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La zafiedad o elegancia de un gesto

Tres foramontanos en Valladolid 14 Abr 2015 - 07:28 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Debi Watson en debiwatson.com) (*)

Yo no sé – y esto lo dirijo sobre todo a los de mi generación, que pienso yo me entenderán – no sé, digo, si se habrán fijado ustedes en como escribe ahora la gente. Yo, desde luego, veo cosas rarísimas.

He de confesar, de entrada, que no seguí la evolución de este hecho socio-cultural, pero supongo que esos señores tan listos que se reúnen cada dos por tres para planificar la educación de los niños y que no paran de poner “en común” ideas y conclusiones – es decir, los famosos “pedagogos” – habrán ya discutido hasta la saciedad sobre lo que debe hacerse en relación con el criterio “a seguir” para enseñar a escribir a quienes tienen la tendencia natural a emplear su mano izquierda, o sea, a los zurdos; que así es como se les llamó toda la vida sin ánimo de ofensa.

Pues bien, mi reciente experiencia apunta a que en España hay cada vez más gente que escribe con la izquierda. Yo había visto muchos zurdos en América, y como me llamaron la atención los jeribeques que hacían para escribir, pensé que podría haber algún rasgo congénito diferencial entre nosotros y los americanos. Pero como ahora veo a bastante más compatriotas míos realizando los extraños jeribeques, me crece la impresión de que si antes casi todos los españoles eran diestros a la hora de escribir sería porque en “mis tiempos” no parecía bien aquello de escribir a contramano.

Fíjese usted: incluso no me extrañaría que los “progres» de hoy, tan ocurrentes ellos y tan poco versados en la realidad histórica, hicieran creer a niños y pedagogos que la “educación franquista” castigaba a quienes no utilizaran la “derecha”. Que crean que aquellos sádicos que según dicen arreaban estopa a sus cándidos alumnos – cosa que yo desgraciadamente nunca vi en toda mi vida, y mira que cambié de colegios e institutos: Valladolid, Madrid, Lisboa, Vitoria -, no toleraban la utilización de la “izquierda” ni siquiera para una operación aparentemente trivial como la de escribir. Pensarán que, al fin y al cabo, el diccionario “franquista” traducía “izquierda” por “siniestra”.

Bueno, pues a lo que voy. El caso es que ahora veo a mucha gente de bien poniendo el papel atravesado y revirando su mano izquierda de forma casi antinatural para conseguir que su escritura salga más o menos como debe ser, esto es, de forma horizontal y dentro del espacio previsto a tal efecto.

Mas lo que verdaderamente me llama la atención es que estas cosas raras que ahora se ven a la hora de escribir se hayan extendido a quienes utilizan la derecha. Porque hay que ver la variedad de formas con que hoy la gente agarra con los dedos el lápiz o el bolígrafo. Algunos lo hacen como si, en lugar de un instrumentos propio para la escritura, se tratara de una brocha o de un hacha. Hoy mismo – y esto me ha hecho tomar la decisión de escribir lo que ahora les escribo – he visto a un subdirector de sucursal Banco en la tesitura de escribir unos números en un papel, y, de verdad, una vez más me ha sorprendido ver la crispada forma en que lo hacía.

Confieso que me es difícil explicarlo, pero el caso es que la acción de un par de dedos como presionando con alevosía al bolígrafo de marras hacía que las correspondientes uñas se viesen aureoladas por el color rojo de la sangre agolpada, dejando en cambio lívidas las largas falanges inmediatas. Recordé entonces mis días de colegial en el colegio de las Teresianas de Valladolid – recuerdas, Carlos, tú también? – cuando, con supongo cuatro o cinco años puesto que con seis fui a vivir a Madrid, las monjas me enseñaron como debía colocar los dedos para deslizar con elegancia el lápiz o la pluma sobre las hojas del cuaderno. Una vez asimilado lo cual, repetiría las letras una y mil veces en busca de una caligrafía correcta y fluida; primero, una a una, luego formando palabras, y el conjunto componiendo una especie de columnas salomónicas: “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”.

Imagino que si alguien lee efectivamente esto que acabo de escribir me dirá que ahora se prefiere que el alumno vaya a su aire, que se exprese con total libertad, que no se quiere forzar al niño zurdo pues en tal caso se sentiría discriminado. En fin, todas esas paparruchas al uso. Me las sé, fíjese usted, sin siquiera habérselas oído a nadie. Pero a mí esas zafias trazas propias de desgarramantas hechas de cualquier manera me parecen una falta de respeto a lo que la escritura representa como expresión elemental de la cultura; un acto de desprecio a la exigencia de una cierta elegancia en los gestos personales.

Ahora dicen que en el país europeo puntero en el esfuerzo educativo – me refiero a Finlandia – dejarán de enseñar a escribir de la manera clásica para concentrarse en la mecanografía. O sea que enseñarán a escribir en el teclado del ordenador desde el principio.

Pues bien, de acuerdo: de ahora en adelante raro será escribir a mano. Y será bueno hacerlo con soltura dando a las teclas con rapidez, sin cometer errores. Por tanto la decisión me parece simplemente práctica. Pero no creo que convenga ni se deba renunciar a mantener la capacidad de escribir también a mano, y que cuando se haga, sea tal como se debe por tradición, eficacia y estética, es decir, dejando el rastro de la propia personalidad. Evitando transmitir la impresión de que uno anda con prisa o de que trata simplemente de cumplir un trámite.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7698/16430389074_3d83ee6f1b_o.jpg

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