“La Religión como hipótesis”, de Roberto Esteban Duque, y “Una opinión pública convulsa y desconcertada”, de Federico Jiménez Losantos

( Viñeta de Napi en El Economista el pasado día 6) (*)
LA RELIGIÓN COMO HIPÓTESIS
Artículo de Roberto Esteban Duque publicado en La Gaceta el pasado día 4
De “temario retrógrado”, en conflicto con la ciencia, y concebida como una “catequesis” con voluntad de proselitismo, en un alarde de abuso de los acuerdos firmados en 1979 entre el Vaticano y España. Así califica EL PAÍS, y reflejaba el pasado martes en su editorial, la situación de la enseñanza de la Religión católica en los centros escolares. Se lamenta el diario del grupo PRISA que la Conferencia Episcopal Española no sólo haya logrado que la materia sea evaluable, sino también que un Estado aconfesional incluya una materia de adoctrinamiento confesional y se confíe a la jerarquía sus contenidos. Los intelectuales orgánicos de EL PAÍS parecen cegados por la ideología en su cretino esfuerzo por expulsar la Religión al ámbito de lo privado, por la completa retirada de la fe cristiana del espacio público regido por la normatividad secular, por una conducta externa regulada por el derecho y la moral públicos.
Más taimado es, sin embargo, el neoclérigo del estado positivo José Antonio Marina, arropado de un nutrido coro de feligreses progresistas instalados en EL CONFIDENCIAL, ensimismados con su palabra providente. “¿Sabéis que os obligáis a educar en la fe a vuestros hijo”?, pregunta el sacerdote a los padres cuando presentan a su hijo al bautismo: “Sí, lo sabemos”, responden ellos. “¿Piensan ustedes que no se debe mencionar la religión en la escuela y que debería haber una asignatura aconfesional?”, pregunta el nuevo clérigo: “Sí, pensamos que no se debería mencionar y que debería ser aconfesional”, responden sus fervorosos feligreses. Una palabra, por lo demás, reiterativa, llena de vanidad, volviendo siempre sobre sus escritos, ofreciendo invariablemente “luminosos y fructíferos debates” a la búsqueda de más feligreses, y cargada de un notable anticlericalismo, con invectivas al Magisterio de la Iglesia y con muchas mentiras al afirmar que el currículo de Religión católica está impregnado de dogmatismo y de poquísima caridad. Todo el currículo es Caridad. Desde la eternidad, la Caridad de Dios se traduce en un mundo creado y en la participación de la criatura en ese amor. Todo el currículo manifiesta a Dios como Caridad, un don que se nos da en su Hijo y en su Espíritu, que permanece en la Iglesia con sus sacramentos, y donde suprimir el pecado es tanto como hacer incomprensible el rechazo de ese amor. Es en la religión secular, a diferencia de la fe cristiana, donde está ausente la caridad, donde se busca alterar la naturaleza humana erradicando todo aquello que constituye la gloriosa expansión de sentimientos y derechos individuales.
Pero Marina es astuto, como digo, y ha visto bien el hiato entre el Preámbulo del currículo (escrito por una mano) y el resto del currículo (escrito por otra distinta). El nuevo clérigo celebra el Preámbulo, colado clandestinamente, como una “propuesta humilde” negada después por el currículo, al ofrecer la enseñanza de la Religión católica como mera “hipótesis” de significado, con el sólo fin de justificar la Religión católica como la necesidad de respetar y tener en cuenta la tradición. Marina piensa que esto molestará a la jerarquía, que pretende consagrar a la Religión católica como verdad, atacando así, sin ambages, la doctrina, la comprensión del bien, del sentido y de la felicidad, y denunciando la presunta vuelta de las alianzas de la religión con el poder. Su verdad sólo es una verdad ideológica, un humanismo despojado de trascendencia, un cristianismo sin Cristo, incapaz de transformar la vida del hombre. En realidad, Marina hace gala de un evidente positivismo, de un nihilismo pasivo, sin capacidad alguna para reconocer la verdad, convirtiendo los derechos humanos en el único dogma ético y laico creíble.
El rechazo de los Acuerdos con el Vaticano es el postulado de fondo de la izquierda política en el debate actual. La propuesta de Marina es ya una vieja propuesta, que recusa ese marco de los Acuerdos para terminar así con el pulso jurídico entre la Iglesia católica, el gobierno de turno y el laicismo organizado. Se formula como algo imperante en un Estado aconfesional una asignatura no confesional de la religión para todos, obligatoria y evaluable, impartida por un profesorado opositor, y ajeno al control espurio de los obispos en la misma. El currículo debería ser elaborado por una comisión de expertos en Ciencias de la Religión, como se hizo en la época del ministro Suárez Pertierra.
