Por Javier Pardo de Santayana

( Aceña La Moraleja, Tordesillas. Acuarela de Manolo Prieto, de felicitación de Navidades. 31×49) (*)
Dicen que pronto llegará en su versión original un libro que en Francia viene causando sensación. Y como los titulares me resultan atractivos, paso a leer la entrevista con su autor que el ABC publica en separata semanal dedicada a la cultura.
Leo, pues, la entrevista, y desde el primer momento me siento identificado con su idea base como si ésta hubiera sido concebida por un alma gemela de la mía, así que, sin esperar a más, me apresuro a escribir algo sobre ella antes de que, si me decidiera a adquirir el libro una vez llegue éste a nuestras librerías, una lectura más documentada me pudiera resultar decepcionante.
El autor no es un don nadie. Consejero de filosofía de la UNESCO e investigador del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia, Roger Pol Droit es también miembro de la Academia Francesa y autor de un buen número de libros cuya enumeración resultaría engorrosa en el corto espacio de este artículo. Aquel al que me vengo refiriendo, cuyo título es “101 experiencias de filosofía cotidiana”, basa su teoría en que la fuente y motivación del pensamiento filosófico es, sencillamente, el asombro.
Ahora comprenderá usted, improbable lector mío, por qué me siento identificado con él. Muchas veces he insistido yo precisamente en esto: en que lo que escribo es con frecuencia el resultado de mi asombro por aquellas cosas que la mayoría de mis conciudadanos contempla con desprecio olímpico siendo como son indicativas de fenómenos y realidades muchas veces profundos y significativos; enfoque éste que me ha impulsado a referirme con frecuencia al asombro como inspirador de mis ideas y de mi pensamiento en el ámbito de lo cotidiano. También propondrá nuestro filósofo, según creo entender, la conveniencia de intentar ver de cuando en cuando la realidad desde un ángulo distinto del habitual. Y en tal sentido no puedo por menos de recordar a quienes visitan este rincón de los “tres Foramontanos” aquel artículo mío titulado “La mirada lateral”.
Aboga el filósofo francés por evitar entrar directamente en lo más artificial y abstracto de la filosofía y partir, por el contrario, de la emoción o sensación que provoca el asombro o, directamente, el consiguiente desconcierto. También aquí recordarán cuántas veces yo mismo he utilizado como inspiradora de mis disquisiciones la contradicción o a la incoherencia de las actitudes y los hechos que vivimos.
Así que monsieur Pol Droit propone hasta 101 experiencias al hilo de situaciones que, aun siendo vividas en la cotidianeidad, plantean la cuestión de por qué son así y no de otra manera imaginable. El valor de tal enfoque vendrá de revelarnos lo asombroso que es mucho de lo que que solemos considerar como normal y rutinario, así como de la posibilidad de que las cosas fueran distintas de como son; es decir, lo asombrosa que es en realidad esta vida nuestra que a veces incluso nos aburre. Y la cuestión es que, para despertar tan novedosa sensibilidad, el autor de las ciento una experiencias propone – o por lo menos esto me parece deducir de la entrevista – hacer algunas cosas que pondríamos calificar de tontas, absurdas o descabelladas.
Aunque con el reportaje a la vista no es fácil hacerse plena idea de cómo pueden estas actividades producir los efectos pretendidos, sí llego a entender algunos de sus mecanismos. Por ejemplo, el prescindir temporalmente del reloj: algo tan fácil como sugerente. Conste que yo mismo lo experimenté en su día, tal como lo he relatado en este mismo blog (véase “Siempre son las dos y diez”). O lo de ir a la peluquería, que nos permitiría platearnos cosas tan aparentemente tontas como por qué no podríamos atusar el interior de nuestras cabezas de la misma forma que lo hacemos con el exterior. Al hilo de cuyo razonamiento nos asombraríamos, por ejemplo, de que nos crezca el cabello hasta formar aparatosas cabelleras sin que ello afecte a la sesera, o que tras el corte arrojemos displicentemente a la basura una parte de nuestro propio cuerpo. De lo cual podríamos pasar hasta a asombrarnos de que pueda cambiar tanto nuestro aspecto exterior que si de jóvenes nos hubiéramos cruzado con nosotros mismos como ahora somos habríamos sido incapaces de reconocernos. Una visión de nuestro propio yo bastante diferente de la que la teoría nos sugiere.
Suscitar la reflexión sobre el porqué de lo que consideramos cotidiano y sacar de ello consecuencias de un orden superior, o caer en la cuenta de que muchos de los sucesos habituales de la vida son en realidad hechos fantásticos, parece ser precisamente el objetivo de este curioso libro que incluye capítulos tan chocantes como los titulados “manifestarse solo”, “arrodillarse para recitar la guía telefónica”, “telefonear al azar”, o “beber y orinar a la vez” (?).
En fin… Siempre es reconfortante que un filósofo de reconocido prestigio nos haga ver que su disciplina no tiene por qué considerarse algo esotérico, y que nuestro existir, sea éste sencillo o complicado, está trufado de maravillosas sugerencias que podemos aprovechar para nuestro solaz y esparcimiento.
O sea que la vida puede y debe ser una aventura fascinante. Más o menos, como la filosofía.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7479/15949236040_c2c41b8250_b.jpg
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