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Tesis y tesinas

Tres foramontanos en Valladolid 25 Ene 2015 - 07:25 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Caín en El Norte de Castilla el pasado día 15) (*)

Recordarán ustedes que al terminar la Guerra Fría se hicieron famosas dos tesis que abordaban un posible futuro: la de “El final de la Historia”, de Francis Fukuyama, y la del “Choque de Civilizaciones” de Samuel Huntington. Eran dos tesis contrarias pero que partían de un mismo hecho: la contundente victoria de la democracia frente a los dos totalitarismos que se predicaron el siglo pasado como solución de todos los problemas, esto es, nazismo y comunismo. Ambas tesis fueron en cierto modo rechazadas como excesivas en su formulación, pero, en la práctica, la euforia nos acercaría más bien a la visión idílica del final de la Historia que a la más preocupante que auguraba un choque de civilizaciones. Así que nos dispusimos a cobrar los dividendos de la paz y a asegurar simplemente una paz protegida mediante la prevención y gestión de las crisis que sin duda surgirían puesto que ya no se neutralizarían como antes, cuando había dos grandes bloques enfrentados que se repartían el mundo. Ya no habría amenazas, sino simplemente riesgos.

Y sin embargo hoy parece que, pese a que la democracia tiene en su haber nada menos que la victoria en una Guerra Fría de ámbito mundial y el haber proporcionado el mayor progreso económico y social que conoce la Historia, los hechos dan más la razón a Samuel Huntington que a Francis Fukuyama. Por lo que se ve, el sistema democrático – fruto especialmente representativo de una civilización conocida como “occidental” y que ha permitido alcanzar las más altas cotas de libertad y de progreso de que disfrutó la Humanidad – es ahora sometido a prueba por otra supuesta “civiilización” que nos retrotrae a situaciones totalmente superadas por la Historia y a escenarios medievales de crueldad y de retraso. Y uno se pregunta como es esto posible cuando quienes nunca descubrieron ni inventaron nada y demostraron su incapacidad obligando a emigrar a los países avanzados de occidente a su propios ciudadanos quieren ahora destruir la civilización que consiguió atraerlos hasta dar lugar a verdaderas migraciones.

Hace no mucho tiempo, mas antes de que se produjeran los atentados de París, publiqué en este mismo blog un artículo que titulé “Un apunte sobre el cacao del Islam” que reflejó la desunión interna y el caos y desconcierto que se esconden detrás del agresivo planteamiento de quienes hoy nos golpean inmisericordemente con execrables actos terroristas; panorama anacrónico y aparentemente absurdo que se suma a las dificultades que se nos han venido acumulando como consecuencia de la aceleración propia de una Humanidad en flagrante evolución que no acaba de digerir el progreso tecnológico y trata de adaptarse a los grandes cambios geoestratégicos.

Lo cual da lugar a situaciones desconcertantes e incluso surrealistas. Así, mientras reaccionamos aparatosamente ante los asesinatos cometidos en nuestras calles por lobos solitarios o matarifes teledirigidos, desconectamos de otras barbaridades aún más cruentas que se producen en múltiples rincones del planeta, como es el caso del norte de Nigeria, donde Boko Haram secuestra cientos de jóvenes y contabiliza ya miles de muertes de cristianos sin que se conmuevan suficientemente los países avanzados o las grandes instituciones internacionales.

Y éste es sólo un ejemplo, porque el conjunto de tantos acontecimientos verdaderamente escalofriantes pero sucedidos más allá de Europa no merecen, por lo que se ve, ni tan siquiera una pequeña manifestación en nuestras calles, y mucho menos una concentración de líderes como la que acabamos de ver con motivo de los asesinatos de París. Por lo pronto, a nadie se le ocurre ni siquiera enarbolar en nuestras calles el lema de “nosotros también somos víctimas de Boko Haram». Ni siquiera las combativas femes se dignan mostrarnos sus reivindicativos senos en homenaje a las niñas secuestradas.

En cualquier caso, lo que no llegaron a imaginar ni Huntington ni Fukuyama respecto al próximo futuro fue otro fenómeno que caracterizaría a la situación resultante de una paz ganada por la democracia tras un largo periodo de tensión mundial: la puesta en cuestión del mismísimo sistema democrático. Y para evitarlo no ha valido ni la demostración de los progresos alcanzados por este sistema de éxito, ni la constatación de que nosotros mismos calificamos a nuestra sociedad como “del Bienestar”. Es más; al destaparse casos de corrupción en altos niveles políticos y financieros del país – prueba fehaciente de un buen funcionamiento de las instituciones, o sea del sistema – y ver que se aplicaba la justicia por muy empingorotado que fuera el personaje, la situación se tomó como pretexto para hacer tabla rasa de nuestro sistema democrático y desacreditar a quienes impulsaron o por lo menos permitieron un esfuerzo de regeneración de este calibre.

O sea que el contradictorio acoso de la sinrazón no se quedó simplemente en un “choque de civilizaciones” difícil de entender en su radical versión del Islam contra Occidente, sino que ha ido también directamente a atacar al sistema democrático, puesto ahora en solfa por unos “nuevos” populismos que predican fórmulas alternativas. O sea que ofrecen a la “ciudadanía” la destrucción del sistema desde dentro con el pretexto de regenerarlo mediante el retorno a las viejas y desacreditadas fórmulas del siglo pasado. Eso sí, con la virulencia de una impostada indignación para encender los ánimos.

Supongo que ni Fukuyama ni Huntington pensarían en un retorno de las tácticas y las doctrinas comunistas, bien conocidas por los europeos y que hasta los mismos dirigentes rusos acabaron por repudiar abiertamente. Pero ese es el tufillo – por no decir pestazo – que desprenden estos movimientos de supuestos “indignados” que practican los mismos vicios que denuncian. Movimientos que admiran a quienes ya impusieron tan sobadas teorías instaurando en algunos paises iberoamericanos regímenes impresentables que tienen a su “ciudadanía” hasta carente de papel higiénico.

La paradoja es que muchos de quienes se movilizan en aras de una supuesta “perfección democrática” se tragan la casposa “novedad” – vieja de un siglo – como otros ilusos se tragaron las consignas de Lenin y de Hitler, otros dos visionarios autoproclamados “salvadores de la Humanidad”.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7533/16301072876_e7de676572_o.jpg

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