Por Javier Pardo de Santayana

( Viñas abandonadas en La Higueruela. Acuarela de F. Buendía de felicitación de Navidades) (*)
Hace unos días uno de mis colegas foramontanos me pidió que le aclarara un poco más a quienes me refiero cuando hablo de “listillos”. Quizá quería que pasara de describir simples perfiles a revelar algunos nombres significativos. Pero yo me resisto como puedo a escribir apellidos siempre que pueda hacerlo, ya que moralmente parece preferible hablar más del pecado que del pecador, que podrá dar por supuesto que lo dicho corresponde a persona distinta de sí mismo. Y no me negarán ustedes que lo que realmente duele es encontrar en Google tu referencia plagada de críticas y referencias negativas .
Mas respondiendo al interés de mi colega por poner caras les mostraré un ejemplo. Me surgió apenas ayer por la noche cuando escuchaba un programa deportivo que tiene lugar a caballo del cambio de día, y que curiosamente ese día estaba en relación con dos artículos míos muy recientes.
Abordaba el programa el lamentable asesinato de un forofo radical arrojado al río Manzanares. Yo había relacionado este suceso con la mala baba reinante en nuestros lares, pues mucha mala baba es necesaria para que se llegue a concertar una pelea a muerte a base de navajas y de palos por un simple acontecimiento deportivo. Ese odio tan ciego como estúpido es sólo comparable a algunos actos de crueldad gratuita como los de la “naranja mecánica” o los relatados por Capote en “A sangre fría”.
Se trataba, más concretamente, de comentar las medidas deseables o ya tomadas para la erradicación de la violencia en los estadios, y como suele suceder, surgió el “listillo” de turno: en esta ocasión, un prestigioso comentarista deportivo. Una especie de filósofo del deporte considerado la voz misma del conocimiento y de la sensatez; un “pensador” del hecho deportivo y propietario de un cúmulo de datos que supera el ámbito del simple fútbol para abarcar otros terrenos escasamente hollados por los periodistas. Ya saben ustedes que aquí el deporte se confunde exactamente con el balompié hasta el punto de que, mientras se discute y se comenta hasta el menor y más irrelevante de los detalles en todo cuanto a éste concierne, hay que buscar con lupa hasta los grandes triunfos internacionales de nuestros atletas de otras disciplinas. Y, claro, nuestro filósofo, que deja caer sus palabras como si las pronunciara Zaratrusta, deja con la boca abierta a sus compañeros de fatigas en la medida en que los demás carecen de tal conocimiento. De todas formas les aconsejo que no comparen su nivel con el del llorado José María Cagigal, cuya vida se vio truncada por un brutal choque de aviones en el aeropuerto de Barajas.
Decía yo que surgió el gurú comentarista, y éste empezó a pontificar despotricando contra una señora delegada del gobierno a la que ridiculizaría por ir pavoneándose cuando su gestión había sido, según él, funesta. Y pensé: pues mira por dónde ahí tenemos un buen ejemplo de ”listillo”. Y si nuestro filósofo y comentarista tendría la menor idea de cómo se organiza la seguridad. Porque, naturalmente, lo primero es sistematizarla: establecer una definición de situaciones según el riesgo que suponen. Luego, para cada supuesto se desarrollará un “protocolo” más o menos específico al que se asignarán los recursos adecuados al caso. Lo cual quiere decir que al final habrá gente concreta que tendrá que hacer cosas concretas a unas horas igualmente concretas. Por ejemplo, si se decide que una actividad tiene un riesgo de ”baja intensidad”, estarán alertados un cierto número de policías, cada uno de los cuales sabrá, por cierto, a qué hora y donde habrá de estar – por ejemplo si en los alrededores de un estadio o en el interior de éste -, y en qué lugar concreto habrá de situarse. Y todo esto supone el desplazamiento de varios cientos de personas para hacer cosas concretas.
Naturalmente, la organización debe tener la suficiente flexibilidad como para adaptarse a cambios de la situación que no fueran previstos inicialmente, y para eso existen los retenes; pero supongo que nuestro “listillo” no pretendería que éste pudiera reaccionar en tiempo oportuno aunque algún vecino se le ocurriera avisar de lo que sucedía en aquel rincón de río.
También aducían los listillos que tendrían que haberse detectado los movimientos de preparación de la pelea. Y yo me pregunto si quienes así opinaban desde el desconocimiento de la realidad y la comodidad del sofá creen que vivimos en un país de régimen policiaco en el que puede ponerse un policía detrás de cada ciudadano malababa. Si con todos los terroristas liberados e incluso elevados a puestos de responsabilidad, todos los ladrones que andan sueltos por ahí – incluidos algunos políticos de presunta confianza -, tantas mujeres maltratadas y tantos partidos con riesgo de “baja intensidad” cuando no de alta, podemos de verdad rizar el rizo y perder el tiempo rastreando los “whatsapps” de los ciudadanos por muy absurdos y belicosos que estos sean.
Me pregunto, incluso, si el mismo “listillo” al que me refiero y al que tengo por bastante “progre” y “políticamente correcto” no se rasgaría las vestiduras si viera que la policía controlaba todos y cada uno de los ámbitos privados.
En fin, se ve que este “listillo”, como otros muchos, nunca tuvo la menor responsabilidad de nada, como tampoco tiene ahora el menor recato en criticar a los demás sin saber ni tener experiencia sobre lo que critica. Pero el resultado es siempre el mismo: mientras hay tanta y tanta gente que trabaja y se esfuerza; tanta gente que cumple; tanta gente que hace las cosas bien, éstos listillos transmiten así de alegremente al vecindario una sensación de caos y confusión; como de que ninguna cosa funciona como debe. O sea, de que somos un desastre.
Al final la culpa siempre acaba endilgada a los sufridos policías. Pero esto no debe sorprendernos, pues ya se sabe que entre los españoles hablar mal de alguien siempre resulta bien.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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