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La huella de los españoles

Tres foramontanos en Valladolid 01 Feb 2015 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Rocroi, el ultimo Tercio. Óleo de Augusto Ferrer-Dalmau) (*)

El reciente viaje de Su Santidad a Filipinas ha sido verdaderamente rico en emociones: el paso de un tifón, que nos regaló escenas impactantes del papa protegido por un chubasquero y aguantando el bofetón de una lluvia huracanada; aquellos niños de la calle acercándose a él para abrazarle, el parque Rizal invadido por una entusiasta muchedumbre que batía récords con sus seis millones de personas desafiando aquel tiempo de perros…

Fue una demostración al mundo de la vigencia de la fe católica, hoy perseguida con saña en muchos lugares del mundo y también amenazada en nuestra decadente Europa, pero tan pujante en otras latitudes. Y también el recuerdo de lo que nosotros, españoles, fuimos e hicimos en la Historia. Porque ese ochenta y tantos por ciento de creyentes de las Filipinas – el mayor contingente de cristianos de Asia y Oceanía – es fruto del espíritu evangelizador de nuestros predecesores, es decir, de quienes hicieron España y la infundieron su alma. Ahora, cuando de tarde en tarde algo viene a recordarnos quienes somos, ¡qué pena ver como estamos al comienzo del siglo veintiuno! Y qué alegría oír hablar en español a un Papa hispanoamericano en Filipinas…

Me detendré en un simple detalle. Al hilo de las crónicas sobre la visita del papa Francisco, leo en el ABC un interesante reportaje sobre una ciudad de Mindanao de casi un millón de habitantes cuyo nombre es Zamboanga. Nos cuenta el enviado especial al viaje del Papa que allá la mayoría de la gente ya ha olvidado el español, aunque, por lo visto, éste esté volviendo y la actual alcaldesa – de nombre y apellidos castellanos como tantos en aquel país – lo hable perfectamente. Dice la alcaldesa que nuestro idioma se estudió en colegios y universidades, pero a partir de 1985 entró en declive tras el triunfo de la revolución del Poder Popular. También dice por lo visto que aún se entienden por allá con el “chabacano”: una curiosa jerga resultante de la imperfecta interpretación del castellano por los trabajadores tanto filipinos como mejicanos que acompañaron a los españoles en los astilleros de la base de Cavite.

Pero dentro de esa serie de huellas españolas que aún palpitan en aquellas lejanas tierras del Pacífico, el enviado especial destaca, por su relación con la fe cristiana y en la ocasión de la impresionante reacción del pueblo filipino ante la visita del papa Francisco, el hecho de que la patrona de Zamboanga sea nada menos que “la Pilarica”, esto es, la Virgen del Pilar “de Zaragoza”, tan ligada, precisamente, a nuestro concepto de la Hispanidad.

“De Zaragoza”: así, con todas las palabras. Fue leerlo y recordar mi asombro cuando, en mi época de Mons, un amigo mío me contó, con aire de sorpresa, que en una excursión con su familia por las cercanías de la frontera de Bél gica con Francia se había topado con una desviación de la ruta hacia cierta capilla de la “Virgen del Pilar de Zaragoza”. El lugar se llama Salles y se halla próximo al pueblo de Chimay.

Como ustedes pueden suponer, quise comprobar lo que leía con mis propios ojos. Y, en efecto, allá, en medio del verdor exultante de aquel rincón de la región de Hinault, se erguía una pequeña capilla de corte renacentista, según el estilo propio de la arquitectura introducida en Bélgica por la Compañía de Jesús. Lo que más me llamó la atención fue una vidriera: en ella se representaba la figura de un hombre de armas arrodillado en posición oferente y levantando con sus propias manos una reproducción de la propia capilla. Indudablemente, el hombre era español, y su gesto parecía responder a una promesa ya cumplida.

Me pregunté: ¿qué podría haber impulsado a aquel soldado a erigir una capilla precisamente allí, a tantos kilómetros de su tierra natal? Y al constatar su condición y la proximidad de la frontera no pude por menos de imaginar que nuestro hombre habría salido triunfador o ileso de un combaste. Entonces caí en la cuenta de que poco más al sur y cruzando la frontera se encontraba Rocroi.

Mis dudas se centran en la posibilidad de que el generoso militar de la capilla hubiese levantado ésta en agradecimiento por el buen resultado del combate o, por el contrario, lo hiciera para dar gracias a Dios por haber salido ileso de él, puesto que la batalla de Rocroi es tenida por el comienzo del declive de los tercios españoles. Pero indagando en la Historia descubro que si en aquella ocasión hubo ventaja de las tropas francesas, ésta fue mínima y no desde luego decisiva. Fue, en efecto, una victoria pírrica amplificada por el chauvinismo y que sería más tarde reparada.

Ni que decir tiene que el siguiente12 de octubre, Día Nacional y de la Hispanidad, allí estábamos los españoles residentes en Mons para oír nuestra misa en la capilla acompañados por la colonia bruselense española de la OTAN, invitada por nosotros a tan significativo acto con la intención de que la celebración, plena de resonancia histórica, se mantuviera en el tiempo hasta convertirse en tradición. Se daba, además, la grata circunstancia de que cercano al lugar la capilla se encontraba el palacio de Chimay, propiedad de la princesa de Merode y donde un hotel permitiría organizar un reconfortante almuerzo.

La segunda gran sorpresa me la llevé mas tarde al consultar algunos datos a mi antigua secretaria. Porque su padre, un español admirable que dedicó gran parte de su vida a investigar la presencia de nuestros compatriotas en aquellas tierras que en su día fueron familiares para quienes nos precedieron en la Historia, se había detenido especialmente en el origen de la capilla, también conocida como de “Notre-Dame de l´Arbrisseau”.

Así, gracias al generoso y patriótico esfuerzo de Héctor Piñera González, cuyo nombre quiero ver resaltado siquiera en este modesto blog de los Foramontanos, he sabido que el militar español fue el general don Sanche de Aguilar, a la sazón subordinado del Gobernador de los Países Bajos don Francisco de Melo, adversario del duque d´Enghien en la ocasión de Rocroi.

Mas esto poco nos importa ahora, cuando lo que estamos poniendo de relieve es la presencia española en este ancho mundo y la fe que siempre nos caracterizó: de la Virgen del Pilar en este caso, venerada desde la isla de MIndanao en el Pacífico hasta el humilde lugar belga de Salles, en las proximidades de Rocroi. Es decir, de la entrañable “Pilarica», festejada de nuevo en el día de la Hispanidad del 91 del siglo XX por un puñado de soldados españoles.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm9.staticflickr.com/8670/16147506900_d14d135408_b.jpg

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