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Herrera en su onda

Tres foramontanos en Valladolid 17 Abr 2015 - 07:25 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Herrera y su equipo)

Pues de pronto se fue, y me llevé un disgusto. Me despertaba con él cada mañana, casi siempre cuando él llevaba ya unas cuantas horas de programa. Era una voz con la que yo me permitía no sufrir, y esto es ya decir mucho. Sí; yo no sufría porque sabía que las truculencias de estos tiempos aciagos me llegarían tamizadas por su palabra simpática y sensata: algo no fácil de encontrar en nuestra España de hoy. Así que ahora me encuentro como huérfano de voz amiga.

Ya dije que se fue, pero curiosamente lo que hoy ese tercia no es, como otras tantas veces, ensalzar la figura de un ausente por simple defunción, que Herrera sigue vivo y coleando, y está mejor incluso que antes. En efecto, ya puede levantarse a la hora que le plazca, o sea sin el sinvivir de un madrugón de órdago y la presión de tragarse los sapos y culebras con que la actualidad nos obsequia cada día. Sí; él sabía tragarse todo eso con dignidad y “fair play“ convirtiéndolo en materia digerible, pero, lógicamente, harto de esa exigencia sostenida a lo largo de tanto tiempo y de tantos desagradables avatares ha preferido cambiar de aires. Así que lo que ahora más me extraña no es que quiera marcharse, sino que haya aguantado tanto tiempo.

De ahora en adelante echaré de menos, sobre todo, su peculiar sentido del humor, algo que no sólo admiro sino que agradezco también sinceramente. Eso es lo que creo que le ha hecho grande: ser capaz de mantenerlo contra viento y marea, tanto en los buenos como en los malos tiempos, que de éstos los hubo abundantes hasta en el sensible territorio de lo personal. Y no me refiero sólo al humor de que hacía gala en su espacio específico, que ahí reímos hasta partirnos el lomo con los famosos fósforos. Recuerdo, sin ir más lejos uno bien reciente: el de un hombre de campo al que cogió arando un pequeño terremoto: algo antológico.

Cierto es que se le veía disfrutar – digamos con franqueza – en el difícil territorio de lo escatológico, donde parecía desenvolverse con especial soltura. Le divertía hacerlo, y se le perdonaba por aquella especie de gracia sevillana con que impregnaba cuanto hacía. Y no había tema ni situación que no quedara matizada por un humor personal que traslucía su estatura intelectual y humana.

Admiraba también yo su habilidad profesional a la hora de cambiar de tercio. Me ponía en su piel e imaginaba cuántas respuestas incisivas le quedarían bailando por ahí dentro, cuántos comentarios acudirían oportunos a su boca con la intención de proseguir aportando ideas al debate o simplemente a la conversación. E imaginaba lo que a mí me pasaría en tales circunstancias: me quedaría como incómodo e incapacitado para entrar en otro tema diferente; como sin terminar de hacer la digestión. No como él, que saltaba alegremente de una cosa a otra. Su flexibilidad también le permitía mantener los buenos modos cuando le tocaba entrevistar a los políticos. Yo, en mi condición de radioescucha, sabía que sus ideas chocaban muchas veces con las de los entrevistados: que si él quisiera podría revolcar a su interlocutor sin otra arma que el buen criterio y algunas razones contundentes. Y, sin embargo mantenía las formas y, sin renunciar a la verdad, evitaba poner a nadie en evidencia salvo en la medida en que el mismo entrevistado se autodesacreditara. Otra cosa era naturalmente, su papel de columnista de la prensa escrita, donde, naturalmente, sus críticas podían ser más ácidas.

Otro motivo para mi admiración era el trato que siempre dispensaba a sus más cercanos colaboradores. Claro que debían trabajar como negros, porque mantener un programa de tantas horas exige unos apoyos formidables. Quizás ello le hacía ser especialmente entrañable a la hora de adjudicarles remoquetes o de tomarles cariñosamente el pelo. Entonces el tono se hacía familiar, personal, directo. Estoy seguro de que ahora todos cuantos trabajaron para él sentirán el orgullo de haber formado parte de su equipo.

Así que se acabo “Herrera en la Onda” aunque aún colee en espera del relevo. Habrá, pues, que resignarse y ver si hay alguien que pueda reemplazarle en mi fidelidad. Pero será difícil, porque no quiero ni debeladores ni listillos, y estos son los que ahora más abundan. Y menos quiero, claro está, soportar a los “progres”. Quiero alguien con sentido común y buen sentido del humor. Otro “Carlos Herrera”, simplemente .

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