Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook) (*)
Como siempre que salgo de España para pasar unos días lejos de ella, vuelvo con temor a enfrentarme a lo que encontraré. De entrada, el ambiente que presagio es hostil. O mejor, duro de digerir. Creo que mi impresión podría parecerse al del enfermo que se despierta con el recuerdo de su gravedad y con el temor de que las cosas puedan ir a peor. Con una situación real que está ahí y con la que uno deberá seguir viviendo.
Acabo de leer “La saga española”; un libro que me hace recordar que un día fuimos fuertes, que estábamos dispuestos a afrontar los mayores retos: a jugárnosla, conscientes de que éramos un pueblo vigoroso, fuerte, unido. Pero no es preciso remontarse a tiempos tan distantes. No hace tanto que tras superar problemas remanentes del pasado estuvimos cerca de alcanzar lo que suponíamos ser un mundo si no perfecto al menos prometedor. Tanto, que nos permitimos abandonar nuestras más profundas e influyentes convicciones, nuestro sentido de la vida. Despreciamos incluso el valor de aquellos esfuerzos que nos habían transportado a las amenas cimas de la “Sociedad del Bienestar”: lo más parecido al inalcanzable Edén. Éramos, sí, el ejemplo perfecto de la autosatisfacción: creíamos tener ganada la partida y en vista de eso prescindimos de lo que nos había permitido auparnos hasta aquella envidiable situación.
Por eso, al ir las cosas a peor por las circunstancias de todos conocidas, nos encontramos no sólo desorientados sino también inermes. La política, siempre contaminada por algún grado de falsedad fuera por mejorar la propia imagen, por destruir la del rival, o por pura maniobra partidista de captación de votos, despojó de contenidos morales aquellos debates que pudiendo haber sido aclaratorios, convirtiéndolos en un ejercicio más propio de trileros que de personas bien intencionadas. Y así desarrollamos refinadas técnicas de engaño y de tergiversación apoyándonos en los conocimientos proporcionados por la sociología y las ciencias de la comunicación: en vez de la lógica y el sentido común aplicamos técnicas de acción y reacción y de impacto psicológico. Con lo cual los españoles iríamos convirtiéndonos en un maleable objeto de juegos de mano en los que, cualquiera que fuera la realidad o la sustancia, lo valorado sería la apariencia. En efecto, el atractivo físico de un candidatos sería valorado por encima de su inteligencia, su experiencia, su actitud y su honradez, y los partidos desarrollarían mecanismos tendentes a aprovechar en beneficio propio y de la desviación de votos cualquier incidente susceptible de ser convertido por vía mediática en desprestigio para el adversario. El objetivo final de justicia social, imperio de la ley y mejora de la nación y de sus ciudadanos, se alejaría del juego político para ser sustituido por una mera pelea a corto plazo.
¿Que cuál ha sido el resultado de tanta manipulación interesada? Pues, a mi juicio, la creciente infantilización de una sociedad en la que, sin embargo, el protagonismo es teóricamente atribuido a un ciudadano consciente de su responsabilidad individual. Y también la invasión del sentimiento pesimista, que hoy adquiere el carácter de moda imperante como de “trending topic”; en el lenguaje actual, de fenómeno “viral” que puede situarnos en el “in” o en el “out”.
Llegados a este nivel de superficialidad digo yo que habrá que pensar seriamente en reaccionar. Y cuanto antes mejor, pero en ningún caso siguiendo el impulso de unos visionarios de pacotilla rayanos en lo ridículo que se muestran dispuestos a arrasar todo lo que con tanto esfuerzo construimos.
Eso pensaba yo, al menos, cuando, en pleno trance de escribir este artículo, un triste acontecimiento familiar me dio ocasión de conectar de golpe con mucha gente con la que había compartido momentos estelares de nuestra más reciente historia. El encuentro evocaba sin quererlo momentos importantes en los que unos y otros habíamos coincidido en el trabajo ilusionado de situar a España en el lugar que la correspondía por su potencialidad y trayectoria histórica dentro del contexto de una nueva y esperanzadora Europa unida. Así que pronto surgiría, con la nostalgia de una aventura vivida en común, la obligada pregunta de a dónde había ido a parar aquello; de cómo se había malgastado aquel impulso; de qué había pasado con Europa, y sobre todo, con España, tras el paso de algunos irresponsables cegados por el egoísmo y el empecinamiento partidista. Nos preguntaríamos, sí, qué era de aquellas voces proféticas que hablaban de unión y de futuro, y también de la necesidad de que sean oídas de nuevo para, luego de hacer examen de conciencia, infundir un nuevo y esperanzador impulso a aquellos procesos en los que nosotros mismos estuvimos inmersos.
¿Que es preciso hacer muchas rectificaciones al rumbo que más tarde tomarían las cosas? De acuerdo. Pero el sistema que, vencidas las desacreditadas utopías del pasado siglo, trajo la paz y el bienestar a nuestros lares, no lo vamos a cambiar por otros que sólo trajeron dolor y desesperación. ¿Que la opulencia fue caldo de cultivo para la corrupción? Pues erradiquemos ésta tal como se está haciendo. Dejemos hablar a la Justicia y congratulémonos de que lo haga, pues su actuación regeneradora debiera ser motivo de satisfacción más que de hipócritas lamentaciones. ¿Que la vida española se ha politizado demasiado y los partidos acabaron por ocupar espacios que corresponden a la sociedad civil? De acuerdo al cien por cien. Hagamos pues, entonces, examen de conciencia e impulsemos estos cambios con presteza. Perfeccionemos el sistema, que la cosa no es tan difícil si existe voluntad política. Inauguremos pues los buenos usos y costumbres o volvamos a ellos si es el caso, y no cambiemos lo que ha demostrado funcionar, que es mucho y bueno.
Resuenen, sí, las voces de los que saben de verdad lo que es España y lo que debe ser Europa, de los hombres y mujeres que no tienen servidumbres de pensamiento, de quienes no quieren lucrarse sino aportar su esfuerzo, de los que no se dejan llevar por el odio y el afán de polémica: de la gente culta y de fiar. Sea bienvenida la voz de aquellos hombres y mujeres libres que verdaderamente tengan algo de fundamento que decir; la voz de los que no proceden de las vociferantes cloacas pseudo – intelectuales donde se rebañan los restos de las utopías casposas del pasado siglo. Yo sugiero que no nos dejemos arrastrar demasiado por el pesimismo y por los efectos de la mala baba.
Porque YA ESTÁ BIEN, señores míos.
NOTA: Me disculpo por las pequeñas erratas que el lector pueda haber encontrado en mis artículos desde Mozambique. La razón es que están escritos utilizando un teclado inglés “traducido” al español, en el que las letras y los signos no siempre se correspondían con los indicados en las teclas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm9.staticflickr.com/8654/16760164676_b49c9f046d_b.jpg
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