Sin embargo, un análisis comparado de la situación de la enseñanza de la Religión nos lleva a constatar que, salvo en Francia, es una asignatura consolidada en el sistema escolar así como dominante la enseñanza confesional de la religión. La enseñanza de la religión es algo bueno, necesario para la formación cultural integral de niños y jóvenes, a lo que ningún hombre, como diría Ortega, puede renunciar sin dolor.
Todos los años se produce un conflicto normativo entre la enseñanza religiosa católica y el sistema de las leyes del Estado. Lo cual significa que el escenario de España no es un escenario de secularización, sino de evidente laicismo. Hay que cerrar de una vez por todas semejante debate (como lo han hecho ya los gobiernos de otros países), para que no se pretenda acabar desde posturas ideologizadas con la enseñanza confesional de Religión católica de oferta obligatoria para los centros y de libre elección para los alumnos.
En un tiempo, como el nuestro, de desfundamentación y politización (fenómeno aceptado, paradójicamente, cada día más por el mundo eclesiástico), John Rawls propone la construcción de la “razón pública”, pero sin atacar ninguna cosmovisión, como hacen los actuales intelectuales orgánicos de la prensa y de la cultura de la izquierda política con la Iglesia católica. La derecha política, por desgracia, hace mucho tiempo que está en otras cosas, más urgentes pero menos importantes.
El Estado debe proteger el derecho que tienen los padres de recibir sus hijos la enseñanza confesional de la Religión católica. Sin una concepción correcta del bien, de la verdad y de la justicia, se queda sin contenido la libertad. El Estado no puede crear un orden de convivencia sin un mínimo de verdad y de conocimiento del bien. Los males políticos de una sociedad se deben a una concepción de la libertad separada de la verdad. ¿O habrá que fundar una sociedad pluralista en una ética agnóstica, en una volonté générale donde sólo cabe aspirar a lo justo pero no a lo bueno, al consenso pero despojándolo de la necesidad de descubrir la verdad, a la religión como mera hipótesis y no, como sostiene René Girard, como origen y explicación de la misma civilización?
Artículo en; http://www.gaceta.es/roberto-esteban-duque/religion-hipotesis-04032015-1623
UNA OPINIÓN PÚBLICA CONVULSA Y DESCONCERTADA
Artículo de Federico Jiménez Losantos publicado en Libertad Digital el pasado día 1
El último Debate sobre el Estado de la Nación -el de los zombis, como lo llamó Luis Herrero- nos ha permitido comprobar, en todas las encuestas posteriores, el desconcierto absoluto y los movimientos convulsos, casi de baile de San Vito, que se están produciendo en la opinión pública española. Estos tirones y acelerones, frenazos y pinchazos, tienen perplejos incluso a esos ciudadanos que están en plena mutación de voto. Y está sucediendo, ojo, a menos de un mes de las andaluzas (que decidirán el liderazgo del PSOE), a menos de tres meses de las municipales y autonómicas (que van a redefinir el poder territorial en toda España), a menos de siete meses de las elecciones catalanas, que se presentan como un plebiscito contra la propia autonomía y por la ruptura con España (algo de lo que no quiso hablar en el debate ni el Gobierno ni la Oposición), y, en fin, a menos de diez meses de unas elecciones generales en las que, según todas las encuestas, va a saltar por los aires el modelo bipartidista alumbrado en 1977, asistido por la ley electoral D´Hondt y refrendado masivamente en la Constitución del 78.
El sistema de partidos en la Transición
Si en 1977 había un consenso en la opinión pública, éste era el que se manifestó en el referéndum para la Reforma Política, presentada por Suárez en solitario frente a toda la oposición y en la que logró el 80% de los votos; el de las victorias de la UCD en 1977 y 1979; el del aplastante respaldo a la Constitución de 1978, apoyada, salvo algún diputado suelto, por AP, UCD, PSOE, PCE, CiU y los partidos de corte regionalista, más la abstención –no oposición- del PNV. Salvo la ETA, todos los partidos apostaron por una democracia gobernable, con una ley electoral que eliminara la «sopa de letras» de tantos partidos nacidos con el cambio de régimen y que facilitara gobiernos sólidos, que sólo cayeran como resultado de las elecciones. En el fondo, los partidos asumían lo que la opinión manifestó aplastantemente en el referéndum de la Ley de reforma Política: un cambio con orden y de la ley a la ley. La opinión pública tenía las cosas más claras que sus políticos: el cambio debía ser pacífico y respetar la libertad, la propiedad (la nueva y amplia clase media), la religión y los derechos sociales del franquismo. Si alguien pensaba que millones de españoles iban a renunciar a las mejoras conseguidas en su nivel de vida, se equivocaba. Y los partidos lo aceptaron.
