Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Álvaro Castagnet, en Facebook) (*)
En mi último artículo me referí a la imagen proyectada por España y su contraste con la que seria de esperar. Describí entonces el aspecto que presentaba un rincón concreto de nuestro país con colas para entrar en los supermercados no por falta de productos sino como reflejo del turismo interno y de la capacidad adquisitiva de la gente común, amén de las imágenes que llegaban de nuestras carreteras, casi colapsadas por el desplazamiento de miles y miles de familias ansiosas de aprovechar unos días de asueto y de buen tiempo.
Añadiré hoy que más tarde me llegaron datos concretos y significativos que puntualizaban algunos aspectos de esta primera impresión mía. Por ejemplo, datos sobre el turismo interno y, más concretamente, sobre el grado de ocupación de las casas rurales, también sobre el pago de la deuda y sobre la recuperación del sector de la construcción: toda una lluvia de noticias positivas. A más abundamiento, el Gobernador del Banco de España puntualizaba, no sin razón, que se ha tomado por “austeridad” lo que en realidad es sentido común y patriotismo. Pero por lo que se ve nada de esto basta en tiempo de elecciones.
De aquí mi sorpresa cuando, no mucho después, me enteré del regreso a las pantallas de un programa de gran éxito: me refiero al conocido como “Master Chef”. Un programa en el que, como ustedes saben, se determina quién es el cocinero opositor a ese título que mejor se desenvuelve en los fogones. Éste hará ya el número tres según creo, y además ha sido repetido en versión infantil pero con audiencia igualmente interesada por parte de la gente adulta.
Traigo esto a colación porque no me digan que no choca esto en un país en el que, pese a las esperanzadoras noticias económicas refrendadas hasta por el sursum corsa y aun teniendo en cuenta lo difícil que para todos fue romper el círculo vicioso, el pesimismo sigue siendo total y omnipresente. Lo cual haría razonable que los medios elevaran un clamor contra lo que en tales circunstancias bien podría tacharse de sarcasmo. En efecto, que yo sepa el programa citado no trata de animar a un mejor aprovechamiento de unos humildes ingredientes culinarios ni muestra interés alguno por el precio de los alimentos. Es más, lo que pretende es refinar nuestra alimentación y poner de relieve el altísimo nivel alcanzado en el ámbito internacional, singularmente en lo que se refiere a la creatividad de nuestros cocineros de renombre, cuyos precios no suelen estar al alcance de cualquiera.
¿Les habría extrañado a ustedes que, en un tiempo de carencias como el que estamos viviendo, la opinión pública española – animada por los medios – interpretase como algo inaudito la repetida emisión de un programa expresamente dedicado a las exquisiteces de la mesa? Seguro que no. Porque a tenor del pesimismo reinante lo más normal habría sido que se produjera una reacción indignada que pusiera en solfa tanto emplatado y tanta deconstrucción como se viene promoviendo. Y, por qué no decirlo, también tanto joven cocinero dominador de términos desconocidos por los niños que no tienen qué comer y por los padres que sufren ante su desnutrición. ¿De qué hogares proceden muchachuelos tan versados? se preguntarían.
Sí, efectivamente, yo imagino los augustos nombres colmados de estrellas Michelín que dan lustre y prestigio al país arrojados por los suelos y vilipendiados por su falta de sensibilidad social. Y al humilde boniato de nuestra posguerra elevado de nuevo a la categoría de símbolo de una lamentable realidad. Yo esperaría de los indignados chanzas y sarcasmos dedicados a los nuevos vocablos fraguados en los manteles de El Bulli y el Celler de Can Roca. Veo, sí, a David Muñoz, el de la cresta “michelin”, arrojado por los medios a las tinieblas exteriores como traidor a la causa de la progresía, y a los simpáticos presentadores de “Master Chef” tachados de señoritos ignorantes del estado en que hoy se encuentra esta desgraciada nación nuestra, ya casi equiparada a Bangla Desh. No faltarían quiénes se preguntaran si esos expertos en confeccionar manjares selectos y sabrosos no estarán poniendo los dientes largos al resto de españoles, y no digamos a los que hoy se alimentan de sobras recogidas en los contenedores.
Algo hay, por tanto, que no cuadra en un país en crisis que se hurga las heridas y que contradictoriamente piensa incluso en cargarse a quienes nos libraron de una aparatosa y destructiva bancarrota. Como tampoco encaja con facilidad el hecho de que un pueblo que no cesa de lamentarse de sí mismo muestre su euforia y sus ganas de vivir disfrutando descaradamente de algo que ni siquiera tiene probabilidades de catar.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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