Por Javier Pardo de Santayana

( Londres. Acuarela de Rafael García Bonillo) (*)
Uno de mis primeros artículos para este blog de los Foramontanos fue uno titulado “Cazando mariposas”, en el que partía de un proverbio chino que decía algo así como que “el buen viajero es aquel que no sabe a dónde va”. O sea que la ventura es el propio viaje. Y esto es precisamente lo que yo suelo experimentar cada vez que tengo la ocasión; por eso para mí el viajar es un espacio para el asombro cualquiera que sea el lugar al que me pueda dirigir.
Ahora mi viaje a Mozambique resulta más cómodo que aquellos casi surrealistas a través de Londres y de Johannesburgo, cuando arrancábamos en dirección contraria a la que parecería requerida para aproximarnos a Maputo. Ahora vamos, efectivamente, por Lisboa, y para eso nos hemos despertado a las cuatro de la madrugada en pleno mes de enero. Luego vendrán todos los tejemanejes del aeropuerto incluido el incómodo “strip-tease” reglamentario.
El vuelo hacia la capital de nuestro país vecino, donde viví cinco maravillosos años, nos permitirá contemplar – o más bien descubrir – un amanecer que va surgiendo en toda la longitud del horizonte que tengo a la vista por la ventanilla. Ya saben ustedes por propia experiencia que desde la altura cualquier panorama cobra una expresión de dimensiones cósmicas.
Luego, estando aún sobre la península, me sorprende ver un paisaje de apariencia tan húmeda como el que se nos ofrece, esto es, plagado de grandes charcos que van más allá de los embalses conocidos. Esto cuando hemos dejado una ciudad asediada por la nieve y metida en uno de los inviernos más duros de los últimos tiempos.
Más tarde, abandonada ya Lisboa – donde he identificado al ras de los tejados muchos queridos rincones familiares – y sobrevolado ya el tramo del océano, surge enseguida el paisaje del desierto. O quizá mejor de los desiertos, porque una vez más constato que cada vez que lo contemplo – esta vez desde mi ventanilla junto al ala – hay muchos desiertos diferentes, Veo, por ejemplo, un desierto aparentemente típico pero como taladrado por círculos oscuros que yo interpreto como “graras”, esos raros lugares donde se concentra humedad suficiente para hacer brotar algunos pastos. Pero otras veces lo que veo es una ancha banda amarilla y rizada que rompe la “textura” general: son las dunas que avanzan impulsadas por lo vientos dominantes. Mas también surge, de pronto, la imagen de un desierto oscuro; en este caso casi negro – contrastando con el fondo que hemos estado viendo; un desierto que parece en camino de fosilizarse. Y aún nos queda el desierto de amarillo difuso, y la nube de color de arena casi roja trascendida por el sol poniente. Pero a estas alturas ya pasamos de Yamena y el Chad y nos adentramos en otras regiones más cercanas al ecuador en las que unas interminables nubes grises impedirán definitivamente contemplar el paisaje. Así que desconectaremos hasta la llegada a la capital de Mozambique, cosa que acabamos consiguiendo bajo una luna dominante que hará brillar el reluciente océano junto a las múltiples luces encendidas de la gran ciudad. Gracias a un viento de cola hemos llegado con una hora de adelanto.
Pero durante las diez horas del largo tramo de Lisboa a Maputo ha habido demasiado tiempo disponible, y, siendo el vuelo diurno, he tenido que entretenerlo de diversas formas, como oír algunos fados de mi época lisboeta – “Velha tendinha”, “Rosa engeitada”, “Lisboa antiga”… – aquí interpretados, no por “Amália” sino por Hermínia Silva, o verme un par de películas curiosas; éstas de títulos ciertamente sugestivos: “Hitchkock” y “Tiempos modernos”.
De la primera diré sencillamente que trata de la concepción y realización de una película que resulta ser la conocida“Psycho”. Interesante tema. Pero para no alargarme sólo destacaré la figura de la esposa, una mujer de una pieza siempre recelosa ante la fascinación de su marido por las bellas actrices pero identificada en todo con él y su trabajo.
Algo más me detendré con la segunda película, o sea con “Tiempos modernos”, obra genial de Charles Chaplin, que hoy puede verse en su versión auténtica pero con una admirable nitidez.De ella diré que el verla me hizo imaginar una quimera que no sería la del oro sino la de un Charlot que aún estuviera vivito y coleando. Porque estoy convencido que de haber vivido en nuestros días no se habría resistido a rodar otros ·”Tiempos modernos” que se referirían precisamente a los actuales, cuando vemos cómo se repite la esclavitud del hombre a los avances técnicos engendrando así un materialismo galopante.
Y qué me dicen de la figura del parado, que es precisamente la que protagoniza nuestro personaje?¿No se esfuerzan también nuestros parados de hoy por sobrevivir en un mundo cada vez más deshumanizado?
Ahí, en la película, tienen ustedes las famosas manifestaciones laborales a las que Charlot – ese ser insistente – se verá arrastrado de forma involuntaria. Y el rudo comunista siempre cabreado que también arremete contra él en la cárcel, ese lugar hoy tan de moda. En fin, un argumento y unos personajes que, con los retoques necesarios que el tiempo aconseja, bien podrían convertirse en los nuestros actuales. Mismos o muy parecidos problemas humanos, retrato de una sociedad y de una época. Mismos avances sin digerir, misma tiranía del dinero, mismos damnificados, mismos motivos de dolor para la crítica y – por qué no – también para el humor.
Y para el amor, naturalmente.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm9.staticflickr.com/8644/16361275209_e9a787db6a_b.jpg
Home