Por Carlos de Bustamante

( La curación del ciego. Anónimo románico en los muros laterales de Sant’Angelo in Formis, Capua. Pintura.aut.org) (*)
Timeo no era hombre de muchos posibles. Tenía además un hijo ciego a quien cuidar, alimentar y vestir. Sufría el hijo de Timeo -Bartimeo- viendo sufrir a su padre. A la vera de un camino muy transitado, tenía sitio fijo para pedir limosna a los transeúntes y caravanas que lo frecuentaban.
A falta de vista, tenía otros sentidos muy desarrollados. A lo lejos oyó tumulto de gentes. Pensó primero en la posibilidad de limosnas abundantes. Luego, preguntó qué sucedía ante un bullicio desacostumbrado:
-Es Cristo -Jesús- que pasa -le dijeron. Se olvidó de las posibles limosnas. Pensó sólo en la ocasión difícilmente repetible.
Comenzó a gritar con insistencia:
-“¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!”
Lo que le faltaba en vista a Bartimeo, le sobraba en vozarrón. Tanto, que le rogaban que callase. Sabía lo que se jugaba y voceaba lo mismo, pero aún más fuerte. Como yo estaba junto a Jesús, sé que le oyó desde el principio. Con perdón, se hizo el sueco. Al fin, le mandó llamar. Fue todo muy sencillo. Divinamente sencillo.
-“¿Qué quieres que te haga?”
-¡Señor, que vea! Y vio. Inmediatamente. Siguió con nosotros. ¡A ver…!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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