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Apócrifo II.16. No pongas bozal al buey que trilla

Tres foramontanos en Valladolid 10 Jul 2014 - 07:27 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Burro. Dibujo de Agustín Romero en aromerovidal.blogspot.com.es ) (*)

Sin todavía aprender todo lo referente al campo, entre escuela, trabajo en el taller y como obreros agrícolas en vacaciones, el tiempo volaba. Nos hicimos mayores. O sea, jóvenes. Adultos. Jesús es lo que en Nazareth dicen: un buen mozo. La tez que antes era blanca, como suele corresponder a un pelo rubio, con el trabajo en el campo se le puso curtida, bronceada. No llegaba a mi altura; porque etíope de raza y aunque robusto, fuerte, era todo piernas. Largas como los juncos junto al agua, parece que estaba hecho para correr grandes distancias. Y, además, yo, Tarsicio era negro, como el azabache. Jesús, Jahveh, YO SOY, Dios y hombre era perfecto Sin que esto quiera decir nada en contra de los que somos negros. Como perfecta era Myriam, mi Ama y Señora, su Madre. Y como si lo fuera de su esclavito –o hijo- Tarsicio. Perdonen el largo inciso.

Oreadas las mieses tras el diluvio en la tormenta, las extendimos en una parva enorme. Rufo tenía muchos bienes. Rufo era rico para muchos años. Cosecha excelente. No cometió la necedad: “demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Recuerdos del ya anciano Tarsicio.

Versado en las escrituras por las enseñanzas del rabino en la escuela y explicaciones posteriores del Amigo, recordé también: “no pongas bozal al buey que trilla”. Al trillo, perfecto, lo arrastraban en vueltas continuas una pareja hermosa de bueyes. Rufo tenía muchos pares. Labrador fuerte. Granos sueltos y paja menuda perfectamente troceada. De la que dice “comedme” para los asnillos. La devoraban.

-¿Por qué les quitas el bozal? –me dijo Rufo. Miré a Jesús. Me sonrió. Había hecho bien.

-¿Nos privas tú, señor Rufo, de comer pan del trigo que trabajamos? –le dije sin responder a la pregunta. Otorgó con un silencio más elocuente que mil palabras. Un mugido bronco, pero agradecido, fue la gratitud de los animales. También hablaban los bueyes. A su modo. Insistieron con la boca llena de un bocado enorme, aunque todavía no trillado: “Gracias”. Con la boca llena de paja larga que les salía por ambos lados, salieron de la modorra en las vueltas cansinas y aceleraron el paso. Tras la siesta se levantó una brisa de lo más agradable. Junto a otros obreros, aventamos la parva. Estampa de verano. Jesús y Tarsicio labradores. Jornaleros. A denario “por barba”. Por el trillo y trabajo acabado perfecto, Rufo nos tomó aprecio.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm4.staticflickr.com/3845/14451935365_d24a8cf979_o.jpg

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