Por Carlos de Bustamante

( Acuarela de Abe Toshiyuki en Facebook) (*)
Créanme que puesto a teclear, son tal la cantidad de argumentos que se me vienen a la cabeza, que no sé por cuál comenzar de los que responden a este título. Y enseguida un ruego: suplan ustedes, por favor, con las mentes más lúcidas que la mía las omisiones o las carencias. También aquéllos en los que, por meterme en camisa de once varas, no sean los más apropiados. Vamos allá…
¿Cómo y por qué un militar trata de temas –políticos en este caso- sin que nadie le haya dado vela en este entierro? ¿Cómo y porqué un militar habla -escribe- sobre temas religiosos siendo, como lo es, laico hasta la médula de los huesos?: ni teólogo, ni político, creo guiarme por el menos común de los sentidos; que es el sentido común.
Para ceder sin conceder- luego veremos en qué- nos topamos, primero con un no pequeño escollo: la clara distinción entre el “bien y el mal”.
A primera, segunda, tercera y…. vista, el bien es lo contrario al mal y viceversa. ¿Cómo, pues, ceder en un mal para conseguir un bien? El sentido común, me dice: imposible. La cosa sin embargo se complica con el añadido de un simple – no tan simple- concepto: sin conceder. Y Sin resolver el contrasentido y una vez dicho lo anterior, podríamos quedarnos tan oreados (satisfechos). Es preciso, para no faltar al menos común de los sentidos, un pequeño, gran, añadido…: “ceder, ¡sin conceder!, para luego recuperar”. ¿Entonces, podrá ser el mal un bien a la a la vez…? ¡Vaya lío! ¿no? Trataré de desenredar la madeja.
Según los juristas y quienes ejercen la abogacía en diferentes especialidades, hay delitos y faltas; unos u otros según la gravedad de los hechos. Dicen los mismos profesionales, que dentro de ellos (faltas o delitos), existen agravantes y atenuantes que aumentan o disminuyen las penas debidas a los así clasificados. Dicho lo cual, también habrá, digo, males mayores y males menores; males con agravantes y sin ellos o con atenuantes. Del bien, nada que objetar, salvo que es fundamental diferenciar las diferentes y tan distintas clases de bienes. Y de cómo los administramos según sean materiales o espirituales. Aspectos en los que no voy a entrar.
Con una pequeña pirueta, sí trataré de un sinónimo del “ceder” al que ahora titularé con el calificativo “tolerancia”. Tan de moda en nuestros días, y de su antónimo intolerancia.
Dicho esto, surge solita la pregunta: ¿en qué sí y en qué no se puede ceder o tolerar? ¿En qué sí y en qué no debemos ser intolerantes…? Porque ambas preguntas entrañan no pocas dificultades que son el motivo que nos ocupa, he de recurrir a lo que al respecto dicen doctores “que les sabrán responder”. No por casualidad he recibido la opinión sobre esto de uno de los doctores teólogos y con diversas profesiones ejercidas antes de ser ordenado. El que es hoy, entre otros cargos de suma importancia, consultor en la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Transcribo textualmente la entrevista a Monseñor Ocáriz que, en parte, responde a los interrogantes planteados anteriormente.
-En su libro “Sobre Dios, la Iglesia y el mundo” aparecen con frecuencia los conceptos de libertad, tolerancia y convicciones personales. ¿Cómo puede articular un cristiano de hoy estos valores?
-Cuando predomina un clima relativista, es lógica la sospecha de intolerancia hacia quienes tienen convicciones firmes. El relativismo manifiesta -en buena parte en la cultura occidental- la crisis de la razón, que reniega de su propia esencia: tratar de conocer la verdad y el sentido de la existencia. Desemboca fácilmente en un actuar egoísta.
Por otra parte, la noción de tolerancia se emplea con frecuencia como equivalente al respeto por las opiniones y actuaciones distintas de las propias. En el contexto relativista, es sinónimo de indiferencia: concuerda entonces con una idea de libertad entendida también como indiferencia. “En cambio, el sentido original del verbo tolerar es el de no impedir un mal, que se conoce como tal y que se podría impedir, con el fin de evitar un mal mayor. La armonía entre libertad, tolerancia y convicciones personales requiere la atención al “bien común”. La cultura individualista tiende a ignorarlo. Pienso que es necesario poner el concepto de bien común en el centro del debate público”.
En cuanto al título, requiere acudir al recuerdo.
En la década de los años cincuenta, el Opus Dei, aún no estaba reconocido en la Iglesia como Prelatura personal. San Josemaría, su fundador, insistía con denuedo en la aprobación definitiva de la Obra, tal y como él “la vio” el 2 de Octubre de 1928. Recibió diversas aprobaciones, que no respondían a la inspiración recibida.
Cursaba el que se lo relata el 2º curso en la Academia General Militar cuando supe de la aprobación que la encuadraba como Instituto Secular. Como tal, deberían aceptar los miembros -pocos aún- lo propio de los Institutos cual son los consabidos tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Pero como al entonces solo Josemaría no le interesaban “votos, botines, ni botones”, porque no respondían a lo que vio con suma claridad, manifestó a aquellos primeros: “cedo sin conceder, para luego recuperar”.
Si tras lo expuesto, les parece oportuno hacer una comparanza con lo manifestado por Mons. Ocáriz (repasen, por fa, el párrafo entrecomillado), verán cómo tiene un singular parecido. ¿Cuál era el mal en la referida aprobación?: sencillamente que la Obra no era eso. Dignísimos y buenísimos los Institutos seculares; pero él no vio la Obra como tal. Por tanto, toleró un mal (recuerden… ¡no era eso…!), que podría haber evitado con una negativa rotunda, pero lo aceptó “como mal menor”, para “el bien común de luego recuperar”.
Efectivamente, el 28 de Noviembre de 1982 y tras meses y años de “oraciones de todos los miembros de la Obra unidos”, llegó la aprobación definitiva como Prelatura Personal de la Iglesia. El “bien común” de la Iglesia entera con los miles de miembros que hoy se reparten por los cinco continentes.
He decir, sin embargo, que la diferencia con la alternativa que se nos plantea aplicada al próximo voto en los distintos comicios, no tiene exactamente los mismos términos de comparación, como no creo necesario explicar; pero sí pudiera ser una pauta a seguir. En la que conste que no pretendo aconsejar; yo…digo nada más.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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