realizó en España”.
“Como el tema central de nuestro estudio es el descubrimiento del Greco –concluye su Introducción Storm- , la historia de su recepción antes de 1860 sólo se abordará de forma muy sucinta y a modo de introducción. Además, tampoco puede ser de otra manera, pues apenas si había interés entonces por el artista toledano. En el periodo posterior a 1914 ocurrió casi lo contrario, pero éste no se tratará en absoluto, ya que tras su descubrimiento, el Greco nunca ha dejado de estar en el centro de atención. Su figura se ha movido con las diferentes modas en la historia del arte, así que en eso no se diferencia específicamente de otros antiguos maestros”.
Muy interesante el estudio de Storm sobre el descubrimiento del Greco, y la evolución de los gustos artísticos en el último siglo y medio. Por mi parte solo recordar que la estilización y simplificación de formas tan apreciada ahora en El Greco, se produce también, y de manera muy parecida –en nuestra opinión- en otro gran manierista, el escultor Alonso Berruguete, especialmente en el retablo del convento de San Benito que se conserva en Valladolid, en el Museo Nacional de Escultura Policromada, en el Colegio de San Gregorio. Y es muy significativo que Alonso Berruguete muriera más de cincuenta años antes que El Greco (en 1561 aquél y en 1614 éste) , por lo que la deformación y alargamiento de las figuras en aquél tiene aún mayor relevancia.
Así que les recomiendo también alguna obra sobre éste, como “Alonso Berruguete. Prometeo de la escultura”, que publicó don Manuel Arias Martínez, subdirector del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, y editó la Diputación Provincial de Palencia, con motivo del 450 aniversario de su muerte.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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