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El Rezongón 26. Tres princesas

Tres foramontanos en Valladolid 30 Abr 2015 - 07:28 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Bajada de la Libertad, Valladolid. Acuarela de J. M. Arévalo. 36×45 ) (*)

Cuadriculado, pero con moderación. Galante, pero sin afectación, creo. Amigo del requiebro, sin groserías. O sea, que este Rezongón es “yo me lo guiso; yo me lo como”.

Moderado, porque aun acostumbrado desde adolescente o antes, a un horario, el Rezongón procura ajustar, como los guantes a las manos, la actividad en el horario sin excesivas apreturas. Como las prendas femeninas en las modas de antaño: moderado.

Galante. Porque dentro de los límites marcados por la decencia, no creo que a ninguna mujer le disguste el piropo, tan español. No creo que ceder, por ejemplo, el paso a quien por fémina, edad, o alguna dificultad física, pueda ser objeto de calificativos tan de moda como machista o afectado. Antiguo, pero de costumbres arraigadas desde niño. Educación. Nada que ver con la nefasta “Ed. para la ciudadanía”.

Después de cumplir voluntariamente el horario desde “el toque de diana”, el Rezongón asiste luego y puntual a la tertulia diaria al Círculo de Recreo, más conocido como Casino o jocosamente “pecera” en Valladolid donde reside, con el número variable de amigos que acuden a la una de mediodía. Tertulia siempre variada en temas y agradable por la calidad humana de los tertulianos. Al toque de “fajina” (cuadriculados), se levanta la sesión y “cada mochuelo a su olivo”.

Con puntualidad espartana, durante el regreso al domicilio, desde donde procede el toque de fajina, el Rezongón se cruza a diario con las mismas personas. Para lo mismo que el tertuliano unas; para el trabajo vespertino otras; o para adquirir alimentos cocinados, para quien no tiene quien se los prepare.

Para el trabajo vespertino, mejor, de la tarde otras…: son siempre las mismas “tres princesas”; tres marías, que sin afectación, ni groserías cada día reciben el requiebro, galantería o piropo del Rezongón. Son tres princesas que, carrito y escobón en ristre, acuden siempre puntuales y sonrientes al diario trabajo de limpieza en las calles y plazas que les han sido asignadas.

Por su correcto atuendo, sonrisa siempre amable, e impecable trabajo, mis princesas llaman la atención. No le vale al Rezongón el “adiós” sólo. Ellas, se merecen algo más. El servicio a la ciudad y a cuantos vivimos en ella –Valladolid:“ciudad de la luz y de la limpieza extrema”- se lo merecen más que nadie. ¿Habrá, digo, quien sirva mejor que quienes limpian lo que nosotros ensuciamos? ¿Habrá, ítem digo, trabajo más digno del que realizan mis princesas? ¿Y agradecimiento mayor del que recibo cada día con la sonrisa de las tres cuyo nombre es casualmente María? Breves palabras, pero suficientes para que servidoras y servido prosigan sonrientes y satisfechos lo que la calle o el domicilio les depare.

Llovía. Nada que ver la vestimenta de las tres princesas con el de los antiguos barrenderos de manguera y escobón. El porte de unas y otros se diferencia tanto como el agua del vino. Ni que decir tiene el porte exterior: el que para nada desdice del cargo y posición que ocupan en la sociedad. Porque digámoslo de una vez por todas: si meritorio es el trabajo de un médico, abogado, militar u obrero, éste no le va a la zaga. Bajo la capucha (protección para la lluvia) de color amarillo intenso, van las tres princesas tan cuidadas y pulcras como las más vistosas modelos. Ninguna suciedad o resto que desdiga de la calle en la ciudad de la luz y limpieza, escapa a su trabajo escondido y silencioso. Papeles, colillas, incluso suciedades caninas permanecerán donde nuestro descuido o falta de educación elemental, moleste a ningún ciudadano transeúnte. Incluso separarán de las papeleras (que yo lo vi) los desechos reciclables que debieron depositarse en los respectivos contenedores. Labores muchas de ellas, que podrían evitarse a mis princesas si todos fuéramos conscientes de quien, con dignidad ejemplar, limpian lo que con nuestro descuido ensuciamos. Educación ciudadana. Brevemente alguna vez intercambiamos algunas palabras: familia, hijos… Sonrientes y agradecidas. Amables. Trabajo el suyo, de gran humildad, pareja a la dignidad que todo trabajo merece. Tan merecido éste como el que más. Pues lo indigno debe ser el no tenerlo. Sirva también el comentario como agradecimiento a nuestro Edil que lo hace posible. Y que conste que no pretendo aconsejar; yo… digo nada más.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7608/17175288612_0e3de5d782_b.jpg

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