Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Javier Minguez) (*)
Dicen que hay que regenerar la vida española, opinión ésta que suele aplicarse en términos políticos. Y la aseveración parece bien fundada, puesto que las delicias vividas en una sociedad como la nuestra, que se apellidó “del bienestar”, relajaron de tal forma las normas éticas, que muchos de nuestros representantes se acomodarían en sus poltronas y empezarían a hacer y deshacer como si en vez de una exigente responsabilidad tuvieran entre manos un modus vivendi mollar y confortable y fondos públicos a su disposición. Así hicieron uso de lo que se les había confiado con una notable generosidad hacia su personal partido y muchas veces hacia sus bolsillos. En otras ocasiones, las leyes que debían servir para unas cosas fueron aprovechadas para otras: así, la ley electoral dio un plus de ventaja a los separatistas, y la penal aligeró las penas que deberían sufrir los despiadados terroristas.
Todo esto debe ser reformado, desde luego. Pero también hay otras cosas que merecerían lo mismo. Habría, por ejemplo, que someter a una cura moral el ambiente creado por la Cofradía de la Malababa y por los tontos útiles que están dejando a España en un estado de grave postración.
Del pesimismo que nos ha invadido ya he escrito bastante en este blog. Pero es hora de que también haga referencia a un fenómeno que cada día gana más espacio en nuestras propias vidas. Me refiero a la desaparición de nuestra buena fe, tema ciertamente importante por cuanto está haciendo de nuestra sociedad un territorio hostil en el que cada ciudadano tiende a recelar de aquellos con los que convive.
Este fenómeno se ha ido ampliando y ganando espacio cada día. La gran diferencia respecto de otros anteriores es que éste se enmarca en un contexto de supuesto perfeccionamiento de la vida y de la convivencia. Por una parte está, sin duda, la obsesión por la seguridad, que nos ha llevado a extremos que a veces llegan a ser ridículos. Y no me refiero sólo a la posibilidad de que nuestros semejantes sean para nosotros una fuente de contaminación y de contagio. Yo escribí un relato corto sobre esto. Se titulaba “El virus” y partía de una situación a la que cada vez nos acercamos más. Sí, en efecto, ya empieza a parecer raro que aún se acepte esa expresión de amor que puede ser el beso: ocasión indudable para la transmisión de virus y bacterias que bien podría merecer su supresión de las habituales y cada vez más complicadas escenas filmadas hoy en día. Con este ejemplo quiero decir que la obsesión por el bienestar lleva el camino de hacernos ver cada vez más al prójimo como un peligro potencial.
Mas no se trata sólo del aislamiento inducido por los peligros que afectan a nuestra salud como consecuencia del contacto entre los hombres. Al fin y al cabo se supone que si alguien puede transmitirnos incluso la muerte no lo hará de forma voluntaria, así que su proximidad nos hará rehuirle pero no generará directamente repulsión u odio. Se trata de otras muchas circunstancias que también pueden hacerlo. Por ejemplo, hoy un anciano evitará mostrarse cariñoso con un bebé o un niño por temor a que le consideren sospechoso. Y esto ocurre con muchos aspectos de la vida que podrían ser expresión de un bello sentimiento humano y que ahora se ven como ensuciados por consideraciones perfectamente lógicas pero que ponen en relieve incluso los vicios más nefandos haciendo de ellos una realidad peligrosa que contribuye a amargarnos la existencia.
Así hoy vemos como los pequeños, naturalmente aconsejados por su padres y por sus profesores, no sólo hacen gestos de temor ante cualquier persona extraña – es decir, desconocida simplemente – sino que ya conocen hasta en detalle muchos de los vicios y pecados de la especie humana. ¿Necesario? Pues probablemente sí, pero también muy triste. ¿Cómo tomar las necesarias prevenciones sin romper la inocencia de los niños e incluso de los jóvenes? Pues no lo sé; sólo sé que yo he vivido, como es lógico, los periodos de la niñez y la juventus – hasta diría también que de la madurez – con un considerable nivel de inocencia y una escasa presencia de lo que podríamos llamar el mal.
Otro ejemplo es el del efecto causado recientemente por el “descubrimiento” de la corrupción, tan intenso que se diría haber caído sobre una sociedad que la desconocía (?). Da la impresión, o al menos así me lo parece a mí – que el hipócrita rasgado de vestiduras que venimos presenciando incluye la suposición de que no hay político que no se esté beneficie torticeramente de los fondos públicos. Así que haremos funcionar el sistema democrático con el asco que nos produce el suponer que detrás de cada representante político y cada candidato hay un simple mangante. Bueno, y no es de extrañar cuando aquí hay muchos que piensan que todo el mundo tiene un precio, consideración ésta que nos hace estar seguros de que hay tantos que lo tienen como personas que lo creen.
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A lo cual se suma la abundancia de noticias relativas a crímenes de todo tipo, y, singularmente, de asesinatos en el ámbito doméstico – lo que se ha venido en llamar “violencia de género”. No digamos de robos en sus múltiples modalidades, pues basta con cualquier descuido para que ese personaje que pasaba casualmente por allí se aproveche y se quede con lo ajeno. Así que cualquier signo de honradez es tomado por cosa extraordinaria cuando debiera ser normal.
El resultado de todo esto que les digo es que, en un entorno de realidad mediática como la que vivimos, es decir, en una realidad dominada por la perspectiva proporcionada por las noticias – singularmente cuando éstas son ilustradas por imágenes – la repercusión de tantas cosas negativas, más los omnipresentes intereses políticos que han hecho de España un inmenso patio de vecinos, han contribuido poderosamente a sembrar la desconfianza entre los ciudadanos. Nadie se fía ya de nadie. Y esto es pura presunción del egoísmo ajeno como reflejo del de nosotros mismos.
Sin embargo estoy seguro de que los españoles somos gente alegre, más bien optimista; gente generosa que tiene un plus de simpatía. Que somos capaces de transmitir calor humano, y en esto superamos ampliamente a la mayor parte de los europeos. De ahí la pena que ahora me da el vernos tan desconfiados; constatar que somos incapaces de presuponer la buena fe del prójimo.
Claro que también era español aquel dicho popular de “piensa mal y acertarás”. Yo lo conocía de siempre, pero hasta ahora lo tuve por una simple muestra de retranca rústica.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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