Por Carlos de Bustamante

( Fuente de la Virgen en Nazaret . Acuarela de David Robert en “View the Holy Land”; odisea2008.com) (*)
Dos hijos varones: Alejandro y Rufo, el mayor. Fiel su padre a la ley mosáica, fueron educados de acuerdo con esta ley de sus mayores. Sin el rigor extremo de los escribas y fariseos. Eran buena gente. Alejandro, el más pequeño, era buen trabajador, pero “ligero de cascos”. Rufo, trabajador infatigable y fiel en extremo a su padre. Jesús y yo, Tarsicio, teníamos trato confiado con ellos.
Particularmente me caía mejor Alejandro, el trabajador y casquivano hijo menor de Rufo. Pero nosotros éramos sólo obreros a jornal. Ellos, casi como el amo.
Rufo, se quedó con su padre en la casa y labranza. Alejandro, con la parte que le correspondía, se fue de “picos pardos”. Vi la cara de pena en Jesús. Yo, Tarsicio, esclavito, libre, no dije ni esta boca es mía. Jesús, sí habló con él, pero decidido al fin a correr mundo, respetó su libertad.
Ignoro el desenlace, pero sé que Jesús oró por el casquivano Alejandro. Y me olvidé del asunto. ¿Acaso podía yo hacer algo? ¿Quién me mandaba complicarme la vida metiéndome en la de los demás? Como tantas veces, callé; porque “nadie me había dado vela en ese entierro”. Yo, Tarsicio, a lo mío. Los demás, “como si querían hacer de su capa un sayo”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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