Casi cuarenta años después, esos partidos que entonces se sometieron a la voluntad nacional –que detestaba el guerracivilismo; que pretendía conservar lo conseguido mediante el trabajo y el ahorro; que quería ampliar la naciente asistencia médica y las pensiones; que esperaba que con una buena educación pública y becas por méritos académicos se mantuvieran la promoción y el ascenso social de los sectores rurales y más pobres- han traicionado no sólo lo que en 1977 quería –y votó- la opinión pública sino aquello que sigue queriendo… cuando sabe lo que quiere. Porque sin duda la mayor parte de los españoles sigue deseando tener una propiedad segura y una igualdad real ante la ley que garantice sus libertades frente al Poder, sea cual sea su signo político. Pero aquel régimen parlamentario naciente se ha convertido en un sistema en el que los partidos políticos han asaltado los poderes que deberían controlarlos y hoy lo dominan prácticamente todo, empezando por la Justicia y terminando por el bolsillo de unos ciudadanos desquiciados y arruinados por una presión fiscal inimaginable en 1977.
La corrupción generalizada en los partidos es fruto de su invasión de todas las esferas de la sociedad en las que deberían tener vetada la entrada, desde los jueces que han de juzgarlos a las empresas que suelen colocarlos o sobornarlos y a los medios de comunicación que existen por concesión política, y ésta, sujeta al favor o disfavor administrativo y publicitario y a la discriminación o persecución de medios y comunicadores que les molestan. Siendo la democracia un régimen de opinión pública, que se forja a través de una pluralidad de medios de comunicación, nunca se ha producido una concentración tan brutal de medios audiovisuales y, al tiempo, una mayor propensión de esos medios que existen por la gracia del Gobierno a apoyar opciones políticas totalitarias, como Podemos, criatura electoral del PP.
Las teletertulias, nuevos parlamentos
Las tertulias políticas, verdaderos parlamentos alternativos a los desprestigiadísimos del sistema, tienen un signo político izquierdista o de extrema izquierda que supera a las de signo derechista por 10 a 1. TVE y las televisiones privadas de centro-derecha han sido inutilizadas o cerradas mediante arteras leyes por Zapatero y Rajoy. Y como todo en la corrala audiovisual de Vasile y Carlotti depende de la inspiración de los que allí se citan –los servicios informativos son siempre antiliberales y antinacionales- nadie sabe por dónde va a salir el electorado en las diversas consultas de 2015: andaluzas, municipales, autonómicas, catalanas y nacionales. La prueba es el Debate sobre el Estado de la Nación, en el que las encuestas no se han limitado al hecho parlamentario sino al acontecimiento mediático. Es absurdo decir que sólo el 2% vio el debate completo –debemos excluir a muchos diputados y a Candy Villalobos- cuando son los resúmenes y las valoraciones posteriores, en las redes sociales, internet, prensa, radio y TV los que realmente constituyen ese debate ante la ciudadanía. Por eso, que Sánchez ni utilizara la dúplica para afear a Rajoy su «no vuelva usted por aquí» tiene menos valor en la opinión pública que el ataque de despotismo presidencial visto o comentado –muy negativamente- en todos los medios.
Rajoy trasmite desconfianza económica
Es lógico que el rajoyismo, que desprecia a sus propios votantes, que odia la comunicación y carece de la menor aptitud para conectar con la opinión pública, acabe perdiendo las formas en un debate parlamentario y sea penalizado por ello. Hasta ahí, normal. Lo grave es que, en la encuesta del CIS, la pregunta sobre si Rajoy convenció de que la economía va bien, muy bien o, siquiera, algo mejor, arroje un saldo devastador, porque resulta que el monotema del Presidente («lo único importante es la economía») al que ha subordinado sus acciones y hasta sus obligaciones de Gobierno, no convence ni siquiera a la cuarta parte de los ciudadanos, incluso a pesar de que los datos del crecimiento sean, en parte, ciertos.
Sucede que la exageración de esos logros y una antipatía creciente entre sus propios votantes han convertido la gran baza del líder del PP en un doble lastre electoral: la economía según Rajoy o Rajoy y su ampuloso discurso económico. Si el argumento y el líder son despreciados hasta por sus votantes, calcúlese el resto. Y ambos, economía y líder, eran la excusa de Rajoy para no designar candidatos hasta el ultimo momento, incluso en Madrid. Si el marido de Candy ha convencido a Rajoy de que él y la economía eran el único activo del PP para mantener ayuntamientos y autonomías, más vale que la Pandi Crush de la Moncloa cambie de opinión. En medio de un desconcierto y una convulsión totales, llamados a aumentar y no a disminuir a lo largo del año, diríase que la opinión pública sólo está de acuerdo en una cosa: está harta de Rajoy. Eso es lo peor que le podía pasar al PP, evidentemente, pero también a muchos aspectos y valores de la España constitucional que sin el PP va a resultar muy difícil conservar.
Artículo en: http://www.libertaddigital.com/opinion/federico-jimenez-losantos/una-opinion-publica-convulsa-y-desconcertada-74947/
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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