Por Javier Pardo de Santayana

( Santoña. Obra del acuarelista inglés sir Edgar Thomas Ainger Wigram) (*)
Escribo esto recién terminada la Semana Santa. Pero no piensen que el artículo es algo pasado de fecha, porque de momento me permite presentarles un enigma que no es coyuntural.
Para evitar posibles comentarios, una vez más les recordaré que no soy un potentado ni cosa parecida; sólo un jubilado pendiente de llegar al fin del mes. Y que, para mayor abundamiento, tiene expatriado a uno de su hijos, y al otro en infructuosa espera de trabajo tras seis años a más de ocho mil kilómetros de aquí.
Les contaré. El caso es que he pasado estos días de comienzos de abril en Cantabria, junto a la ría de Santoña – un rincón de España muy bello y atractivo pero no especialmente frecuentado por el turismo extranjero – y que, hace tres días me acerqué con mi familia al Mercadona de Colindres, pueblo esencialmente marinero en cuya conexión con Laredo y en menos de un kilómetro, además de una estación de Repsol, una gran ferretería, un tanatorio, varios importantes talleres y concesionarios de automóviles y otras diversos establecimientos, se alinean una frutería de grandes proporciones y nada menos que seis supermercados, seis: Mercadona, Aldi, Lidle, Árbol, Telco, y BM, o sea Bon Marché.
Tal era, señores, la densidad del tráfico, que, pese a estar controlado por varios agentes de la policía local, la cola de vehículos se hacía interminable. Así que tras un largo rato de espera, y viendo que los aparcamientos estaban rebosantes, optamos por volvernos directamente al pueblo de Cicero, donde ahora hay también dos supermercados. Quién te ha visto y quien te ve… En tiempos lo único que había era la tienduca de Bernabé y su hermana, que recibían los telegramas además de despachar al público.
Hoy ya ven ustedes cómo está la cosa. Colas interminables y verdaderas multitudes, no para adquirir productos de primera necesidad como seguramente supondrán los lectores del New York Times y quienes, habiendo oído a nuestros lacrimógenos políticos, nos equiparan a esos pobres venezolanos que andan cortos hasta de rollos de papel higiénico, sino para hacer una compra que en la mayor parte de los casos no escatima ni fruslerías ni caprichos tal como he comprobado con mis propios ojos y me han refrendado las cajeras.
Pues hay que ver los bares, restaurantes y cafeterías de la zona… En Santoña encontramos un asiento vacío gracias a coincidir con el momento en que lo abandonaba una familia, pues la gente merodeaba desde los alrededores y nadie tenía pinta de tener intención de levantarse. Y esto en todas partes: en la plaza, en las calles aledañas alrededor de toneles que cierran el paso a los vehículos, y en el pasaje, con el cinemascope de la ría al fondo. Todo el pueblo atiborrado de gente, con los camareros sin poder dar abasto. Y en el mismo Cicero, tanto en el bar de abajo como en el de arriba. En fin; a tope en todas partes. Y desde luego las familias y amigos con aire de disfrutar de la vida: no de estar abrumados por el sufrimiento; gente con pinta de ser del montón, no de postín o de posibles, que eso se nota ya de lejos.
Así que imagino la sorpresa que se llevaría al ver como está el país cualquiera que hubiera visto fotografías de la Banda del Tic-Tac con los puños en alto o viniese de fuera con la idea que por lo visto nosotros mismos transmitimos de nación en crisis. Claro que antes se habría quedado atónito al ver las carreteras por las que, según hemos visto en la televisión, circulaban millones de coches transportando familias españolas con la intención de disfrutar de unos días de asueto y de buen tiempo. Algo que se puede evaluar en costo de euros: gastos de carburante, alojamiento y – no faltaba más – bares y restaurantes. “¿Un país en crisis?” dirían nuestros ingenuos visitantes. “Pues la verdad es que nadie lo diría. Caramba con los españoles, ¿qué sería de ellos si no estuvieran tan mal como nos dicen?”
Pero como estamos en periodo de autoflagelación, decir decir cosas así – incluso como yo mismo vengo de hacer ahora es decir, constatando simplemente hechos – no parece ser cosa normal ni conforme a lo que llaman “corrección política”…
“Lasciate ogni speranza, voi ch´entrate” (Vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza) decía la la entrada al infierno de Dante, y parece que éste es lema de moda que según nuestros políticos debieran conocer cuantos pretendan cruzar nuestras fronteras. “Pero, cómo se le ocurre… ¡nada de esperanza, hombre!”, recomiendan muchos de nuestros líderes y sus medios afines, o sea los mismos que nos pusieron en una situación al borde de la ruina. Y quienes de esto han hecho su modus vivendi, como los listillos que hasta hacen caja de esta forma.
No es de extrañar, por tanto, que uno de los columnistas de ABC haya acabado su artículo diciendo: “Lo siento, pero me voy a dar de baja en el Club de los Cenizos”. A lo que yo añadiría: “aunque no sea más que para ponerme en sintonía con la mayor parte de los españoles y pese a que muchos de ellos no quieran admitirlo”.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7641/16989413720_0456a5faa0_b.jpg
Home