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La inabarcable mente humana

Tres foramontanos en Valladolid 07 Abr 2015 - 07:24 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Foto de los Alpes franceses donde ha ocurrido la tragedia de Germanwings ) (*)

Los más viejos del lugar recordarán quién fue Galvâo. Galvâo fue un señor portugués que secuestró un barco y al cual muchos bailarían el agua porque su acción fue un acto de protesta contra el régimen vigente en Portugal. Claro que luego tendrían que disimular cuando aquella gracia fue repetida en otros mares y por otros piratas hasta convertirse en una moda ciertamente incómoda. De entrada, ocurriría lo del Achille Lauro, aquella gran tragedia de la que hasta hicieron una película de acción, y además la broma se fue haciendo más y más frecuente a partir de su aplicación a los viajes aéreos.

Soportamos entonces durante una temporada la locura de una serie de venados que desde las filas de los pacíficos viajeros se iban a la cabina para obligar a los pilotos a un cambio de rumbo hacia aeropuertos distintos de los programados. Las motivaciones fueron entonces muy diversas, pero no así los sustos, siempre gordos y desagradables. Pueden ustedes imaginar lo que sería un vuelo en tales condiciones: unos honrados ciudadanos a los que tenían al pairo las pretensiones y reivindicaciones de quienes les secuestraban, pero con la tensión a tope por el riesgo de que, entre los nervios de unos y los soponcios de otros, la cosa acabara como el rosario de la aurora.

Naturalmente, los regidores del transporte aéreo intentaron plantearse diversas situaciones parecidas y se exprimieron las meninges para encontrar soluciones más o menos técnicas, pero, no sé si por eso o simplemente porque se pasó la moda, los actos de piratería fueron remitiendo gradualmente hasta llegar casi a la extinción.

Mas aun así no tardaría en surgir otra maldad; ya saben ustedes que la mente humana da tanto de sí como demuestran las películas de acción, donde se registran casos reales pero en los que también juega la imaginación. Y en eso no hay límites posibles: ustedes conocen las truculencias con que nos “deleitan” los filmes de terror. Así, el terrorismo encontró, sin moverse siquiera del escenario del transporte aéreo, un buen filón de posibilidades. La gracia podría consistir, por ejemplo, en facturar una maleta cargada de explosivos, no subir al avión y hacer que explotara el artefacto. Recordarán ustedes – al menos yo sí que lo recuerdo – aquellos tiempos en que a uno le hacían bajarse del avión para ver las maletas desplegadas en el suelo y reconocer las de su pertenencia. Así hasta que se encontrara una sin dueño conocido.

Y en eso estábamos cuando llegó el famoso Once de Septiembre del año 2001 y todas las disposiciones preventivas saltaron por los aires. Unos geniales asesinos con barba y kalashnikov en ristre habían remedado el poder norteamericano convirtiendo los aviones de línea en misiles. Satánica idea que incluía, como sucedáneo de los mecanismos de precisión de los misiles intercontinentales, unos hombres dispuestos a inmolarse por “la causa”, lo cual desarboló de golpe todas las posibles previsiones. En efecto, el 11S hizo ver que los asesinos podían ser los mismos pasajeros, que ahora irían mucho más lejos que Galvâo en sus variantes y modificaciones: ya no bastaba con asegurar que los dueños de las maletas viajaban realmente, pues los mismos viajeros podían ser culpables Y ahí tienen ustedes a ancianas señoras de aspecto bonachón sufriendo los rigores de la inspección policial como si fueran posibles terroristas, y honrados y dignos caballeros corriendo el riesgo de perder hasta los pantalones por mor de la seguridad. Imaginamos a los responsables visualizando las más aberrantes truculencias para pergeñar un método infalible de respuesta; así llegaron a blindaron la entrada a la cabina del piloto.

Pero, amigo – ahí tienen la lección que yo quisiera transmitir – no llegarían a imaginar la posibilidad de que el asesino fuera nada menos que un copiloto enajenado. Variedad que no se le ocurría ni siquiera a Hitchock, quizá porque de haberla introducido en sus películas habría sido tenido por excesivamente fantasioso. No digamos si añadiese el primer plano de un cerrojo bloqueado y la imagen del piloto titular intentando inútilmente abrirlo a desesperados golpes de hacha mientras la aeronave seguía su inexorable descenso hacia la muerte. De nada serviría que fulanita se hubiera quedado sin su frasco de colonia al pasar los controles, que zutanito perdiera su reloj en el trasiego de bandejas, o que, como ocurrió en el caso del reciente vuelo de Barcelona a Düsseldorf, el copiloto bloqueara la puerta de la cabina para no dejar entrar al titular. De poco serviría tampoco el exhaustivo sistema de exámenes y pruebas psicofísicas aplicado con rigor a quienes entran en el exigente mundo del transporte aéreo. Aun con todas esas precauciones, un avión sería dirigido hacia su destrucción por un joven copiloto que, probablemente temeroso de que una baja médica truncara su carrera, ocultó al control un rebrote depresivo.

Ahora – como es lógico – todo el mundo anda buscando soluciones. Una de ellas será, sin duda, no dejar que se cuele un candidato que haya sufrido episodios de inestabilidad, por ligeros que estos fueran y por mucho que, según los médicos, los hubiera felizmente superado. Esta medida sí parece lógica. También, según nos dicen, se haría obligaría aquella norma de que siempre haya dos en la cabina, de forma que nadie pueda encerrarse en ella aprovechando, como en este caso, unas inevitables necesidades fisiológicas.

Pero digo yo que aun entonces será imposible descartar la posibilidad de que sea precisamente a ese segundo personaje, auxiliar de vuelo o algo parecido – es decir, alguien al que normalmente no se exigirían pruebas tan estrictas y frecuentes como a los pilotos – a quien, en un momento determinado, se le cruzaran los cables del cerebro.

Conclusión: que en materia de seguridad no podemos poner puertas al campo. Que esa mente humana que es capaz de imaginar las fantasías más enrevesadas siempre encontrará en algún momento la ocasión de ponerlas en práctica aprovechando incluso las medidas que con mejor intención pudiéramos nosotros oponerles. Que siempre habrá un resquicio para la sorpresa. Que no nos podemos blindar hasta ese extremo y vivir esclavos del temor.

(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm9.staticflickr.com/8693/16975855991_e5229b4a00_b.jpg

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