Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de José M. Roca en josedal.blogspot.com ) (*)
Leo en el “Cultural” de ABC que se ha publicado un libro* realmente “sui generis”. Así lo califico aun sin haberlo leído, pues me basta con ver que su tema gira alrededor de un simple vaso de agua. Sí; de un simple vaso de agua en el que el autor descubrirá un sinnúmero de interpretaciones filosóficas y artísticas. Y, francamente, esto es una de esas cosas con las que uno tropieza sin querer y ante las cuales experimenta la sensación de haber descubierto algo realmente interesante. “Genial”, pensé yo así sin más, basándome en la idea que tuvo el autor al decidirse a escribir un libro de estas características. Porque encontrar en un simple vaso de agua materia para toda un ensayo es ya de por sí algo genial. Como consideré genial en su día la disertación que sobre la escalera hizo en la Escuela de Estado Mayor un compañero mío de curso.
Mas no me quedo ahí, porque no puedo disimular mi sorpresa y mi satisfacción al constatar que nuestro autor aborda precisamente mi tema preferido. ¿Que cuál es éste? Pues cualquiera que surja sin que uno se lo proponga de antemano y que la mayoría de los ciudadanos considere un asunto banal. No puedo por menos de pensar entonces “he ahí un alma gemela” y sumergirme en la contemplación de un simple vaso de agua como quien se detiene en un museo para apreciar las mil y una sugerencias de un cuadro de Picasso o de Velázquez.
Señala el comentarista aspectos esenciales de esta sencilla combinación del agua y el cristal: de su relación complementaria o de la que tiene con el tiempo, el espacio, el movimiento o el silencio; del contraste entre la suavidad y la fluidez de uno de los componentes y la rigidez estática del otro. También, por lo que veo, de la presencia de esta imagen en la poesía y en las artes plásticas.
O sea, que el tema da mucho de sí. Sólo habrá que pensar un poco en él. Fíjese usted, improbable lector mío, que hasta tiene presencia en el humor. Baste con recordar aquel “sketch” genial de Tip y Coll en el que los humoristas explicaban cómo se llenaba un vaso de agua, que es, naturalmente, lo primero que sugiere la simple visión de un vaso lleno, puesto que el agua y el vaso que la contiene poco tienen que ver el uno con el otro en cuanto a su naturaleza: líquida y sugeridora de movimiento la primera, y sólida e inmóvil la segunda. Que formen algo que tenga personalidad propia, como es un simple “vaso de agua”, exige en consecuencia una operación previa que permita ponerlos en contacto.
En cuanto a las artes plásticas, el simple “vaso de agua” sería como el ejemplo más cabal de motivo para un bodegón. Cuando, hace mucho tiempo, hice yo un cursillo sobre las raíces y constantes de lo español, caí en la cuenta del contraste entre nuestros austeros bodegones castellanos y la pomposa exuberancia de los centroeuropeos. Mientras los bodegones franceses muestran una aparatosa abundancia de manjares y frutas rebosando de una cortesana cornucopia, el clásico bodegón castellano estaría compuesto por unas pocas cosas humildes hechas valer por la incidencia de la luz en contraste con un fondo decididamente oscuro. Efectivamente, el motivo elegido por un artista castellano sería, por ejemplo, un pedazo de pan y una jarra de vino, y el detalle de mayor enjundia sería el brillo de una luz lateral sobre la panza de barro del modesto recipiente. O sea que la esencia misma del arte español como expresión de una forma de ser y de vivir la vida bien podría ser ese vaso de agua de que hablamos.
Para mí que un simple vaso de agua es mucho, porque, según dicen, el agua es el principio de la vida o al menos un factor esencial para que ésta pueda desarrollarse. Y ahí la tienen ustedes, dentro de un recipiente que se esfuerza por no molestarla lo más mínimo; sólo por darla forma y asegurar que se la pueda ver y que no se perderá. Poca cosa sin embargo si consideramos que ese vaso de agua adquiere a veces la categoría de milagro, ya que, como toda presencia es figura de una ausencia, basta con verlo para sentir la sed e imaginar ese largo trago luminoso que calmará la angustia del sediento. Sí; el agua que se halla en el interior del vaso es el sonido de la garganta agradecida, como el cristal del vaso es el sonido del agua que lo llena.
Y aún hay más en cuanto a los sonidos. Porque el vaso de agua es prototipo del silencio en la medida en que es agua contenida y sujeta, como rescatada para la soledad y la quietud, pero también sugeridora de sonidos excelsos como el rumor del río o el canto de la fuente de la que procede. Lo mismo que el cristal puede ser convertido en un objeto sonoro: por ejemplo, cuando cae y estalla y se dispersa en una lluvia de múltiples fragmentos luminosos; que entonces suena como el trallazo que anuncia una tragedia. Como se hace también canto de pájaro cuando una cucharilla lo golpea.
¿Y qué me dicen de la luz? ¿La han visto ustedes atravesando el filtro doblemente transparente del cristal y del agua? Desde luego yo no encuentro palabras para describirlo; tendría que recurrir a la magia de la poesía para intentar captarlo, y aun así necesitaría contar con la imaginación de quien se dignara escucharlo.
En todo caso, ¿cuál es el futuro que sugiere este curioso maridaje entre el cristal y el agua? Porque al considerarlo – ya saben que cualquier imagen es un potencial de sensaciones y de sentimientos – no podemos sino entristecernos ante la banalización de los objetos que, siendo fruto del trabajo del hombre y del criterio estético de un artesano al servicio de su vocación de utilidad, acaban siendo desechados por aliviar la carga, o se ven despreciados por el “usar y tirar” de un mecanismo de índole económica que nos insulta convirtiéndonos en “usuarios” o “consumidores”. Mas el cristal no se resignará del todo a su condición de desecho fragmentado, puesto que quien antes custodiara la limpidez del agua aún hará brillar su luz desde la vergonzante humildad del vertedero antes de perecer en la trituradora.
En todo caso la liberación de la aparente servidumbre de dar contenido al líquido elemento – esa segura separación futura – no favorecerá a un cristal transparente y generoso que, más que encerrarlo, lo acogió y le regaló su propia forma, permitiéndole que mostrara su belleza y ofreciéndole la luz para jugar con ella. Convirtiéndolo en algo deseable y esencialmente nuevo; esto es, en un simple vaso de agua que antes de saciar la sed del sediento – esa obra de caridad que nos ofrece – habrá vivido en la paz y en el silencio su inevitable vocación de símbolo.
* “Variaciones sobre el vaso de agua” – Andrés Sánchez Robayna
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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