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Examen de conciencia

Tres foramontanos en Valladolid 18 Ene 2015 - 07:25 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Alvaro Castagnet en Facebook) (*)

Andamos ahora inaugurando el año, así que no es mal momento para hacer un buen propósito de enmienda. Además, se da la feliz coincidencia de que en España no se habla de otra cosa sino de regeneración, de suerte que la idea de reconocer en estos días nuestras limitaciones y pecados resulta especialmente coincidente y oportuna.

Ya sé que nuestros compatriotas han olvidado gran parte de cuanto sus padres y educadores les legaron de la vieja cultura religiosa; ya sé que el catecismo es para ellos ciencia oculta. Mas, aunque nadie se sienta hoy responsable ni tan siquiera de sí mismo; aunque nadie admita su culpa respecto a cuantos males y estropicios se produzcan, el perdón es algo tan propio del cristiano que algunos restos de él sí han quedado como adheridos a nuestra piel sin que los vientos del olvido hayan podido arrastrarlos definitivamente. Creo que todo el mundo entenderá que si queremos la regeneración no podremos eludir el empezar con un buen examen colectivo de conciencia.

Quizá les parezca duro y excesivo lo que resultará de nuestro empeño. Por otra parte, quizá la lista de pecados sea compartida por otros muchos pueblos y naciones; quizá sea simplemente fruto de una visión “mediática” de España: de esa versión amañada por las pantallas, las modas o los intereses ideológicos y comerciales. Quizás queden en el tintero muchas cosas. O quizás en vez de con nuestros pecados pudiéramos empezar con una relación de buenas obras y virtudes remanentes del pueblo español. Pero eso será quizá para otro día, porque este comienzo de año nos está demandando urgentemente la sinceridad, así que habremos de resignarnos a escudriñar nuestra conciencia de pecadores celtíbéricos. Con tal objeto ahí va una lista de pecados, faltas, malos hábitos, o vicios evidentes.

Ahí está, por ejemplo, la hipocresía con que se indigna un alto porcentaje de nuestra “ciudadanía” cuando critica al prójimo por prácticas corruptas a sabiendas de que haría lo mismo si la favoreciera la ocasión. Luego presumimos de individualismo, pero acabamos por seguir los sones de cualquier flautista como si no supiéramos a dónde nos conduce. Y en esa tesitura observamos con asombro la infantilización creciente de nuestra sociedad: presumimos de que nadie nos la da con queso, pero nos dejamos arrastrar por cantos de sirena y camelos debidamente edulcorados por los medios. O sea que, sea por deformación cultural o por pereza mental, reaccionamos irreflexivamente, mostrando así nuestra incapacidad para abordar los problemas con cierta serenidad y sensatez. Despreciaremos cualquier visión seria y ponderada de la realidad, y en vez de movernos en la lógica lo haremos en la paradoja y en la contradicción.

Por otra parte, aunque nos consideramos todos unos señores – faltaría más – en realidad nos comportamos como cotillas de patio de vecinas a quienes entusiasma hurgar entre los vicios y defectos de los otros para disimular los propios. Y nos aburre la tranquilidad, así que a todo buscaremos su lado más polémico. La polémica será, sí, la madre del cordero; lo único que realmente nos valdrá la pena; la salsa de la vida; algo sin lo cual ésta carecería de aliciente. No será de extrañar, por consiguiente, que el país ande siempre dándose de palos sin piedad. Que lo que haga fulanito sea enseguida destruido por zutanito por el simple aplacer de fastidiar.

En cuanto a la excelencia, ésta nos parecerá bien para exigirla a los demás, porque uno no lo necesitará; eso seguro. Y el desprecio de ésta encubrirá la envidia que en el fondo nos da nuestra carencia personal. La vida será para nosotros como un gran espectáculo caótico: un espectáculo bastante cutre, desde luego, pero espectáculo diario al fin y al cabo en el que el malo será siempre – naturalmente – el prójimo. Y explotaremos lo zafio para sentirnos cómodos: así evitaremos revelar nuestra incapacidad para expresarnos sin recurrir a frases hechas. Y mostraremos nuestra obsesión de cambio por el cambio para parecer profundos aunque sin determinar a dónde pretendemos ir.

En fin, despreciaremos cuanto hicieron nuestros padres para mostrar nuestro talante progresista, y defenestraremos a quien haya destacado en algo; claro que antes nos cubriremos las espaldas con nuestra Inexactitud en la expresión, sea por falta de formación, por simple pereza, o por temor a críticas ajenas. Valoraremos lo superfluo y despreciaremos lo esencial.

Mas en cualquier caso dormiremos tranquilos: nuestro decidido espíritu de destrucción se verá favorecido por los “trending topics” y todas esas montajes propiciados por la irrupción de las “redes sociales”; territorio comanche donde podremos ridiculizar los comportamientos ejemplares que más nos puedan perturbar. Y si aún así llegamos a dudar sobre cómo hemos de tratar al prójimo, siempre podremos recurrir al viejo y sabio refrán castellano: “piensa mal y acertarás”.

Finalmente, ya puestos a implicarnos en este examen de conciencia, señalaremos que en lo que somos unos ases es en la falta de respeto al prójimo y a las instituciones. Nos fastidia soberanamente que alguien piense de forma distinta de la nuestra, y esto no es cosa baladí; que se traduce en violencia y ésta impedirá realizar cualquier empresa razonablemente, esto es, uniendo esfuerzos entre todos. Lo primero es lo primero, o sea cargarse al prójimo: de ahí nuestro regodeo en cuanto pueda ser interpretado como algo negativo por mucho que ello obligue a retorcer la realidad. Esto nos ayudará a demostrar que también discurrimos aunque sea poco. Y como todo el mundo protesta de todo sin mostrar discernimiento – como nadie reconoce acierto alguno y disfrutamos imaginando que somos un desastre – añadiremos nuestro grano de arena – por no decir de algo peor – cargándonos definitivamente a esta Nación a la que pertenecemos, no vayan a reprocharnos el no haber contribuido suficientemente a la desunión y la fragmentación de los esfuerzos.

La cuestión es hacer una España ingobernable, y para esto empezamos por no dejar títere con cabeza aunque las cabezas sean las nuestras. En ello están nuestros listillos, que consideran obligado criticar acerbamente los discursos de su Majestad el Rey. Se diría, incluso, que éste tendría que redactarlos conforme al criterio y estilo de tan doctos merluzos: lo he podido comprobar hasta en reseña periodística recogida en este mismo blog.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7471/16214414826_2638043978_b.jpg

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