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Día Mundial del Inodoro

Tres foramontanos en Valladolid 06 Dic 2014 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Foto de un inodoro en imueblesdecoracion.com) (*)

Excúsenme por hablar del excusado, pero hoy, 19 de noviembre – según me hace saber Carlos Herrera en su personal Onda radiofónica – resulta ser el Día Mundial del Inodoro, y no por decisión suya sino de la alta institución de Naciones Unidas.

Saben ustedes que con seiscientos cuarenta y dos artículos que ya llevo escritos para el blog, y habiendo ya tratado en él de casi todo lo humano y de gran parte también de lo divino, no creo que resulte demasiado extraño que en ocasión como ésta me atreva a referirme a un asunto que durante siglos ha sido uno de esos tabúes que la sociedad envuelve en toda clase de eufemismos. Mencionaba yo al principio el excusado o ”escusado”, y de la misma forma podría haberlo hecho directamente refiriéndome al “retrete”, pues ambas denominaciones nos sugieren la imagen de un lugar apartado como cualquiera puede comprender. La lógica relación de este lugar concreto con el agua – tan necesaria para la limpieza – y el lógico desgaste de un término de esta significación, llevaron a buscarle denominaciones nuevas y tan extrañas como la de “wáter” o “Váter”, expresión tomada del inglés pero pronunciada a la española. Ahora es frecuente oír hablar de los “servicios” o el “servicio” con el triste resultado de rebajar lo que debiera tomarse por una virtud a una acepción que se aplica a lo innombrable.

En todo caso, una vez más aparecen en vanguardia los artistas a la hora de romper moldes en el tratamiento de un tema socialmente incómodo. Ya siglos antes de que Marcel Duchamp exhibiera su inodoro como sujeto de arte, Miguel de Cervantes nos había relatado con palabras propias cómo el inefable Sancho aliviaba su vientre importunando la nariz de don Quijote con los aromas emanados del esfuerzo. También vimos cómo Tenier el Joven se atrevía a incluir algunas escenas de este porte a la hora de mostrar en sus cuadros y tapices ambientes cotidianos de los Países Bajos.

Y no es de extrañar que tal cosa ocurriera, pues el tema que nos ocupa en este artículo se refiere a una situación en la que invertimos una parte no despreciable de nuestra actividad diaria. Actividad a la que – como ustedes conocen por su propia experiencia – no escapa nadie por alta que sea su cuna o condición, pero cuya naturaleza fisiológica ha acabado relegando su mención a un humillante olvido.

El resultado de tantos melindres es que ni siquiera solemos preguntarnos cómo se manejaba esta cuestión en otros tiempos. Sólo los más viejos de nuestra generación podríamos imaginarlo a partir de costumbres remanentes que llegamos a conocer en algún caso; por ejemplo en las casas de campo más antiguas, donde, por muy numerosa que fuera la familia, sólo existía un lugar más o menos ad-hoc coincidente con zonas próximas al gallinero.

Tampoco solemos preguntarnos cómo realizaban sus abluciones diarias y atendían a sus urgencias íntimas los hombres y mujeres de otras épocas hasta que no llegaron los refinamientos de los que disfrutamos hoy en día. Sí sabemos, desde luego, que las condiciones higiénicas no se parecían a las hoy existentes, pero no nos planteamos, por ejemplo, la importancia de los avances conseguidos, como la cisterna y el “bote sifónico” – que no “sinfónico” como desearía mi corrector – y su incidencia en la sanidad pública y la longevidad de nuestra raza. Ni tan sólo nos planteamos qué hacían nuestros ancestros cuando una necesidad más o menos fisiológica les urgía fuera de casa, yendo de paseo, realizando compras, viajando en diligencia o asistiendo a un sarao en un palacio carente de retretes. Lo que sí podemos hacer en todo caso es suponer que los olores ambientales no resultarían excesivamente gratos, y que, si los llegaba a soportar la mayoría, sería gracias a que hasta la gente de más alta alcurnia se había habituado a vivir con un cierto nivel de contaminación de carácter olfativo, un poco a la manera en que hoy soportamos la acústica o la respiratoria.

Puestos, en fin, a no tener en cuenta tan importantes aspectos de la vida e incluso de nuestro día a día, tampoco valoramos suficientemente el mérito de aquellos predecesores nuestros que levantaron ciudades de millones de habitantes sin permitir que se desprendiera de ellas una nube de olor que podría ser insoportable. Y no cabe pensar que la costumbre pudiera insensibilizar a los sufridos habitantes de las grandes urbes, toda vez que, si esto ocurriera, quienes a ellas nos acercamos desde lugares dotados de un ambiente de total pureza desarrollaríamos una reacción de rechazo que afortunadamente no sentimos.

Sí; realmente parece mentira que se haya conseguido alcanzar la perfección de ahora cuando sabemos que manejar diariamente toneladas de detritus humanos y escamotearlas a nuestras pituitarias no sólo es totalmente repugnante, sino también casi imposible.

Por todo lo cual, tras de reiterar mis humildes excusas a quienes pudieran escandalizarse por mi osadía al abordar tan espinoso asunto, me siento suficientemente pertrechado para hacerles comprender a ustedes por qué algo que en principio pudiera ser risible e incluso grotesco – como es el caso de la celebración de un “Día Mundial del Inodoro” – ha merecido el honor de ser considerado por la más alta institución de este planeta.

Tres foramontanos en Valladolid

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